El sábado 23 de mayo, el Barracudas Rock Bar se convirtió una noche más en un espacio donde el metal no solo se escucha, se vive. Sin artificios, sin distancia entre escenario y público, solo esa sensación de concierto que convierte cada tema en una experiencia intensa que magnifica cada sensación. Fue en este contexto en el que la sala madrileña acogió una noche que reunió a Rainover, Itinerum y No Soul, en un cartel tan contundente como bien construido. Con la sala ya preparada para darlo todo y las ganas tangibles del público de disfrutar una noche en directo, Rainover fueron los encargados de abrir la velada, con un show enmarcado en su gira “Between Dream and Nightmare”.
.
Rainover
La banda murciana presenta un proyecto que se mueve con naturalidad entre la contundencia propia del metal y la sensibilidad de atmósferas oscuras, etéreas y melódicas. Su propuesta combina riffs pesados con pasajes más veloces y dinámicos, todo ello acompañado de melodías cuidadas, sostenidas tanto por coros limpios como por guturales contundentes, que aportan fuerza y dramatismo al asunto. Su sonido encuentra su nombre en el metal gótico, construyendo paisajes intensos y escalofriantes que funcionan de maravilla en directo.

La actuación fue aumentando su intensidad de manera natural, encontrando su mejor versión en cada tema presentado. “I Can Fly” fue su segundo tema del set y uno de los primeros puntos de inflexión de la noche. Durante este tema, la conexión entre el escenario y la pista se volvió inmediata y se notó el cambio en el ambiente tanto sobre el escenario como entre quienes llenaban la sala. Rainover lo dio todo y el público respondió con energía.
La intensidad siguió creciendo y, junto a ella, la energía del público. Cuando terminaron “The Manuscript”, la Barracudas ya estaba completamente entregada. Copa en mano, los asistentes animaban al grupo con entusiasmo, generando en la sala esa sensación tan particular que aparece en tan solo determinados conciertos: cuando la banda conecta profundamente con el público y la barrera invisible que separa a ambos prácticamente desaparece.

Uno de los aspectos más destacados de la noche fue Ramón al bajo. Más allá del plano técnico, impecable durante toda la actuación, mostró una soltura escénica impresionante y una presencia abrumadora que terminó convirtiéndolo en uno de los focos principales de atención del set. Desde los primeros minutos conectó de lleno con el público, que a medida que avanzaba el espectáculo no dudó en vitorearlo desde abajo entre aplausos y gritos de “¡ese bajista guapo!” o “¡qué pelazo tiene el bajista!”. Su papel en directo fue clave y aportó un extra de carisma a una actuación ya de por sí muy sólida. La sensación general fue la de un concierto que no para de aumentar su intensidad, dejando a toda la sala metida de lleno en la noche.
Itinerum
Desde Euskadi, la banda nos presentaba una propuesta marcada por la contundencia y la intensidad rítmica e instrumental, orientada hacia los sonidos más pesados y característicos del metal moderno. Breakdowns muy marcados y contundentes y una base rítmica compacta —y en ocasiones incluso bailonga— forman los pilares de la propuesta de Itinerum, que pega fuerte, pero también encuentra el espacio para desarrollar melodías sensibles y evocadoras. Itinerum llegó pegando fuerte y dejando clara su propuesta desde que se subieron al escenario. Los primeros segundos de “The Nobodies” fueron todo lo que necesitaron para dejar claro a qué habían venido: a hacer una descarga pesada y compacta que envolvió la sala desde su arranque.

La fuerza instrumental fue una constante durante toda la actuación, pero uno de los elementos más llamativos fue cómo esta pesadez instrumental convivía perfectamente con la voz de su cantante. Potente y con muchísima presencia —ya no solo en términos melódicos, sino físicos— pero, al mismo tiempo, melódica e incluso delicada. Demostró un gran registro y una fantástica capacidad interpretativa, recurriendo también al gutural en varios momentos, integrándose en la crudeza de sus compañeros de banda y dejando una propuesta completamente arrasadora. Durante su set escuchamos “Askja”, el tema dedicado a la husky fallecida de la vocalista. Un momento íntimo de apertura emocional de la banda hacia el público, aportando así un escalón más de profundidad emocional a su setlist.

A partir de este momento, el grupo nos regaló una sucesión de breakdowns perfectamente ejecutados, con mucha pegada y una presencia escénica muy sólida. Para el cierre reservaron una cover de “Enjoy the Silence”, el clásico de Depeche Mode, reinterpretado desde su propio sonido. Esto fue la guinda del pastel en una noche marcada por el misticismo y la oscuridad propios del gótico, y dejó al público encantado, cantando mientras la banda cerraba con una energía alta y dejando a todos con un muy buen sabor de boca. Después, los encargados de cerrar la noche fueron los madrileños No Soul, anfitriones del evento y responsables de poner el punto final a una velada que les llegaba cargada de energía.
No Soul
No Soul apuesta por un sonido directo, apoyado en una presencia dinámica y conectada con el público. La banda transmite una energía constante y encuentra en la energía del público su píldora de cafeína, construyendo actuaciones vivas y disfrutonas. Más allá del peso instrumental y vocal, perfectamente ejecutado, destaca especialmente la capacidad de la banda de convertir su set en una experiencia compartida con quienes tienen delante.
Precisamente uno de los momentos más destacados de la actuación llegó cuando su vocalista quiso detenerse para hablar de la presencia femenina dentro del metal, reconociendo a sus compañeras de cartel. Fue un gesto sencillo, pero que terminó de dar forma a la idea de la noche que nos habían regalado: tres propuestas, todas únicas, pero marcadas por un factor similar: las tres lideradas por vocalistas femeninas. Un factor diferencial del cartel que, acompañado de esta intervención al final de la noche, terminó de reforzar la identidad de la velada.

La sensación final fue precisamente esa: la de un cartel pensado con mucho acierto. Tres bandas distintas, de tres lugares diferentes y con tres formas únicas de entender la música, el género y el directo. Pero todas ellas con el mismo entusiasmo, la misma intensidad y la enorme capacidad de conectar con el público. Una noche más, la sala Barracudas Rock Bar volvió a demostrar por qué sigue siendo uno de esos lugares especiales para vivir música en directo: una sala entregada, que ofrece bandas con una gran personalidad y atrae a un público con ganas de disfrutar. La receta perfecta para una noche fantástica. Y el sábado esto quedó clarísimo.
