Piorno Rock volvió a convertir Pinos Puente en punto de encuentro para los amantes del rock y el metal los pasados días 11 y 12 de septiembre. Tras la última edición celebrada en 2024, la cita granadina afrontaba en 2026 un importante paso adelante en su historia: por primera vez, el festival ampliaba su programación a dos jornadas.
El Recinto El Silo acogió así la XIX edición de un Piorno Rock dispuesto a combinar veteranía, escena local, propuestas emergentes y diferentes generaciones y vertientes del rock y el metal. Dos días de conciertos prácticamente desde media tarde hasta bien entrada la madrugada que permitieron transitar desde el punk y el metal flamenco hasta el heavy clásico, el speed, el thrash y las propuestas más extremas.
Viernes: de la reivindicación al heavy clásico
Eztakzo tuvo la responsabilidad de poner en marcha el festival y lo hizo puntualmente, dejando claro desde “Qué más da” que aquello iba a tener tanto de concierto como de agitación. Su vocalista asumió desde el primer momento el papel de auténtico agitador, buscando continuamente al público y utilizando las canciones para abordar cuestiones como la violencia contra las mujeres, la especulación, las adicciones o la situación en Palestina.

La sucesión de temas fue dejando espacio además para invitados y diferentes combinaciones sobre el escenario. En “El Señorito”, por ejemplo, el movimiento de músicos y voces reforzó esa sensación de concierto abierto y poco encorsetado. Pero el momento que mejor resumió su actuación llegó hacia el final, cuando el vocalista decidió que el escenario se le quedaba pequeño y bajó a cantar entre los asistentes uno de los temas más reconocibles de la banda. Eztakzo había conseguido borrar durante unos minutos la frontera entre público y músicos.
El cambio con Pariah fue prácticamente un golpe de interruptor. Donde minutos antes había desenfado, interacción y reivindicación directa aparecieron capuchas, oscuridad y una combinación abrasiva de punk, hardcore, black y death metal. Las voces guturales y desgarradas se hicieron presentes sobre el escenario.

Eskóbula devolvió después el protagonismo a la escena granadina y encontró una buena respuesta frente al escenario. “El vuelo de la mosca cojonera” empezó a mostrar el lado más descarado de la banda, mientras “100 huesos rotos” y “Tic Toc” mantuvieron un concierto que se movía con comodidad entre rock, metal y punk. Hubo incluso espacio para presentar “Pálpitos” como su particular “canción romántica”. La banda aprovechó también el escenario del Piorno para dar peso a 'Pies de Plomo', su trabajo más reciente, demostrando que no acudía únicamente a tirar de repertorio conocido.
Con EVO llegó uno de los primeros grandes viajes hacia el heavy de los ochenta. La formación barcelonesa apareció con unos minutos de retraso, pero “Malditos bastardos” dejó claro que su mirada no iba a quedarse exclusivamente en el pasado. Poco después, “Rock 'n' Roll Barcelona” y “Piso el gas” recuperaban ese heavy directo que forma parte de la identidad histórica del grupo.

Especialmente interesante fue escuchar “Hechicera blanca”, perteneciente a 'Duración de lo eterno'. Antes de interpretarla recordaron la historia de un tema que originalmente se titulaba “Cocaine”, un pequeño pedazo de la historia de EVO que daba contexto a una letra construida alrededor de esa particular “hechicera”. “Sangre y metal” mantuvo después el músculo heavy antes de que “Queremos más cerveza” convirtiera literalmente su título en acción: la banda comenzó a repartir cerveza entre el público, protagonizando uno de los momentos más desenfadados del viernes.

El cartel sufrió entonces uno de sus principales cambios. Alfredo Piedrafita no pudo ocupar finalmente su puesto y fueron los granadinos Fausto Taranto quienes asumieron la sustitución. Lejos de limitarse a cubrir un hueco, la banda aprovechó la ocasión para reivindicar una personalidad basada en el encuentro entre metal y flamenco.
“El Color de Tu Sangre” llevó rápidamente el concierto hacia 'Ruina, amor y navaja', su trabajo de 2026, mientras “Malos Días” permitió retroceder hasta 'El Reflejo del Espanto'. Esa alternancia entre presente y trayectoria se mantuvo con “Los llantos de mi almohada”, antes de que “Abanicos y Soplaores” mostrara probablemente de la manera más evidente la particular convivencia entre las dos almas de Fausto Taranto. Las guitarras eléctricas podían endurecer el sonido mientras la guitarra flamenca encontraba su propio espacio sin parecer un elemento ornamental. “Puñalás en Bandeja” devolvió el protagonismo al nuevo disco y confirmó que la sustitución de última hora había terminado teniendo un marcado acento granadino.

