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Crónica de Motionless in White + Dayseeker + Make Them Suffer en Barcelona: Oscuridad y celebración

Motionless in White

Con el cartel de sold out colgado como una medalla de guerra en la entrada, la marea humana se agolpa en una espera eléctrica. El aire en los alrededores de Razzmatazz ya vaticina lo que está por venir. No es una fila común: es una marea negra de cuero, maquillaje pálido y arneses que serpentea por las calles de Poblenou, una mezcla de estética goth-horror y modernidad cyberpunk que anuncia el caos que está a punto de desatarse: el triunvirato moderno del rock alternativo más oscuro.

Me encuentro en las primeras filas, cámara en mano desde el foso, listo para ser testigo directo del asalto definitivo de Make Them Suffer a las grandes ligas. Tras el éxito incontestable de su álbum homónimo publicado a finales de 2024, la banda australiana ha dejado de ser “la promesa” para convertirse en uno de los nuevos estándares del metalcore progresivo moderno. La formación actual, blindada y en un estado de gracia envidiable, funciona como una auténtica unidad de élite: Sean Harmanis y Nick McLernon mantienen el fuego original, mientras que la integración total de Alex Reade desde 2022 ha terminado de esculpir el diamante en bruto que hoy brilla sobre el escenario.

Make Them Suffer

El show arranca con una penumbra absoluta rota solo por destellos estroboscópicos de un blanco gélido. Una intro cinematográfica cargada de texturas industriales que rozan el techno más oscuro vibra en el suelo de la sala hasta que estalla el primer cañonazo: “Ghost of Me”. La potencia es ensordecedora. La base rítmica de Jaya Jeffery al bajo y la precisión quirúrgica de Jordan Mather en la batería levantan un muro sónico donde el djent y las afinaciones extremas en Drop E golpean el pecho sin piedad. Sean Harmanis domina el centro del escenario con una autoridad renovada; su voz ha madurado hacia un registro donde los guturales profundos conviven con pasajes de un toque grunge y nu-metal que aportan una textura orgánica y sucia a la perfección técnica del conjunto.

Sin respiro encadenan “Epitaph”, una pieza de orfebrería técnica donde Nick McLernon demuestra por qué sigue siendo uno de los arquitectos más infravalorados del género. Pero la verdadera catarsis llega con la presencia de Alex Reade. Tras superar sus problemas de salud a finales de 2025, regresa con una energía que devora el escenario. No es solo la responsable de los teclados y de esas voces etéreas que elevan los estribillos a una dimensión casi espiritual; es también una fuerza de choque. En temas como “Mana God” y “Oscillator” se cuelga el keytar y se lanza al frente de la tarima con una soltura casi futurista, alternando coros melódicos con gritos agresivos que añaden una capa de brutalidad inédita en las primeras etapas de la banda.

Make Them Suffer

El ecuador del set nos regala la nostalgia de “Bones”, un recordatorio de 2020 que equilibra la balanza entre su pasado más directo y su presente experimental. La atmósfera se vuelve densa, casi tangible, antes de desembocar en la emotiva “Erase Me”, donde el contraste vocal entre la luz de Alex y la oscuridad de Sean alcanza su punto máximo. En ese momento miró hacia los laterales del escenario y confirmo los rumores: los propios miembros de Motionless In White observan el set con una mezcla de respeto y admiración, conscientes de que los teloneros de esta noche están prendiendo fuego a la gira europea.

El cierre llega con “Doomswitch”, cuyo riff de sintetizador industrial funciona como una auténtica sirena de guerra. Razzmatazz se convierte en un solo organismo bajo el mando de Sean, que provoca un wall of death que ocupa casi toda la pista. El uso del keytar en vivo aporta al tema un aire de metal de ciencia ficción que separa a Make Them Suffer de casi cualquier banda de la escena actual. Cuando las luces se encienden y el pitido en los oídos se convierte en la banda sonora del post concierto, queda una certeza absoluta: en este 2026 Make Them Suffer ha dejado de seguir tendencias para empezar a dictarlas. Su setlist (“Ghost of Me”, “Epitaph”, “Bones”, “Mana God”, “Oscillator”, “Erase Me” y “Doomswitch”) ha sido una lección magistral de evolución sin pérdida de identidad.

Dayseeker

Los cambios de backline se suceden con precisión mientras las luces se apagan de nuevo y la sala queda sumergida en una penumbra violeta que anuncia otra catarsis colectiva. No es solo un concierto más de Dayseeker: es el bautismo de fuego de su nueva era tras Creature in the Black Night. Desde que los primeros sintetizadores de “Pale Moonlight” empiezan a vibrar en el suelo de la sala se percibe que la metamorfosis de la banda es total. Ver a Rory Rodriguez empuñar la guitarra por primera vez, ocupando el vacío que dejó Gino mientras Mitch Stark ejecuta esos riffs afilados, confirma que el grupo ha encontrado un equilibrio perfecto entre la agresividad del post-hardcore y esa estética cinematográfica y nocturna que ahora los define.

