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Crónica de The 69 Eyes + D-A-D en Bilbao: Derrochando rock por un tubo

The 69 Eyes

Hubo una época en la que a Dee Dee Ramone le dio por llevar aspecto de rapero y su compañero Joey se aficionó a las camisas floreadas. El líder y guitarrista Johnny Ramone dejó claro que cada uno puede vestirse como le salga de los mismísimos, pero al subir al escenario había que guardar cierto decoro: “Mantenemos nuestros uniformes. Mantenemos nuestra identidad. No hablamos con los medios sobre nuestros dimes y diretes”. Ojalá la mayoría de los grupos siguieran una filosofía de vida tan sincera.

Por desgracia, no vivimos en un mundo perfecto y toparse con pintas de rockeros empieza a ser algo bastante más inusual de lo que debería. El último ejemplo de ello lo vimos con el norteamericano Tuk Smith & The Restless Hearts y no lo contemplamos de nuevo hasta esa genial gira llamada ‘Cowpunks & Glampires’ que comparten los daneses D-A-D con los vampiros de Helsinki The 69 Eyes.

Conocedor de que la escena gótica por el norte del país es casi inexistente, estábamos convencidos de que no habría multitudes en la bilbaína Santana 27 para tan magno evento con dos bandas de altura. Otra posibilidad era que se llenará de gente de fuera, como sucedió con The Mission, pero tampoco fue el caso, por lo que al final en torno a 200 personas se concentraron para un recital que debería poner pelos como escarpias a cualquier persona decente y rockera.

D-A-D

Con algo de retraso, abrieron la espectacular sesión los daneses D-A-D, que enfervorizaron de primeras con la inapelable “Jihad”. El vocalista y guitarrista Jesper lucía un envidiable estado vocal, aparte del necesario decoro para subirse a las tablas con dignidad. Lo mismo podría decirse de su hermano guitarrista Jacob Binzer, y bueno, lo del bajista Stig Pedersen, es ya un caso aparte.

Los que les hayan visto sabrán de la costumbre de este de sacar instrumentos personalizados, como uno trasparente, otro con una cruz gamada o el más impactante de todos, un cohete espacial. Recordamos que antaño hasta se vestía de torero, aunque hoy en día, con la sociedad tan susceptible que se nos ha quedado, no sé si esto se entendería.

Stig Pedersen, aportando espectáculo en D-A-D

Al margen de lo puramente visual, su concierto fue de menos a más, colando algún himno al principio como “Girl Nation”, pero también intercalando lanzamientos más recientes como “The Ghost”. Jesper intentó chapurrear castellano y hasta se sumergió varias veces entre la concurrencia para tratar de animar el cotarro, por lo que hay que reconocer el esfuerzo por involucrar al escaso personal congregado.

Es una lástima que un grupo de semejante calidad no reciba mayor reconocimiento. Los fieles disfrutamos de lo lindo de himnos del calibre de “Rim of Hell”, “Point of View” o la delicatesen en formato acústico “Laugh ‘n’ a 1/2”, muy rollo Dogs D’Amour. Rubricaron su intervención, como no podía ser de otra manera, con un temazo como “Sleeping My Day Away”, una joya a medio camino entre el hard rock y el cowpunk. Muchos de los que acudieron más por los fineses descubrieron a este pedazo de banda, y encima les gustó, por lo que me comentaron por ahí.

The 69 Eyes

Como si Johnny Ramone les estuviera soplando en el cogote, The 69 Eyes aparecieron ataviados de negro, con el vocalista Jyrki comandando las tablas con gafas de sol, camperas y clase para regalar. No se animó a realizar sus legendarios movimientos de peonza, pero el tipo no paró y demostró que es un rockero de la cabeza a los pies en cuanto a actitud. Siempre le consideramos un Joey Ramone gótico, pero estuvo muy lejos del tradicional estatismo del añorado cantante de los de Forest Hills.

El repertorio no tuvo desperdicio desde el enérgico comienzo para cuadrarse con “Devils” o “Don’t Turn Your Back On Fear”, con columnas de humo y creciente niebla que contribuyó a crear la atmósfera adecuada. “Feel Berlin” era uno de los himnos que no podía faltar, y por si no hubiera quedado patente que eran más rockeros que góticos, brilló la versión de Boycott “Gotta Rock”, esperemos que se convierta en fija en su catálogo para el directo.

Jussi 69, a la batería de The 69 Eyes

Su reciente single con la colaboración de Steve Stevens “I Survive” certificó su vocación de no vivir exclusivamente de rentas pasadas, aunque “Betty Blue” provocaría estremecimientos en los que descubrieron el gothic rock gracias a grupos como este. Lejos de encasillarse en esos parámetros, “If You Love Me The Morning After” se asemejó a una suerte de country crepuscular, un recurso que ya han repetido en otras ocasiones con “This Murder Takes Two” en el último disco o “Borderline”, entre otras.

Alguien me dijo una vez por redes sociales que eran “los Mötley Crüe de Finlandia” y tal afirmación cobró pleno sentido en “Drive”, aparte de por supuesto los gestos y pegada del carismático batería Jussi 69, que seguramente ni siquiera se hubiera subido a un escenario de no ser por Tommy Lee, cuyo legado reproduce por completo. Que le nombre hijo adoptivo ya.

Jyrki, un Joey Ramone gótico

El festín siguió con el clásico “The Chair”, “Never Say Die” ganó bastante en las distancias cortas y en “I Love The Darkness In You” rememoraron la herencia de The Cult. En ese aspecto habría que destacar la influencia de Ian Astbury en los movimientos y pose de Jyrki, aunque no tan místico. “Wasting The Dawn”, además de una de las grandes piezas de su discografía, rendía homenaje al legendario Jim Morrison de The Doors, otro de los dioses fundamentales en nuestro altar, sin él no habría existido ni Joy Division ni gran parte del género gótico.

“Gothic Girl” y “Brandon Lee” conquistaron los corazones de los seguidores más acérrimos y sirvieron para retirarse unos breves instantes de las tablas, algo que el propio Jyrki hizo bailando, no se puede molar más. Para los bises reservaron una de cal y otra de arena, la macarra “Framed in Blood” y la espiritual “Dance D’ Amour”, la de veces que la habré escuchado en garitos y todavía pone la piel de gallina. Emoción en vena.

“Lost Boys”, cuyo título alude a la mítica película de terror de 1987, cerró la sesión con el convencimiento de que habíamos presenciado un bolazo de categoría. Y encima para despedirse del personal no sonó por altavoces la típica pachanga discotequera para hacer el gilipollas, sino la versión de Jimi Hendrix de “All Along The Watchtower”. Touché. Derrochando rock por un tubo. Tardaremos en recuperarnos de semejante muestra de autenticidad. La vida eterna de los vampiros tendría que ser algo parecido a esto.

Alfredo Villaescusa

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