No cabe duda de que lo de los conciertos y discos con orquesta marcaron una época importante en la historia de la música, al igual que antaño sucedió con los famosos “unplugged” a mediados de los noventa. Pese a que hubo destacados lanzamientos, se experimentó tal proliferación, y con algunos ejemplos que no pegaban ni con cola, que a muchos nos incitó a huir cada vez que nos topábamos con una tesitura de estas características, ya sea en directo o en estudio.
El rollo atmosférico y minimalista de los islandeses Sigur Rós lo cierto es que parecía encajar como anillo al dedo en una propuesta de este estilo, más todavía si se daba cancha a su último lanzamiento ‘Átta’. Por ello, esta banda única, que canta en una lengua inventada, se rodeó en su reciente gira internacional en cada ciudad de una orquesta local, que en el caso de Bilbao fue la Bilbao Orkestra Sinfonikoa junto a a la Sociedad Coral de la capital vizcaína.
Un evento de alto copete que abarrotó el Palacio Euskalduna, dejando muy pocas butacas libres, y complicó la vida sobre todo a los fotógrafos, que además de las duras condiciones impuestas, tuvieron que soportar la intransigencia de ciertos espectadores a los que les parecía imperdonable que hubiera gente allí haciendo un trabajo. Eso sí, los chorras con móvil estaban permitidos, a pesar de que se advirtió de que la utilización de estos dispositivos podría perturbar el trabajo artístico. Tan nazis para unas cosas, pero tan cobardes para las verdaderamente importantes.
Sigur Rós
Al margen de polémicas, Sigur Rós iniciaron su particular sinfonía con “Blóðberg”, un arranque que nos ponía sobre la pista de las coordenadas que imperarían en el evento. Esto es, un concierto sosegado, quizás a contracorriente del ritmo frenético que nos imprime la vida cotidiana, que exigía plena atención y mandar a tomar por saco ese artilugio tecnológico que se ha convertido en una extremidad más.
Con la banda plenamente integrada en la orquesta, la labor de distinguir a los diferentes miembros se tornaba imposible con tanta gente en el escenario. Supongo que eso era precisamente lo que buscaba el propio grupo, fundirse con el resto de intérpretes, demoler barreras y presentar un todo unificado bajo la batuta de un director, algo que desde luego constituiría una estampa pintoresca para los aficionados al rock.
Con dos repertorios de una hora, divididos por un intervalo de veinte minutos, los islandeses en un principio dieron rienda suelta a temas de largos desarrollos como “Ekki múkk”, donde se evidenció lo escalofriantes que resultaban los falsetes del vocalista Jonsi en un entorno tan recogido. La percusión no se hizo patente hasta “8”, otra epopeya sonora de casi diez minutos para la que había que estar mentalmente preparado.
Un aspecto que cobró especial relevancia durante la velada fue la iluminación, que no era para nada un elemento accesorio como en la mayoría de conciertos, sino un elemento fundamental de cara a proporcionar cierta atmósfera a las piezas, pues podría lo mismo reproducir un entorno urbano con luces que parecían farolas que el fondo del mar con un tono embriagantemente azul. Los incrementos de intensidad añadían tal dramatismo que en ocasiones aquello parecía más una obra de teatro cargada de simbolismo que un recital. Los violines se realzaron en “Andvari”, antes de que “Varðeldur” nos dirigiera sinuosamente hacia el intervalo con picos de marcada intensidad.
En la segunda parte, la melodía de “Untitled #1 – Vaka” pondría el corazón de los asistentes en un puño, una suerte de lamento que se incrementó todavía más en “Untitled #3 – Samskeyti”, otra maravilla a la que ese formato le hacía plena justicia. Y “Untitled #5 – Álafoss” condensó de una manera eficiente el clásico minimalismo de Sigur Rós.
La inclusión de “Ára bátur” en la recta final proporcionó un momento de brillante éxtasis, en especial con la labor del coro, antes de “Hoppípolla”, uno de sus mayores clásicos, engrandecido por el envoltorio orquestal, al igual que otros cortes de su repertorio. Y después de ese remanso comercial, hasta cierto punto, el cierre llegó con “Avalon”, con experimentación y minimalismo a machete.
No fue un concierto para todos los públicos, sobre todo para los rockeros, pero decir que la sinfonía envolvente de los islandeses careció de intensidad tampoco sería cierto. Echamos de menos algunos temas como la industrial “Brennisteinn”, aunque quizás su traslación al formato orquestal se hubiera tornado más complicada. Un agradable paréntesis para disfrutar sin móviles ni otros objetos que nos recuerden a la ajetreada vida contemporánea.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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