Hay figuras de culto que en realidad siempre han estado ahí, pero no se les rinde la devoción adecuada. Si pronunciamos su nombre no tardarán en surgir los artistas influidos por su obra, pese a que a lo largo de su trayectoria nunca se hayan apartado de eso que podría considerarse underground. Apostar por los textos elaborados equivale hoy en día a posicionarse contracorriente de una sociedad cada vez más alelada e incapacitada para el pensamiento complejo.
Javier Corcobado ya marcó escuela en el panorama patrio con Mar Otra Vez, formación pionera del post punk en nuestro país cuando todavía ni se utilizaba dicho término y luego con una carrera en solitario que debió dejar algo más que un simple poso en cantautores malditos como el Nacho Vegas de los inicios o el antaño incendiario Pablo Und Destruktion, entre otros. Nacido en Frankfurt (Alemania), desde hace unos años vive asentado en un pueblecito del País Vasco, a cierta distancia del bullicio de la capital vizcaína, pero tampoco muy alejado de ella.
La fecha original prevista para la presentación de ‘Solitud y Soledad’ tuvo que posponerse por problemas de salud de Javier, pero una vez recuperado, se dio todo un baño de masas en un abarrotado piso superior del Kafe Antzokia. No es un artista que tampoco se prodigue demasiado por estos lares, todavía recordamos su apoteósico último concierto en la parte de abajo, por lo que convenía aprovechar la oportunidad, pues quién sabe si se volvería a repetir aquello en un plazo breve de tiempo.
Javier Corcobado
Corcobado se encuentra celebrando cuatro décadas de trayectoria sobre los escenarios, algo desde luego para presumir y que tuvo sus consecuencias en el repertorio preparado para la ocasión. Rodeado de varios de sus colaboradores habituales de un tiempo a esta parte, también le acompañaba a las tablas su esposa, la transgresora y polifacética artista Aintzane con G de Gloria, que se ocupaba de los coros y el theremin, ese instrumento marciano que provoca sonidos siderales.
Ya de entrada, nos legó interpretaciones deslumbrantes de “Carta al cielo” o “La libertad (es la cárcel más grande de todas las cárceles)”, con un desgarrador chorro vocal y esa sensación de peligro que poseían grandes como Iggy Pop o Jim Morrison, entre otros. Es uno de esos tipos que en el escenario se torna una especie de fiera enjaulada, buscando de vez en cuando el contacto directo de los fieles, como si se tratara de un profeta al estilo Nick Cave.
No tardó en repescar su material más reciente con la pieza homónima “Solitud y Soledad”, “Qué maravilla sería”, con aire de tango electrificado, o ese “No tengo remedio” de claros efluvios flamencos. El cantautor percibió que estábamos “en familia” al divisar varios conocidos entre la concurrencia, su “club de fans”, como les llamó el propio artista.
Precisamente, en homenaje al pueblo que le acogió en una etapa de su vida, se atrevió con “Errigoitin”, su primer tema en euskera, cantado con la seguridad de un nativo, seguramente no será el último. “Secuestraré al amor” era otro de sus clásicos, donde lo mismo se intercalaba ecos de Lou Reed que de canción melódica, otra de sus grandes pasiones, terreno que sigue dominando a la perfección, como no tardaría en demostrar.
Para acudir a un concierto de este tipo había que tener la mente muy abierta y estar preparado para los contrastes. “Cruz de respiración” elevó la intensidad antes de la tormenta de electricidad de “Sangre de perro”, casi punk y con un soberbio colofón con Corcobado rasgando la guitarra contra los platillos de la batería mientras el theremin soltaba sus siderales melodías.
“En la sombra de una copa” fue probablemente el punto álgido de su faceta ruidista, lástima que no recuperara del mismo modo “El futuro se desvaneció ayer”, uno de sus temas más antisociales, con su épica frase de “tantas criaturas plagando la tierra y es como si no hubiera nadie”. Bajaron el pistón con “En el bosque”, previamente a otra cima como el bolero “Te estoy queriendo tanto”, con otra interpretación majestuosa en dúo con Aintzane y rubricada por el beso de amor de ambos sobre el escenario. Inmensos.
La peculiar coreografía de “Ying Yang Jung Venus”, que nos presentaron un par de invitadas, se nos fue un poco de las manos, pero ya hemos dicho que en este tipo de recitales había que dejar los prejuicios de lado. Menos mal que recuperó poso maldito en la genial “A nadie”, toda una composición estremecedora que en directo pone la piel de gallina, como poco. Y por medio de un simple jadeo enlazó con “La navaja automática de tu voz”, que acabó con el pie de micro encima de un servidor a consecuencia de uno de los enérgicos movimientos del frontman.
Los bises no tuvieron desperdicio con el in crescendo de “Sin corazón no hay nada” y la metafórica “Dame un beso de cianuro”, pero el personal todavía quería más. Pese a que Corcobado manifestó su intención de no cantarla en esta gira, tuvo que entregarse a los deseos de la parroquia, que gritaba a pulmón “Caballitos de anís”. Y así aquello acabó de manera cabaretera, con palmas, irrintzis y hasta exclamaciones en plan mexicano, un fiestón en toda regla.
El llamado “duque del ruido” brilló en estado de gracia, sin desdeñar el salvajismo pretérito de su trayectoria e intentando todavía esa imposible simbiosis entre la chatarra y la canción melódica, entre The Jesus and Mary Chain y Raphael, Spacemen 3 y Nino Bravo. Dos afluentes con la emoción como tronco común.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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