La transición hacia “Shapeshift” eleva la temperatura mezclando texturas de synthwave con una contundencia que retumba en el pecho, seguida de una “Burial Plot” que devuelve a la sala a esa vulnerabilidad cruda donde la voz de Rory, capaz de rozar el soul antes de romperse en un grito desesperado, deja a todos sin aliento. Con “Crawl Back to My Coffin” y “Bloodlust” la sala se transforma en un club gótico moderno; la energía de Zac Mayfield tras la batería es demoledora y mantiene el pulso de una banda que suena más orgánica que nunca pese a los cambios de formación, con Devin Chance cumpliendo con solvencia la difícil tarea de cubrir el bajo de Ramone.

Dayseeker

El momento de máxima introspección llega con “Without Me”, donde el minimalismo inicial permite que la interpretación vocal de Rory atraviese la sala como un cuchillo, antes de hacernos saltar con la ironía bailable de “Crying While You're Dancing”. El clímax llega con la pieza central del nuevo álbum, “Creature in the Black Night”, una atmósfera envolvente que suena como el futuro del rock alternativo: oscuro, pulido y profundamente emocional. Ya cerca del final, el himno “Sleeptalk” desata una euforia melancólica que solo Dayseeker sabe invocar, cerrando con la potencia devastadora de “Neon Grave”, recordándonos que, aunque ahora abracen sintetizadores y una estética de terror elegante, el fuego del metalcore sigue ardiendo en su ADN.

Una vez dentro, el aire vuelve a densificarse, cargado de expectación y del olor metálico de las máquinas que esperan sobre el escenario, mientras los técnicos amenizan la espera con “Better Off Alone” de Alice Deejay y “Only” de Nine Inch Nails. La oscuridad total sepulta la sala y llega el troleo inicial con el “Spinning Cat”, que arranca las primeras risas nerviosas cuando el gato persa gira en las pantallas con el logo de la banda. El rugido colectivo que sigue es ensordecedor.

Motionless in White

Chris Motionless emerge entonces de las sombras como un espectro magnético, heredero directo de la mística de Marilyn Manson, pero con una potencia vocal y una presencia física que reclaman su propio trono. Desde los primeros compases de “Meltdown”, la sala se convierte en una olla a presión. El espectáculo, de hecho, resulta casi idéntico al del año anterior con algunas variaciones, algo que el propio Chris reconoce entre risas cuando pregunta al público cuántos ya han visto este mismo show. Decenas de manos se levantan y él responde celebrando que estén “repitiendo el plato”.

La influencia del Reverendo es palpable en cada susurro rasposo y en esa cadencia teatral que recuerda a la época dorada de Antichrist Superstar, especialmente cuando suenan himnos como “A-M-E-R-I-C-A” o la corrosiva “Necessary Evil”, donde el metal industrial se funde con sintetizadores oscuros y sucios. Pero Motionless In White no viene solo a rendir pleitesía al pasado: la puesta en escena es una bofetada de futurismo distópico. Aparecen bailarinas de movimientos espasmódicos y estética milimétrica armadas con amoladoras industriales; al contacto con el metal, ráfagas de chispas incandescentes iluminan el rostro de un público hipnotizado, creando una imagen que mezcla terror gótico con la agresividad del Blade Runner más oscuro.

Motionless in White

La progresión del setlist es una demolición controlada, desde los breakdowns devastadores de “Slaughterhouse”, que hacen temblar los cimientos de Razzmatazz, hasta la atmósfera bailable y macabra de “Werewolf”, donde las bailarinas aparecen con máscaras de lobo mientras la pista salta al unísono. A lo largo del show interpretan distintos personajes y situaciones, aunque su presencia resulta en algunos momentos anticlimática, salvo cuando interactúan con el público lanzando agua y dulces.

La banda demuestra una evolución notable, moviéndose con naturalidad entre el metalcore más técnico y esos estribillos melódicos que todo el mundo grita con el alma desgarrada en temas como “Voices” o “Disguise”. Chris, secundado por una formación sólida en la que la guitarra rítmica de Ricky Horror y el bajo de Devin “Ghost” Sola marcan el paso de una marcha militar infernal, mantiene una conexión constante con una audiencia que no deja de saltar ni un segundo.

El clímax llega con la lluvia de rosas rojas durante “Eternally Yours”, un cierre épico y emocional que deja a la sala exhausta, con el maquillaje corrido por el sudor y la adrenalina al máximo. El último contraste llega cuando abandonamos el recinto con los oídos pitando y la sensación de haber sobrevivido a un vendaval millennial mientras los altavoces lanzan el clásico ochentero “Everybody Wants to Rule the World” de Tears for Fears. Ver a miles de metaleros vestidos de negro, todavía vibrando por la agresividad industrial del concierto, cantar al unísono ese himno pop se convierte en la imagen perfecta de la noche. La oscuridad y la celebración se funden en un mismo grito. Y queda claro que Motionless In White no solo ha consolidado su identidad: su dominio de esta escena sigue creciendo con cada gira.

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