LO ÚLTIMO

Crónica de Pelomono en Bilbao: La llamada de la selva

No son pocos los grupos que han apelado a las esencias o al lado más básico del rock n’ roll a lo largo de la historia, conscientes de que algo se había perdido en ese camino transitado varias décadas después de su creación. A veces para encontrarse a uno mismo no hace falta más que sacar la brújula y situar los puntos cardinales en el espacio. Una vez conseguido eso, ya se puede empezar a tirar millas como si no hubiera un mañana.

El dúo enmascarado Pelomono, compuesto por Antonio Pelomono (Osombroso, Los Primos) y Pedro de Dios (Guadalupe Plata), ha colocado sus señales de referencia en muy diversos lugares, lo mismo en el blues fantasmagórico que en el surf rock instrumental o en el hipnótico universo de David Lynch. Un proceso que han detallado con una peculiar receta que incluye desde “una cucharada sopera de rock and roll” hasta “100 mg de country” o “una variable fractal entre Sci Fi  y Exótica”. Una vez catado el brebaje, “la experiencia resulta similar (de simio) a sentir fusionados el grito de Tarzán junto a los sensuales gemidos de nuestra querida musa Chita”.

Propuestas de esta categoría no suelen abundar por estos lares, pero el personal respondió a la singularidad y terminó abarrotando la bilbaína Nave 9, tal vez muchos atraídos por el grupo principal de Pedro de Dios, Guadalupe Plata. Y la mayoría acabó tan satisfecha que hasta se intentaron reproducir los gritos de primates a modo de forma de agradecimiento. Como si fuera una película de ‘El planeta de los simios’.

Pelomono

Ya de entrada nos sorprendió que el dúo Pelomono compartiera ese matiz artesanal que poseían Guadalupe Plata y que les llevaba a tocar con barreños y otros instrumentos inusuales. En este caso, la batería estaba conformada por un cubo de basura y un bote de pintura, aunque tampoco notamos excesiva diferencia con un kit convencional. Pedro de Dios, por su parte, nos deleitó con una curiosa mezcla entre pedal y guitarra que tocaba con los dedos y que sin duda proporcionaba una cualidad única a su sonido.

Ambos nos hicieron descender hacia su tétrico universo que podría encajar en una obra de Tarantino, seguramente ningún otro director del séptimo arte hizo tanto por popularizar el surf rock instrumental. Y de vez en cuando Pedro de Dios hasta soltaba algún que otro grito de mono que encajaba al pelo en una atmósfera de esencia tan salvaje.

Hubo solo una canción cantada, si mal no recuerdo, entonada por Pedro de Dios como si fuera un profeta tipo Jim Morrison, pero lo que de verdad llamaba la atención era el inmenso virtuosismo del componente de Guadalupe Plata, que tocaba con los dedos, sin púa ni leches, como los grandes de verdad. Observarle alternar guitarra con el juego de pedales que poseía a los pies era un auténtico espectáculo, del mismo modo que cuando se arrancaba con esa especie de steel guitar que mencionábamos anteriormente.

Los músicos se metieron tanto en su papel que no pronunciaron una sola palabra, ya se sabe que los primates no hablan, por lo que eso encima favoreció que cada asistente se montara su cuelgue particular. Resultó tan hipnótico su rollo que cuando acabó fue como haber despertado de un breve sueño, de esos que sobrevienen sin apenas darse cuenta, simplemente dejándose llevar.

Reconocer su repertorio instrumental no era tarea sencilla, pero diríamos que sonaron por ahí “Sin rumbo”, con su inolvidable aire entre la sintonía de 007 y The Cramps, o “Malagueña (para Jaén)”, una melodía hasta tarareable que aludía al folklore de su tierra en una sorprendente simbiosis entre surf y rock andaluz. Otra oportunidad de contemplar la maestría a las seis cuerdas y ruiditos varios de Pedro de Dios.

Con el componente de improvisación del blues, la química entre los dos enmascarados era absoluta. Del desbordante talento de una de las mitades ya hemos hablado, pero no debería caer en saco roto la asombrosa competencia del encargado de la batería y percusión, otro espíritu libre al que le daba por emplear objetos tan poco aprovechados en el mundo de la música como las escobillas de váter.

Esta faceta artesana les emparentaba con el industrial de los históricos germanos Einstürzende Neubauten, que utilizaban taladros, sierras y otros elementos de la construcción como instrumentos musicales. El poso esotérico y malrollista de Guadalupe Plata también andaba revoloteando en el ambiente, por lo que el conglomerado final se tornaba muy interesante.

A pesar de que parte del respetable hizo gestos y gritos de monos para pedir bises, los primates regresaron a su cueva para seguir indagando en el secreto de la música de verdad, esa que permanece ajena a modas y vaivenes del momento y solo se conforma con desencadenar una experiencia plena en el oyente. La llamada de la selva para habitantes irredentos de bares y jaulas.

Alfredo Villaescusa

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

MariskalRock.com
Resumen de privacidad

Desde este panel podrá configurar las cookies que el sitio web puede instalar en su navegador, excepto las cookies técnicas o funcionales que son necesarias para la navegación y la utilización de las diferentes opciones o servicios que se ofrecen.

Las cookies seleccionadas indican que el usuario autoriza la instalación en su navegador y el tratamiento de datos bajo las condiciones reflejadas en la Política de cookies.

El usuario puede marcar o desmarcar el selector según se desee aceptar o rechazar la instalación de cookies.