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Crónica de Maquina + AT en Bilbao: Infierno industrial

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Crear un ambiente opresivo no es algo que pueda conseguirse de la noche a la mañana, sino que hace falta conjugar varios factores y que cada pieza, o ausencia de la misma, encaje con la precisión de un complejo mecanismo. Frente a los que marginan la música que no sigue un patrón o estereotipo determinado, que cada canción se convierta en un manifiesto y una reivindicación de los diferentes inframundos sónicos que pululan a nuestro alrededor sin que seamos conscientes la mayor parte del tiempo.

El trío portugués Maquina tuvo las ideas claras al definir su estilo como “juntar sonidos para hacer ruido y juntar ruido para hacer sonidos”, una manera de dar cierta forma a ese caos que bebe tanto del krautrock como de la psicodelia, el punk o el tecno minimalista. Música para la pista de baile que no descuida el elemento orgánico, no utilizan sintetizadores ni nada pregrabado, pero también la banda sonora de un oscuro y húmedo sótano donde la luz solar ni siquiera se intuye.

Los bolos veraniegos suelen plantear bastantes incógnitas respecto a la asistencia, con muchos pensando en festivales o preparándose para ellos. Debido a las altas temperaturas, saber que en el interior del Kafe Antzokia habría aire acondicionado supuso sin lugar a dudas un importante aliciente de cara a acercarse a la capital vizcaína un día entre semana.

AT

AT

Con un recinto bastante concurrido para la época del año, calentaron la velada AT, otro proyecto del bajista de Vulk de marcado carácter experimental, aunque quizás no tan jazzístico como Sal del Coche. Se trataba de un simple dúo de bajo y batería al que se añadían otros elementos como el saxofón o ese  curioso armonio en el que nos hizo reparar el técnico de sonido Adrián de Silver Surfing Machine.

Composiciones hipnóticas que parecían más bien la excusa para exorcizar demonios interiores sirvieron de introducción a una noche que iba más allá de los confines habituales. Hubo incluso un vocalista invitado que soltó bilis en plan punk y añadió todavía más versatilidad a una propuesta que desde luego no era para todo el mundo, aunque todos los satélites surgidos del planeta Vulk sean interesantes desde el punto de vista artístico.

Maquina

Maquina, arengando a los fieles desde la batería

En una época en la que se limita cada vez más el volumen en los conciertos, sorprende que un grupo como Maquina quiera seguir el camino contrario y reventar cabezas y tímpanos. Solo así podría entenderse la peculiar distribución del escenario con los amplificadores en la parte delantera y el trío apiñado casi como si estuviera en un local de ensayo.

En un recital de este estilo la propia actitud de los componentes podría marcar una diferencia fundamental, pues no resulta ni parecido toparse con un grupo sobrio que con tres chalados que se agitan como poseídos y de paso trasladan sus ganas de fiesta al resto de asistentes. Esto último es precisamente lo que sucedió en su recital bilbaíno, con una multitud de jóvenes pegando saltos como en una rave.

Maquina

Una chica que estaba en primera fila nos aconsejó poner la mochila de la cámara a salvo antes de que la peña se volviera loca, y lo cierto es que no pensábamos que la cosa se acabara desmadrando tanto. Igual deberían haber tocado en la planta de abajo en vez de en el piso superior, con espacio más limitado para el desparrame colectivo.

Reconocer canciones que se enlazaban unas con otras como en un bucle infinito parecía una tarea digna de eruditos, pero un servidor intentó fiarse de la intuición para intentar reconstruir en cierto modo la contundente descarga de los lusos, con el poso industrial de Ministry o NIN, pero también con el amor por el ruido de Swans o los primeros The Jesus and Mary Chain.

Maquina, industriales y orgánicos

En teoría, se suponía que presentaban el disco ‘Body Transmission’, que saldrá a la venta el próximo 10 de julio a través de Fuzz Club Records y supone una explosión de energía más enfocada en las canciones y menos en las improvisaciones. Diríamos que pudieron sonar piezas como su colaboración junto a Dame Area “dança” o “agony”, una suerte de dance rock industrial con ritmos tan repetitivos como hipnóticos.

No imaginábamos que se tornaría un show tan desquiciado, con su batería cantante subido en su instrumento para arengar a unos fieles que ya venían suficientemente enfervorizados de casa y no precisaban de motivación extra. Y sus compañeros a la guitarra y al bajo respectivamente tampoco podría decirse que se estuvieran muy quietos.

Halison Peres, vocalista y batería de Maquina

Anunciaron una canción que se estrenaba ese mismo día, por lo que no cabía duda de que hablaban de “simulation”, que bien podría asemejarse al sonido de una fábrica a pleno rendimiento. Desconozco si la mayoría de los asistentes les veía entonces por primera vez o ya conocían de su existencia, pero el entusiasmo era algo digno de ver. La chica de al lado sí que era muy fan, porque saludaba a los miembros del grupo y hasta cantaba los golpes de bajo.

Por si no hubiera suficiente implicación, el guitarrista se zambulló entre los fieles y se montó una buena. No tardaron en proliferar seguidores volando entre la multitud, creo que la última vez que presenciamos algo tan salvaje y delirante fue con Fat Dog en el último Bilbao BBK Live. Si los británicos causaban un frenesí importante entre la concurrencia, no menos reseñable era el impacto de estos lusos en las distancias cortas.

El final acabó en un baile colectivo encima del escenario, junto a los propios músicos, que demolían fronteras no solo en el apartado sónico, sino también en el espiritual. Ya no existía distinción alguna entre artistas y público, todos formaban parte de aquella hermandad. Era un infierno industrial demasiado dulce.

Alfredo Villaescusa

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