Existen grupos que se tornan casi incomprensibles sin haber experimentado el consumo de sustancias por lo menos una vez en la vida. No hablamos de ponerse hasta el culo, sino simplemente de haber probado un porro, uno de esos rituales de iniciación tan importantes en la adolescencia y que sin duda se recuerda muchos años después. ¿Qué sería, por ejemplo, de la psicodelia sin esa importante variable? O de nombres como Pink Floyd, The Doors o los Genesis con Peter Gabriel, entre otros.
Los que se sintieron raros o diferentes en algún momento de su existencia probablemente entrarían a bloque en el cancionero de The Smiths, de tendencia claramente antisocial y no apto para infraseres a los que todo el mundo les cae bien. En la cúspide de ese legado siempre estuvo Steven Patrick Morrissey, tipo peculiar donde los haya, con un historial de cancelaciones de conciertos que echa para atrás y que convierte asistir a un concierto suyo en una especie de ruleta rusa.
Ya había cancelado su anterior visita a Madrid en el marco del exquisito ciclo de Noches del Botánico. Quizás eso explicara que apenas unas 7.000 personas se congregaran en un Movistar Arena que no estaba ni de lejos al máximo de su capacidad. Eso sí, los que había eran muy forofos, hasta el punto de que una de las acomodadoras tuvo que llamar al orden a un par de señores por la bulla que estaban metiendo. También había parejitas en las que uno de los miembros parecía estar allí por compromiso, o por puro amor, si nos queremos poner más poéticos.
Morrissey
Dados los precedentes, el caso es que cuando Morrissey irrumpió en escena acompañado de su banda fue casi como un milagro divino, una aparición mariana que dejaba alguna revelación o precepto fundamental para desenvolverse en la vida. No olvidemos que suspendió un concierto en Valencia debido al ruido de las Fallas y encima añadió que le llevaría “un año” recuperarse.
Tras un tiempo considerable de vídeos musicales que iban desde Ramones hasta Department S, “Billy Budd”, que aludía a una novela de Herman Melville, inició el recital, aunque quizás no de la manera más ardiente posible. La potente voz de Moz revelaba que todavía poseía aquellas señas de identidad que le transformaron en un icono del indie y una figura bastante adorada en la comunidad gótica.
Con un sonido que pudo estar más alto, a tenor de los que nos llegó hasta las gradas, ganó en poso rockero con “I Just Want to See the Boy Happy”, desplegando todos sus trucos vocales, y subió un peldaño más con “The Youngest Was the Most Loved”, que contiene una frase tan reveladora como que “no existe tal cosa como la normalidad”. Puro evangelio Morrissey bordado por los gorgoritos tiroleses del final.
La primera mención a The Smiths llegó con “Shopflifters of the World Unite”, cuyo título rememoraba sin disimulo un famoso lema de Karl Marx, incluso causó cierta controversia en la época con políticos acusando a Morrissey de glorificar el hurto, a pesar de que este insistió en que se refería a un “robo espiritual”. “First of the Gang to Die”, de su material en solitario, no requería ninguna aclaración adicional, un mero manifiesto de adhesión a la vieja escuela, algo que demostró enlazando canción tras canción sin apenas hablar. Diría que algunas incluso las acortó.
Por la pantalla de fondo desfilaban algunos de los héroes personales de Morrissey, como New York Dolls, Pasolini, Brigitte Bardot, entre otros referentes cinematográficos. Se echó en falta una pantalla en condiciones que enfocara al artista, como es tradición en los grandes eventos, pues desde la grada a veces se sentía el recital como de otro mundo muy lejano.
El legado de The Smiths siguió brillando al recuperar “A Rush and a Push and the Land Is Ours”, que abría ‘Strangeways, Here We Come’, su último y mejor disco para un servidor. Qué pena que en este tramo de la gira no recupere “Paint A Vulgar Picture”, de los retratos más certeros que se han hecho nunca sobre la dignidad artística, o “Girlfriend in a Coma”, que le provocó tal impresión a Bono de U2 hasta el punto de casi tener un accidente con el coche, como relató en el documental ‘The Importance of Being Morrissey’.
Y “How Soon Is Now?”, con su ritmo hipnótico, fue la sintonía de cabecera de la serie ‘Embrujadas’, que la veía nuestra hermana mucho antes de que supiéramos que aquella canción era de The Smiths. De fondo por la pantalla apareció Bruce Lee con sus enérgicos movimientos de artes marciales, lo que proporcionó todavía más magia al asunto.
“Now My Heart Is Full” confirmó la grandeza del Morrissey de hoy en día a nivel vocal y la sobrecogedora “Life Is a Pigsty” sirvió para evocar a Jack Kerouac, otro de sus referentes literarios. La reciente “Make-Up Is A Lie” poseía tanta fuerza como “Meat Is Murder”, otro de los lemas del pasado imprescindibles para entender su trayectoria. Esperemos que no se enterara de que a las afueras había un garito especializado en torreznos.
“Sure Enough, The Telephone Rings” evocó el art rock de The Velvet Underground o Roxy Music, mientras que se permitió salirse por un momento de su encorsetado papel en escena al ironizar que “The Bullfighter Dies” sería la próxima canción que representaría a España en Eurovisión. De hecho, a pocos días de iniciarse su gira estatal pedía a Pedro Sánchez que acabara con “la barbarie” de las corridas de toros. Otra cosa que el presidente metió en el cajón junto con las políticas sobre vivienda.
El drama abierto en canal de “I Know It’s Over” de The Smiths fue otra ocasión para sentir la piel de gallina. Y sin dejar de rumiar miseria, pidió que llegara el Armageddon en “Everyday Is Like Sunday”. Presentó a su banda, con gente de Chicago, Texas, Colombia o Italia, antes de asegurar que todo el mundo estaba “desesperado” y que “The Monsters of Pig Alley” era la prueba de ello.
Para la recta final se reservó “Suedehead”, de los pocos temas medianamente alegres de su catálogo, además de “Irish Blood, English Heart”, donde aludía a sus orígenes irlandeses y arremetía contra el sistema político británico. La dramática “Jack the Ripper” sirvió para despedirse del escenario por unos momentos con la firme convicción de que había merecido la pena bajar hasta el foro.
Hubo solo un bis, que debía ser obviamente una canción de The Smiths, el himno “There is a Light That Never Goes Out”. Si quedaba algún insensible en el recinto, esa era la ocasión perfecta para redimirse. Nunca resultó tan agradable que te atropellara un autobús británico de dos pisos.
Podríamos tirarnos hasta el infinito mencionando temas que no sonaron de la banda madre que le dio la fama, algunos casi injustificables como “Panic”. Y de la misma manera tampoco podrá enterrarse nunca la decisiva aportación de Johnny Marr a las seis cuerdas, pero preferimos quedarnos con lo positivo. Morrissey sigue desplegando bien alto el estandarte de la voz de los inadaptados a pleno esplendor. Ojalá no tarde en repetirse el milagro.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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