Hay conciertos importantes, hay conciertos especiales… y luego están esas noches en las que una banda rompe definitivamente la barrera que separa el “esto promete” del “esto ya es imparable”. Lo que ocurrió el sábado 21 de febrero en la sala Nazca de Madrid pertenece a esa última categoría. Entradas agotadas, 500 personas entregadas desde antes de que se apagara la primera luz y una sensación constante de estar asistiendo a un punto de inflexión real en la trayectoria de Laura DSK. No era solo un concierto; era un momento de historia, un instante en el que la música y la emoción se fusionan hasta ser indistinguibles.
Porque no era solo un concierto más en la presentación de 'Todos amigos'. Era Madrid. Era una sala llena hasta la bandera. Era la recompensa visible a años de trabajo en la sombra, de kilómetros, de constancia, de creer cuando todavía no era fácil. Y eso se notaba en el ambiente incluso antes de que sonara la intro. Se sentía en cada mirada, en cada conversación apresurada, en los nervios mezclados con expectación, en la multitud que se movía como un organismo único, respirando al ritmo de lo que estaba por venir.
La noche comenzó con Motherpunkrs (que cumplieron con creces su papel de abrir fuego y preparar el terreno para lo que estaba a punto de estallar). Su energía cruda y directa logró lo que pocas bandas teloneras: que la sala ya estuviera al límite de la excitación cuando Laura DSK apareció. Pero lo que vino después fue otra historia, una que no se podía ni imaginar hasta que realmente ocurrió.

Cuando las luces se apagaron y empezó a sonar la intro, la tensión era física. Y en el momento en el que Laura apareció en escena con su banda al completo (Charly a la guitarra y coros, Bastian tras la batería, Sergio con la trompeta y coros, y Santi al bajo), la Sala Nazca directamente reventó. No es una forma de hablar: reventó. Pogos instantáneos, puños en alto, primeras filas convertidas en una sola masa en movimiento y una comunión absoluta entre escenario y público que ya no se rompería en toda la noche. Cada aplauso, cada grito, cada “¡Laura!” era un latido colectivo que parecía levantar la sala entera del suelo. La energía era casi palpable, como si el aire mismo vibrara con cada nota.
Desde "Alerta" y "En el ring" quedó claro que el concierto no iba a tener respiro. Sonido contundente, banda compacta, actitud arrolladora y una Laura DSK que domina el escenario con esa mezcla de carisma, rabia y cercanía que no se puede aprender: o se tiene o no se tiene. Cada movimiento, cada mirada, cada gesto estaba calculado pero se sentía completamente orgánico, auténtico. La manera en la que interactuaba con su banda demostraba años de experiencia y de entender que la música en directo no se trata solo de tocar canciones, sino de crear momentos que queden grabados en la memoria colectiva.
Si algo define el momento actual del grupo es la solidez de su repertorio. Los temas no solo funcionan en directo: nacieron para él. "Bomba violeta", "El vendaval" o "Seremos su voz" sonaron gigantes, con una sala entera coreando cada palabra como si llevaran años formando parte del cancionero popular del punkrock estatal. Y ahí está una de las claves de lo que está pasando con Laura DSK: no hay distancia entre banda y público. No hay espectadores. Hay familia. Cada gesto, cada sonrisa compartida, cada instante de complicidad transmitía la sensación de que estábamos asistiendo a algo mucho más que un concierto: a un rito colectivo, a una celebración de la música en su forma más pura.

