Es curioso que una época que pretende captar la atención en pocos segundos promueva de tal manera la dispersión mental. Salirse un rato de la rueda de hámster en la que vivimos parece casi una misión de héroes, desconectar por unos momentos del móvil o de la tiranía de las redes sociales. Al igual que todavía existen en algunos lugares zonas de fumadores, debería crearse un sitio en el que poder escuchar música con tranquilidad, sin molestos anuncios que solo interesan a cabezas vacías y sin estar pendiente de los minutos, entregarse al placer sin remordimientos de conciencia.
Podría decirse que los getxotarras McEnroe llevan ya varias décadas como una anomalía del sistema discográfico, pues sacan discos cuando les viene en gana, nunca por obligación, y viven ajenos a cualquier lógica de mercado. El líder Ricardo Lezón demostró cómo entiende la música en su autobiografía ‘Lento y salvaje’ y además tuvo la descabellada idea de montar la banda superada la treintena, toda una rara avis en el panorama actual.
Quizás se deba a su personal e inimitable estilo, pero lo cierto es que de un tiempo a esta parte cada concierto suyo genera una expectación considerable, aunque aquella noche en el Kafe Antzokia parecía que había bastantes nativos de Getxo, a los que se les reconocía sobre todo por su indumentaria pija. Alguno incluso ironizó con el llenazo de entradas agotadas aludiendo a que muchos no trabajaban al día siguiente.
Pese a que en un inicio el cotorreo era bastante insoportable en la parte trasera del recinto, encontramos en las primeras filas un oasis de gente educada, que incluso cedía sitios a los que lo necesitaban y hasta preguntaba cómo estaba cada cual. Menos mal, porque al ver el ambiente imaginábamos que tocaría lidiar de nuevo con tarugos incapaces de entender la profesión de los fotógrafos.

Abrieron los también getxotarras Marban, protegidos de los cabezas de cartel que le daban a un pop rock de ecos ochenteros y algún matiz post punk. Por la voz del cantante les compararíamos con los Héroes del Silencio de ‘El mar no cesa’, aunque había por ahí del mismo modo destellos a grupos británicos nuevaoleros tipo The Psychedelic Furs. En suma, un rollo que tampoco es que fuera lo más popular, pero se mostraron muy competentes en su campo, por lo que merece la pena apuntar su nombre.
Lo bueno que tienen los conciertos de McEnroe es que no existen demasiadas sorpresas respecto a lo que esperar de ellos. El líder Ricardo Lezón dijo en un momento dado: “Somos sosos, ya lo sabéis”, quizás como aviso a navegantes a los que nunca antes les habían visto. Al igual que sucede con The Cure, una de sus mayores influencias, su música no es para todos los públicos, hay que estar preparado para su melancolía abierta en canal y esa intensidad reposada que ha llevado a algunos a adosarles la etiqueta de slowcore.

Como suele ser habitual en Ricardo, confesó que estaba nervioso, por lo que optaron por piezas conocidas antes de meter mano a ‘La vida libre’, el disco que presentaban en esa ocasión. “Mundaka” comenzó de manera reposada, como para que el personal entrara en situación, y en “La casa noroeste” se aproximaron al Nacho Vegas doliente de antaño. “La distancia del lobo” confirmó la tónica sosegada de la velada, sin demasiado desmelene, pero con la voz de Ricardo poniendo el corazón en un puño, poco más se necesitaba para llamar la atención.
Realizaron un exhaustivo repaso a su trabajo más reciente, interpretando la mayoría de temas, con picos reseñables en la inicial “Can Fernando” o “El jardinero”. Pero también intercalaron material pretérito como “Los valientes” o “Asfalto”, más piezas para rumiar miseria como si no hubiera un mañana. Quejarse de que eran demasiado tranquilos habría estado por completo fuera de lugar, del mismo modo que acudir al bolo simplemente para cotorrear y dar por saco.

Pese a su naturaleza tímida, Ricardo intentó mostrarse comunicativo, ya sea aludiendo a su gorra nueva, que había sido un regalo “del rey Jaime”, o intercalando alguna curiosidad del nuevo disco. Como que “Una amapola” fue de las primeras canciones que compuso para ese lanzamiento, y lo que antes parecía fácil, se tornó difícil. “Al final es la que mejor ha quedado”, dijo cuando terminó.
Aderezaron el recital con proyecciones de Juan Prado, si no me equivoco, y hubo instantes en que el respetable no pudo evitar cantar la letra, caso de “Las mareas”. Muchos habían venido con la lección aprendida. Los cortes recientes también exhibieron cierto poderío en las distancias cortas, como “Venta Tomás”, que estaba dedicada a un hostal que le gustaba bastante a Ricardo y manejaba frases tan elegantes como “En Escocia la lluvia es felicidad”.

No esperábamos que recuperaran algo de su primer disco junto al cantautor catalán The New Raemon, pero ahí sonó “Gracia”, de lo mejorcito de la noche por su aire en plan The Smiths. Y en un concierto de McEnroe jamás debería faltar “La electricidad”, una suerte de country reposado y crepuscular, una buena opción antes de los bises.
Tras una breve pausa, regresaron a las tablas con “Tumbados en el obelisco”, una maravilla de ‘La vida libre’ con alusión a Robert Smith y a “Fire in Cairo” de The Cure, casi nada. Y finiquitaron la sesión con “Como las ballenas”, que se transformó en un auténtico in crescendo con atmósfera post rock cuando todos se arremolinaron en torno a la batería.
A veces es necesario tomar aire y decretar una pausa obligada a nuestro incesante ritmo de vida. En un contexto tan liberador es donde tenía pleno sentido la propuesta de los getxotarras, que por supuesto parece dirigida para gente sin prisa, o para aquellos que han trazado sus verdaderas prioridades de manera muy clara. El arte siempre en los primeros puestos.