La noche avanzó hacia uno de los nombres internacionales más esperados del viernes. Skanners aterrizó en Pinos Puente con más de cuatro décadas de heavy metal a sus espaldas. Tras la introducción, “Welcome to Hell” ejerció de verdadera puerta de entrada al concierto y “We Rock the Nation” confirmó inmediatamente el terreno en el que se iba a mover la actuación: heavy tradicional, estribillos directos y guitarras de marcada raíz ochentera.
Más que reinventar una fórmula, Skanners reivindicó la vigencia de la suya. Temas como “TV Shock”, “Metal Party” o “Starlight”, habituales en su repertorio reciente, representan esa continuidad de una banda que ha atravesado varias décadas manteniendo una identidad reconocible. Su paso por Piorno adquiría además un significado especial por tratarse de una de las actuaciones internacionales más singulares de la edición.

Speedemon asumió el cierre del viernes llevando la velocidad un paso más allá. Tras el comienzo con “You Are”, la actuación se adentró en el heavy, speed y thrash que define a los portugueses. “Metal Rage” y “Speed on Fire” parecían prácticamente declaraciones de intenciones por sus propios títulos, mientras “Thunderball” y “Road to Madness” aportaban material de distintas etapas de su trayectoria. “Words of Fire” y la habitual “Midnight Ripper” completaban la imagen de una banda idónea para llevar el festival hasta las últimas horas de la madrugada.

Sábado: del heavy emergente al histórico
La segunda jornada comenzó antes de que sonaran las primeras guitarras. Una paella sirvió para reunir a los asistentes y reponer fuerzas de cara a otra larga sesión de conciertos que terminaría prolongándose hasta bien entrada la madrugada. A las cuatro de la tarde llegó el momento de volver a mirar al escenario con Hunger. Los sevillanos tenían poco más de media hora para presentar sus credenciales y la aprovecharon especialmente gracias al registro y la potencia de su vocalista. “Midnight Warrior” permitió comprobar rápidamente el gusto del grupo por el heavy y el speed de escuela clásica, mientras “Ruler of the Wolves”, tema que da nombre a su debut, mostró a una formación joven que no disimula sus referentes ochenteros.

“Sabotage” mantuvo la intensidad antes de que “Hunger” condujera hacia el final de un concierto breve pero efectivo. Era una forma apropiada de abrir musicalmente el sábado: después de una primera jornada con una importante presencia de grupos veteranos, Piorno comenzaba su segundo día dando el escenario a una banda nacida apenas unos años atrás.
Vatican Spectrum se encargó inmediatamente de destruir cualquier continuidad estilística. El thrash/death de los cartageneros cayó sobre el recinto como un bloque oscuro y agresivo. En temas de su repertorio como “True Resurrection Is a Possession”, “Satanic's Cry”, “Brutal War” o “Live the Resistance”, la voz gutural se integra en una propuesta en la que la contundencia termina imponiéndose sobre la inteligibilidad de las letras. En directo, más que canciones aisladas, su actuación transmitió la sensación de una descarga continua.

Raptore cambió nuevamente el tono desde “Triumphal March to Hell”. La introducción dio paso a “Prisoner of the Night” y pronto quedó claro que la formación iba a ser una de las más inquietas sobre el escenario durante la primera mitad del sábado. Movimiento constante, actitud y una voz especialmente poderosa acompañaron un repertorio que permitió recorrer distintas etapas del grupo. “Blackfire” recuperó el álbum de 2022 que consolidó buena parte de su propuesta, mientras “Rage N' Fever” llevó la mirada mucho más atrás, hasta el debut de la banda. Esa combinación entre repertorio reciente y primeros trabajos funcionó especialmente bien en un grupo cuya música parece concebida para tocarse con el acelerador pisado. De los conciertos vistos hasta ese momento el sábado, Raptore fue uno de los que mayor sensación de movimiento transmitió.

Cryptosis respondió con algo completamente diferente. Los neerlandeses llegaban con 'Celestial Death', publicado en 2025, y el escenario se volvió mucho más oscuro y pesado. Canciones como “Faceless Matter”, “The Silent Call” o “Reign of Infinite”, presentes en sus repertorios recientes, muestran bien la evolución hacia un thrash menos convencional, con estructuras y atmósferas que buscan algo más que velocidad. La sensación en directo fue, ante todo, de dureza. Después del carácter más expansivo de Raptore, Cryptosis levantó una pared sonora fría, agresiva y moderna. El tramo final, con “Syntheist”, permitió además conectar con 'Bionic Swarm' y recordar que la transformación de la banda no comenzó únicamente con su último trabajo.