No hubo una sola canción que se quedara sin cantar. Ni una. Y eso, en una sala de este tamaño, con el último trabajo aún caliente por haber salido del horno hace muy poco tiempo, no es normal. Es un síntoma clarísimo de que el proyecto ha conectado a un nivel mucho más profundo que el puramente musical. La gente no solo escuchaba; participaba, se entregaba, se fundía con el ritmo y con los sentimientos de cada canción. Cada aplauso era más que una señal de aprobación: era un voto de confianza, un testimonio de que Laura DSK estaba donde debía estar, haciendo lo que mejor sabe hacer.
En medio del show, surgieron algunas colaboraciones que encajaron de manera natural en la noche. Nacho París, de Entretiempo, y Andrés, bajista de Kamikazes, subieron al escenario para interpretar junto a Laura "Me falta el tiempo", tal como aparece en el disco, reforzando la fuerza del tema y la conexión con el público. Más adelante, Dani, guitarra de DEBRUCES, se sumó para darle un impulso más crudo y potente a "Segismundo Toxicómano", con riffs afilados y una presencia enérgica que elevó la intensidad del tema y provocó un momento de pura entrega por parte del público. Estos instantes se integraron en el concierto de manera fluida, sumando fuerza y dinamismo, elevando aún más el nivel de la noche.
Uno de los momentos más potentes del directo llegó con "Al monte". Desde los primeros riffs, la sala reaccionó al instante: el público cantando a pleno pulmón y entregándose al ritmo de la banda. Es uno de esos temas que se han convertido en un himno para sus seguidores, y se notó en cada aplauso, en cada gesto de complicidad. La intensidad que Laura y la banda imprimieron en este tema convirtió "Al monte" en uno de los picos de energía de la noche.

Pero más allá del setlist (impecablemente armado, con subidas y bajadas de intensidad perfectamente medidas) lo que convirtió el concierto en algo irrepetible fue la verdad que había sobre el escenario. No hubo artificio. No hubo pose. Hubo una banda dejándose la piel y una frontwoman que cantaba cada tema como si le fuera la vida en ello. La autenticidad se respiraba en cada acorde, en cada golpe de batería, en cada riff de guitarra que cortaba el aire como un relámpago.
Y sí, aquí es donde la crónica se vuelve inevitablemente personal, porque hay algo profundamente emocionante en ver cómo alguien a quien has visto pelear por cada paso, por cada oportunidad, por cada escenario, termina conquistando Madrid de esta manera. Pero que exista ese vínculo no resta objetividad: al contrario. La hace más clara. Porque lo fácil sería dejarse llevar por el cariño. Y lo que ocurrió en la Sala Nazca no necesita ningún tipo de filtro emocional para ser calificado como lo que fue: una exhibición incontestable de presente y de futuro.
La recta final fue directamente salvaje. "Adrenalina", "Gasolina" y el ya coreado como himno "Todos amigos" convirtieron la sala en un único cuerpo en movimiento. El suelo temblaba, la gente cantaba a gritos, los pogos se multiplicaban y esa sensación de que nadie quería que aquello terminara nunca era tangible. La intensidad era tal que incluso los detalles más pequeños, como los cambios de iluminación o los momentos instrumentales, se sentían como explosiones de energía que hacían vibrar cada rincón de la sala.

El falso final y la vuelta para los últimos temas sirvieron para poner el broche a una actuación que ya forma parte de la memoria reciente de la escena estatal. No por la épica gratuita, sino por lo que significa: Laura DSK ha dejado de ser una apuesta para convertirse en una certeza.
Hay algo que quedó clarísimo el 21 de febrero: esto no tiene techo. La banda (Laura, Charly, Bastian, Sergio y Santi) está en estado de gracia, el directo es demoledor, el público es incondicional y el discurso es propio. Y cuando se alinean esas cuatro cosas, lo normal es que pase lo que pasó en la Sala Nazca: que Madrid se rinda.
Y sí, hay orgullo. Orgullo de escena. Orgullo de ver cómo proyectos que nacen desde abajo, desde la honestidad y el trabajo real, llenan salas y generan esta respuesta. Orgullo de saber que el relevo no solo está asegurado, sino que ya está aquí y viene con los dientes apretados. Lo del 21 de febrero no fue una meta. Fue un aviso. Laura DSK no ha tocado techo, acaba de despegar y lo mejor de todo es que esto no ha hecho más que empezar.
El periodismo musical es mi forma de estar aún más cerca del rock y compartirlo con quienes lo sienten igual.
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