Casi parece ciencia ficción a este lado del Atlántico que una banda pueda contar con miles de seguidores fuera de su país de origen, sobre todo si se trata de un lugar no particularmente descomunal en sus dimensiones. Una gesta que cobra todavía mayor importancia si hablamos de un grupo con identidad propia muy marcada, con una manera de entender la música bastante diferente a la de los consabidos modelos anglosajones.
Tal es el caso de los uruguayos No Te Va Gustar, un auténtico fenómeno en Latinoamérica con cifras de asistencia que provocan hasta mareos, como las 60.000 personas que congregaron en las cercanías al Parque Rodó en Montevideo o la convocatoria récord de 124.000 almas en únicamente nueve ciudades argentinas durante su gira de 2013. Y eso que nos estamos refiriendo a una formación con más de tres décadas de trayectoria cuyo tirón entre el público no tiene pinta de que vaya a disminuir en los próximos años.
Quizá a los locales nos cueste entender cómo un grupo de su categoría puede agotar entradas en el bilbaíno Kafe Antzokia un día cualquiera entre semana, como si se tratara de grandes estrellas internacionales. Y encima con un respetable intergeneracional con un entusiasmo que se antojaba de otro mundo. El furor llegaba al punto de que incluso algunos seguidores acosaban a los fotógrafos para que pudieran grabar con el móvil sin la menor perturbación de su campo visual, lo nunca visto. Contando desde ya para que prohíban en conciertos esos horrendos artilugios que se han convertido en una especie de extremidad más.
No Te Va Gustar
Que se avecinaba un concierto largo de unas dos horas lo avisaron No Te Va Gustar desde el inicio, quizás para que la mayoría entrara en situación y los clásicos gritos de “una más y no jodemos más” no se reprodujeran hasta el infinito en los estertores finales. Presentaban además su último disco ‘Florece en el caos’ en una gira de hasta ocho fechas, lo cual aumentaba desde luego su apuesta de 2023, cuando recalaron por estos lares.
El repertorio por tanto basculó entre piezas recientes del estilo de “Halcones y payasos” junto a éxitos del calibre de “A las nueve”, que tal vez entregaron al público demasiado pronto. La novedad “La noche de ayer” se acogió con el entusiasmo de un auténtico clásico, pues otra diferencia con el resto de bolos era que la gente cantaba los temas del último disco en lugar de quedarse mirando como las vacas al pasar el tren, al igual que sucede aquí en la mayoría de conciertos.
El ritmo reggae de “Verte reír” provocó contoneos generalizados entre la concurrencia. No sé la cantidad de vascos que habría presentes esa noche, pero dada nuestra facilidad innata para el baile (modo irónico on), supongo que no serían demasiados. Mantuvieron el interés con “Una vida más”, otro corte reciente muy bien recibido, y con razón, pues se nota que no componen canciones de relleno.
El aire soul rock de “Pensar”, con los vientos estallando, supuso una de las cumbres de la velada, el que no se anime con esto, mejor que se compruebe el pulso. “Si el mar me ve” relajó las pulsaciones y las gargantas se volvieron a elevar con “El camino”, que también favoreció los bailecitos y saltos por su aroma disco setentero.
“Memorias del olvido” también propulsó la participación del personal, con cánticos a capela, y en “De nada sirve” recordaron la colaboración en su día con el laureado poeta Mario Benedetti. “Clara” reincidió en su faceta más sosegada, antes de que regresaran al presente con “En mil pedazos”, donde el vocalista Emiliano aparcó la guitarra por unos breves momentos.
Apenas bastaron unos segundos para que la peña reconociera “Chau” y los gritos se desataran. Aprovecharon ese instante de subidón enlazando con “Tan lejos”, otra de las piezas fundamentales en su trayectoria en la que Emiliano intercaló “¡Siempre para, Bilbo!”, en alusión a la lluvia de la que habla en la canción. Y no faltó “Cero a la izquierda”, otro de sus hits, en los momentos finales del show.
“No hay dolor” nos acercó a la despedida, que se produjo con “Fuera de control”, donde el encargado del trombón de varas fue a coger una bandera de Uruguay que ondeaba entre el público y la colocó en su instrumento. Los ánimos seguían muy altos, por lo que no tardaron en regresar con “No somos nosotros”, a pesar de que algún exaltado pedía “una de Los Redondos por el Indio”, en homenaje a la leyenda del rock argentino que nos dejó el pasado junio.
“No era cierto” puso el broche definitivo, aunque no fueron pocos los que continuaron exigiendo bises tras más de dos horas de concierto. No era cuestión de ser avaricioso, habían cumplido más que de sobra.
Todo un ejemplo de orgullo uruguayo el que brindó tanto la banda como los seguidores en un lugar a miles de kilómetros de su país de origen. Animo a cualquiera a que se pase por un concierto de rock rioplatense para comprobar de primera mano lo que significa encontrarse en un recinto con un entusiasmo desbocado como pocas veces se ha visto. El resto de bolos parecerán copados por gatos de escayola.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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