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Crónica de La Paloma + Los Chivatos en Bilbao: Himnos rebeldes para la Generación Z

No cabe duda de que aquellos que nacieron cuando ya existían las redes sociales experimentarán una juventud bastante diferente a la de los que solo escuchaban música en soportes físicos y cuando necesitaban información no quedaba otra que pillar un libro. Esos tiempos en los que la vida de verdad estaba en las calles y no en las pantallas, un espacio donde no había que esperar a que el influencer de turno sentara cátedra sobre algún tema del que no tiene ni repajolera idea.

La angustia vital de todos esos nativos digitales la recoge el combo madrileño La Paloma, que desde el barrio de Tetuán ha sabido conectar con las dudas y anhelos de esa generación que tomará el mando en un futuro cercano. Los que se comieron una crisis brutal y luego una pandemia hasta cristalizar en ese panorama descorazonador actual en el que la única forma de poseer una vivienda será heredándola de los padres o los familiares cercanos.

El grupo venía después de haber agotado entradas en casa, en la mítica sala La Riviera, y con un bagaje que incluía en poco menos de un lustro haber tocado en el festival BBK Live o haberse convertido en una de las bandas revelación del rollo alternativo, un poco en la estela de Carolina Durante, que podrían ser algo así como sus hermanos mayores. En el bilbaíno Kafe Antzokia tal vez no alcanzaran la expectación generada en la capital, pero sí que hubo una amplia concurrencia un día laborable con clara predominancia de veinteañeros y treintañeros.

Los Chivatos

Animaron la velada previamente los locales Los Chivatos, pertenecientes a esa fecunda escena de Bellas Artes que ya nos ha dado grupazos como Belako, Vulk o Verde Prato, entre muchos otros. Ya de entrada, al ver el pie de micro colocado a una altura ridícula, pensamos que o salía un pigmeo o unos chalados de tres pares de narices. Fue lo segundo y resultó uno de esos grupos en el que no tienes claro si lo adoras o lo detestas.

Optamos por lo primero, porque lo pasamos genial con un vocalista que no se sabía si iba a cantar o a soltar un chiste. Hizo las dos cosas porque agradeció al Kafe Antzokia por “la cena”, pero también desataron pogos entre la concurrencia con temazos tan inclasificables como “Cristo do Corcovado” o “Tron”, que lo mismo beben del spoken word que del punk o del rock alternativo noventero. Una genial locura que desde luego repetiríamos.

La Paloma

Quizá algo del desparpajo de estos últimos les faltó a La Paloma, pero no por fallo de ellos, sino por las características de sus canciones, mucho más serias, incluso existencialistas. Lo cierto es que pocas risas se podrían hacer viendo el mundo inestable que se nos viene encima con un perturbado recuperando el rancio colonialismo del siglo XIX, pero en esa situación todavía quedaba hueco para la esperanza y para darlo todo en un concierto y que a la jornada siguiente salga el sol por Antequera, como se suele decir.

Con esa actitud fijo que afrontarían muchos jóvenes el bolo, pegando saltos como poseídos y recitando letras a pulmón como si se tratara de una especie de catecismo vital de suma importancia para desenvolverse en la época contemporánea. Era la presentación de su último disco ‘Un golpe de suerte’, por lo que le dieron cancha desde el principio con “En mucho tiempo” o “Sé lo que quiero”, apelando a ese particular sonido indie rock que asociaríamos a grupos tipo Los Punsetes o sus hermanos mayores Carolina Durante. Podrían remontarse incluso en el aspecto guitarrero hasta Los Planetas, aunque sus letras generacionales les delatarían enseguida como un producto actual. O de hace relativamente poco, vaya.

Lucas Sierra, compartiendo voz en La Paloma

Con apenas un par de álbumes consiguieron configurar un repertorio entretenido con piezas como “Intacto” o “Sigo aquí”, reflejo de esa franja de edad que en la actualidad ronda la treintena. Por su bicefalia a la voz entre los dos guitarras pensamos en los extintos Pereza, una comparación que ya hizo un habitual del circuito concertil la primera vez que les vimos en la sala BBK de Bilbao. Recordamos que además dijo: “Hay uno que es mejor que el otro”, para apoyar el argumento.

Diríamos que entre ambos no habría tanta distancia ni en la voz ni en la actitud como la que había entre Rubén Pozo y Leiva, pero esta uniformidad les sirve precisamente para ofrecer cierta homogeneidad en el directo. Tal vez Nico Yubero se ocupe con mayor frecuencia de la voz y le ponga más ímpetu a la interpretación, con movimientos desbocados con la guitarra, pero su compi Lucas Sierra ejerce de necesario contrapunto para ofrecer algo de variedad, sin desviarse demasiado de las señas de identidad del grupo.

Nico Yubero, el otro pilar de La Paloma

La desorientación vital de “Las cosas que me gustan” se transformó en un auténtico himno generacional, con la multitud entonando a viva voz la letra ya desde el comienzo. Todo un cántico que aborda esa criminal gentrificación que está acabando con los barrios de siempre, aparte de provocar el consiguiente encarecimiento de alquileres.

No podrían quejarse del espectacular recibimiento a cortes recientes como “Sale el sol”, muy noventera y con cierto halo a Soul Asylum. “Las nuevas siempre son las mejores”, dijo Nico antes de otra novedad como “Elegante”, donde los chavales siguieron dándolo todo como si fuera la última noche de sus vidas.

Nico Yubero, sin la guitarra

Hasta se montó un pogo recatado en “Quejas célebres”, que remitía a The Jesus and Mary Chain, y de ahí dejaron al respetable todavía con los ánimos encendidos para los bises. “La edad que tengo” desató las gargantas y la respuesta fue tal que terminaron alabando a Bilbao por ser la ciudad “Top 1 en palmeras de chocolate del mundo”. De su lugar de procedencia dijeron que había que amarlo a pesar de todo y por eso le dedicaron “Bravo Murillo”, que al igual que “Palos”, provocó de nuevo revuelo entre la muchedumbre, no sin antes anunciar que regresarían a la capital vizcaína.

Seguramente los jóvenes que teníamos al lado lo sentirían y disfrutarían mucho más que un servidor, pero eso no quita para valorar el subidón que ha pegado este grupo en los últimos tiempos, capaces ya de congregar a una multitud nada despreciable entre semana. Son el puro reflejo de un momento vital. Himnos rebeldes para la Generación Z.

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