Entonces llegó uno de los grandes nombres del sábado. Uli Jon Roth consiguió reunir la mayor concentración de público observada durante las dos jornadas del festival y bastaron los primeros compases para comprobar que su actuación iba a tener un peso especial. El veterano guitarrista mostró un enorme carisma y una presencia escénica capaz de atraer las miradas sin necesidad de recurrir a grandes artificios. “All Night Long” abrió un concierto que pronto se adentró en una de las etapas fundamentales de su trayectoria. “Pictured Life” y “Catch Your Train” recuperaron el legado de sus años con Scorpions, mientras “In Your Park” y “Virgin Killer” continuaron un recorrido especialmente ligado al álbum 'Virgin Killer', que en 2026 cumple medio siglo.
Más allá de los títulos, el protagonismo estuvo inevitablemente en la guitarra de Roth. Su forma de interpretar, su dominio del instrumento y la naturalidad con la que se adueñó del escenario demostraron por qué continúa siendo una figura de referencia tantas décadas después. Piorno Rock encontró con él uno de sus momentos de mayor expectación, con un público especialmente numeroso entregado al viaje hacia el sonido de los Scorpions de los setenta.

Tras él llegó otro nombre imposible de separar de la historia del rock duro: Ñu. El comienzo se hizo esperar bastante más de lo previsto, pero el público volvió a concentrarse frente al escenario para recibir a José Carlos Molina y los suyos. “Preparan” permitió retroceder hasta los primeros años de la banda, pero el atractivo del concierto estuvo tanto en las canciones como en la manera de interpretarlas. Molina fue transformando continuamente su papel dentro de la actuación. La voz daba paso a la flauta; después aparecía una pequeña percusión de mano y más tarde llegaría incluso la guitarra española.
Uno de los momentos más especiales se produjo durante el pasaje instrumental de “En ruta”. Aquello funcionó casi como una conversación entre instrumentos: la flauta planteaba una frase, el violín de Sara Ember parecía responder y el resto de la formación iba entrando y saliendo de ese diálogo. Durante unos minutos no hizo falta una letra para contar nada. “Los caballeros de hierro” devolvió el concierto a una de esas historias de sabor medieval tan asociadas al universo de Ñu. Más adelante Molina volvió a cambiar de registro para sentarse él mismo al piano en “La galería”. Pocos grupos del cartel podían pasar con tanta naturalidad de una sonoridad prácticamente folk a un desarrollo de hard rock para terminar colocando a su cantante frente a unas teclas.

“El tren” fue otro de los puntos reconocibles de un concierto que recordó hasta qué punto Ñu continúa siendo difícil de encerrar en una sola etiqueta. El retraso acumulado obligó a reducir ligeramente su tiempo sobre el escenario, pero la banda mantuvo una notable concentración de público hasta pasada la medianoche. El cambio posterior no podía ser más radical. Suicidal Angels sustituyó de golpe flautas, violines, piano y guitarra española por thrash metal en estado puro. “When the Lions Die” abrió una descarga que prácticamente no dio respiro antes de enlazar con “Crypts of Madness”. “Purified by Fire” aumentó todavía más la sensación de ataque y “The Return of the Reaper” completó un arranque demoledor.
Las cuatro canciones permitieron además comprobar el peso que Profane Prayer tiene en la etapa actual de los griegos. En directo, sin embargo, lo que predominó fue la sensación física: un sonido muy potente, guitarras afiladas y una puesta en escena dura, sin concesiones. Después del carácter instrumental y cambiante de Ñu, Suicidal Angels parecía haber llegado para reducir nuevamente la fórmula a velocidad, agresividad y músculo. A esas alturas comenzaba a notarse inevitablemente el peso de dos jornadas y de un horario que se había desplazado considerablemente hacia la madrugada. También Suicidal Angels redujo su actuación para ayudar a absorber parte del retraso. Todavía quedaba Savaged.

Los barceloneses tuvieron que asumir una tarea nada sencilla: cerrar Piorno Rock cuando el reloj marcaba ya las dos y media. Y eligieron precisamente “Fire It Up” para hacerlo. El título casi parecía escrito para la ocasión: las primeras notas llegaron acompañadas de llamaradas sobre el escenario, proporcionando al último concierto una entrada mucho más espectacular de lo que podía hacer prever la hora.
“Queen of My Salvation” mantuvo después el heavy/speed de una banda perteneciente a una generación completamente diferente a la de los grandes veteranos que habían pasado horas antes por el escenario. No hacía falta contar todo su repertorio para entender el valor de aquella última imagen: después de Uli Jon Roth y Ñu, dos nombres ligados a varias décadas de historia, el cierre quedaba en manos de una formación joven.

Dos días que abren una nueva etapa
Piorno Rock cerró su XIX edición dando un paso más en su historia con su estreno en formato de dos jornadas. Dos días en los que distintas generaciones y formas de entender el rock y el metal compartieron escenario, desde la veteranía de Uli Jon Roth o Ñu hasta el empuje de las bandas más jóvenes. Una edición marcada por la diversidad, la música y el ambiente de una cita que sigue creciendo sin perder sus raíces. Y pocas imágenes podían resumir mejor el final: las llamaradas de Savaged iluminando la madrugada de Pinos Puente y poniendo el broche a dos intensos días de rock y metal.
