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Crónica de Sexy Zebras en Bilbao: Un día tan precioso

Hay veces en las que un simple objeto acaba convertido en un símbolo. La historia está repleta de ejemplos en los que un gesto o una frase terminan englobando a todo un movimiento y hasta definiendo una actitud ante la vida. Es una especie de contraseña para reconocerse entre los seguidores frente a la tendencia a la homogeneización de las sociedades occidentales, esos tiempos en los que ya no existen tribus urbanas ni cualquier otro atisbo de personalidad, pero se espera que uno esté pegado a la pantalla del móvil las veinticuatro horas del día.

La peluca que llevaban los miembros de Sexy Zebras en el videoclip de “Marisol” aparecía con bastante frecuencia en la bilbaína sala Santana 27. Pero al igual que en la canción el desamor se transformaba en pura energía, el significado adquiría otras connotaciones, a pesar del ambiente de despedida de soltera imperante en el recinto con entradas agotadas y el molesto cotorreo que nos dejaba frases para la posteridad como la siguiente: “¡A mí me echaron las cartas el sábado!”.

Algunos dirán que volvemos una y otra vez al mismo tema, pero es que todavía nos sigue resultando difícil de comprender que en los conciertos no se aplique la misma educación que en el teatro, el cine y otros espectáculos. Parece que habrá que convivir con esas subespecies molestas y su insufrible cacareo de pescadería con conocimientos tan relevantes para el futuro de la humanidad como el que detallábamos en el párrafo anterior.

Al margen de polémicas, los madrileños Sexy Zebras alucinaron desde el primer momento con el desmedido entusiasmo del respetable bilbaíno. Tras la intro spaghetti western de “Caracol”, levantaron de un plumazo al personal con “Bailaremos”. Ahí la mayoría se sentía tan “bravo” como decía aquel prólogo enlatado, por lo que se repitió varias veces a capela el lema “La muerte no es el final”, demostrando que los de Hortaleza estaban a mesa puesta en cuestión de participación.

Mantuvieron el subidón con el guitarreo de “Búfalo Blanco” y el posterior macarreo nihilista de “Mañana no existe”. Desde luego, se notaba que tenían el escenario más que rodado, con una simbiosis absoluta entre los tres. Seguro que no necesitaban hablar ni una palabra entre ellos para entenderse a la perfección, con una mirada les bastaría. Y lo mejor de todo es que parecían pasárselo genial sobre las tablas. Basta ya de funcionarios que se presentan ante el personal como si les tocara una rutinaria mañana de ocho a dos.

Aflojaron algo el pistón con el medio tiempo “C’est la vie”, antes de que les pudiera la nostalgia al ver la sala completamente abarrotada y recordar que la primera vez que estuvieron en Bilbao fue en el modesto local céntrico Cotton Club y vendieron “16 entradas”, como aseguraron. Lo que había cambiado el panorama en la actualidad.

“Una canción para resucitar” mantuvo la tónica sosegada y pensamos que podrían haber aprovechado la situación con más brío, pero proporcionaron tal intensidad al tema que al final terminaron arrodillados tanto el bajista y vocalista Gabriel como el guitarrista José. La cosa no tardaría en levantarse con “Sin bandera” y su himno “O todos o ninguno”, que elevó tanto la temperatura en el recinto que el propio cantante aseguró que se trataba de su mejor concierto en Bilbao. No hemos estado en todos los de los madrileños, pero vamos, que por el llenazo de esa ocasión, podría ser perfectamente.

Por si no hubiera suficiente comunión entre artistas y público, el guitarrista José reveló un dato que le unía en otro aspecto a la parroquia, pues su padre estuvo viviendo una temporada en Barakaldo. Todo estaba preparado para armar “Jaleo” de verdad, que llegó indiscutiblemente con la energía punk de “Charly García”, donde mandaron hacer “la piscina más grande, de aquí a Portugalete o Getxo” en honor al legendario astro argentino. Brutal.

El vocalista Gabriel retó entonces a hacer diez flexiones en la improvisada piscina, pero a alguien de Bilbao no se le podía decir algo así sin asumir las consecuencias, por lo que no tardaron en secundar la propuesta. “¡A tomar por culo!”, dijo antes de que se enroscaran en una parte pesada en plan stoner.

José comenzó “Nena” con una guitarra “comprada en Donosti”, que elevó las gargantas hasta uno de los puntos álgidos de la noche. La balada “Marte” cortó un poco el rollo, pero recuperaron algo de pegada con “Flores a la guerra”, que la podría hasta cantar Mikel Erentxun. El ambiente se caldeó como nunca cuando llovieron pelucas sobre el escenario y se escuchó el cántico: “¡No estamos todos, falta Marisol!”. Dicho y hecho. Ahí se arrancaron con una de sus piezas más populares, hubo pogos recatados, e incluso una cebra de plástico acabó con peluca, en el colmo del surrealismo.

La apelación a la concordia de “Bravo” no cayó en saco roto, pues desató bailes de peonza, la perfecta manera de despedirse por unos breves instantes. Regresaron con la irreverencia de “Canción de mierda” y los ánimos se elevaron hasta la estratosfera con “Quiero follar contigo”, un auténtico temazo para dejarse las cuerdas vocales, como poco.

“¡Estoy disfrutando como un hijo de puta!”, exclamó Gabriel por la descomunal respuesta recibida y agradeció a la concurrencia por “un bolo precioso”. Incitaron a dar vueltas “como una Thermomix” con “Pogo” antes de pegar el empujón final con “Días de mierda” y “Tonterías”, ideal para marcharse de allí con la cabeza por las nubes.

Casi hay que apelar a una conjunción de los astros para encontrarse una química tan rotunda y sin fisuras entre banda y fieles. El vocalista Gabriel calificó la cita como “un día tan precioso” y no le faltaba razón, pues lo vivido aquella noche podría haber sido un sueño, el de uno de tantos grupos que recala con resultados modestos en una ciudad y acaba saliendo por la puerta grande, con un llenazo espectacular, pocos años después. No había que despertarse a la mañana siguiente, aquello sucedió de verdad.

Alfredo Villaescusa

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