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Crónica de Shame en Bilbao: Frenesí juvenil

En ciertos estilos lo de toparse con jóvenes en los conciertos pasará en breve al campo de las leyendas urbanas, como los tréboles de cuatro hojas, las meigas o los elfos. Habrá gente que jurará haber visto a alguno de ellos, pero el resto le mirará como si estuviera medio chalado, con el mismo ánimo con el que se acogen las historias sobrenaturales que ponen los pelos de punta. Pero es cierto, los de menos de treinta todavía salen de casa y hasta poseen grupos favoritos a los que apoyan en directo.

Que el género post punk vive un momento boyante en la actualidad ya lo hemos repetido varias veces, por lo que en el fondo no resultaba demasiada sorpresa para un servidor que el concierto de los londinenses Shame en el Kafe Antzokia de Bilbao estuviera abarrotado un día entre semana. Pudimos ver por ahí incluso a miembros de bandas que habíamos entrevistado, como el vocalista Juanjo de Ezpalak, muy de su rollo, por cierto.

Un recinto repleto de personal predispone de manera positiva a cualquier grupo, pero también había que tener en cuenta la actitud, pues con una mayoría de gatos de escayola no se va a ningún sitio. Los bolos que verdaderamente perduran en la memoria son aquellos en los que la multitud monta pogos, salta y se desvive como si se tratara del último concierto de sus vidas, algo que tampoco es que sea tan frecuente.

Shame

A pesar de su evidente juventud, los londinenses Shame parecen más que acostumbrados a lidiar con grandes masas, por lo menos por el empuje de su inquieto vocalista Charlie Steen, al que le faltó tiempo para meterse entre la concurrencia o darse paseos por las escaleras muy cerca de los seguidores. Midió además la temperatura del recinto pidiendo un “wall of death” durante los primeros temas y su orden fue secundada con fidelidad religiosa.

“Axis of Evil” marcó el pistoletazo de salida para que se iniciara un subidón que no nos abandonaría hasta el final del bolo. Sin inventar la rueda en el terreno del post punk, y recogiendo en cierta forma la herencia de Franz Ferdinand en su faceta bailonga, “Concrete” o “Tasteless” resultaban munición más que efectiva para lograr que el personal se agitara frenéticamente.

“Cowards Around” mostraba su lado más incisivo atacando a políticos y a la superficialidad reinante, mientras que “Six Pack” abordaba el consumismo exacerbado, así como los diversos intentos de alcanzar una felicidad prefabricada. Quizás no todo esté perdido, como claman algunos. Las críticas sin ambages al sistema nos confirmaban que existía esperanza en este sentido. El legado del punk está muy presente.

“Quiet Life” no se encontraba demasiado alejada de sus paisanos Bad Nerves y “Lampião” supuso un punto y aparte por su letra en portugués, pero los fans también se la sabían. El entusiasmo llegó a tal punto que hasta le hicieron llegar al cantante un teléfono de los antiguos, una reliquia de otra época antes de las redes sociales. Nada sustituirá a los nervios que se sentían al llamar a una casa por primera vez y no saber con quién te ibas a topar al otro lado del aparato.

La peña coreó riffs en “Water in the Well” y se acercaron sin prejuicios al brit pop en “Spartak”. Pero tanto hedonismo no dejó el compromiso aparcado, pues no faltó el reivindicativo mensaje de “Free Palestine”, ese genocidio que nos dicen que ya ha acabado.

El frontman hizo pesas con el pie de micro antes de solicitar otro “wall of death” para que no decayera la cosa. No era necesario motivar a la gente, la mayoría a estas alturas estaban requetesudados y los ánimos todavía se incrementaron con un himno del calibre de “One Rizla”. Y para que no quedara duda de que estaban presentando nuevo disco, cerraron el recital con el tema homónimo “Cutthroat”, otra canción que debería figurar a partir de ahora sí o sí en todos sus directos.

El vocalista pidió entonces montar un círculo en medio de la sala y ahí se fue el guiri para liarla parda como solo ellos saben gritando “Motherfucker!” mientras llovía cerveza y otros líquidos que casi mejor no saber lo que eran. Brutal. La mejor manera de despedir un bolo y dejar un sabor perdurable en la afición.

Todo un frenesí juvenil de poco más de una hora, pero a un nivel envidiable y con una participación de público de la que no muchas bandas pueden presumir. Apunten el nombre para la próxima vez que pasen por su ciudad, garantía de despiporre asegurado.

Alfredo Villaescusa

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