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Crónicas

James Room & Weird Antiqua en Bilbao: Canciones de tú a tú

«A las pocas piezas, el hipnotizador Room ya parecía dominar las mentes de la mayoría de los asistentes, por lo que desplegó un considerable arsenal de recursos donde cabía desde el rugido del león de Belfast, el ímpetu de Joe Cocker o los bailes descacharrantes sujetándose el sombrero en la senda de Tom Waits»

31 julio 2020

Palacio Euskalduna, Bilbao

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa

Que los escenarios a veces sirven para inventarse personajes no es algo que vayamos a descubrir a estas alturas. No son pocos los casos en la historia de la música en los que tipos tímidos apenas insignificantes en su realidad cotidiana acaban convertidos en auténticos ídolos de masas una vez se suben a las tablas y contagian su magia a los presentes. Es como el cuento del patito feo en plan bestia, sin moraleja y con la altivez y chulería de los majestuosos cisnes,  que miraban con indisimulado desdén a todos aquellos incapaces de permanecer a su nivel.

El vizcaíno James Room no tiene pinta en absoluto de soberbio, sino más bien de campechano y de hombre fácil de llevar. Si uno se lo encontrara en cualquier garito, probablemente le confundiría con un guiri de vacaciones en nuestro país. Pero hay algo que sí que es una verdad inmutable y es que los conciertos parecen transformarle de arriba abajo. No solo por su aspecto de dueño de una plantación de algodón de mediados del siglo XIX, sino por el impresionante catálogo de movimientos que despliega en escena, sus voces impostadas que en ocasiones rozan la parodia o ese inefable carisma en las distancias cortas solo digno de los grandes de verdad.

Con el recuerdo de aquella inolvidable revisión del catálogo de Tom Waits que se cascó hará unos añitos en el Teatro Campos, acudimos con ganas a otra nueva sesión del Aurrera Fest! en el Palacio Euskalduna, toda una encomiable iniciativa para paliar esta época de sequía concertil. Al igual que sucedió con Capsula una semana atrás, la exigua afluencia de respetable tampoco resultó la deseada para lo que merecería un músico de tamaña categoría, pero eso no impidió que los presentes se entregaran a la propuesta de este encantador de masas nato.

Los detalles siempre suelen marcar la diferencia. Eso lo deben saber muy bien en James Room & Weird Antiqua y por eso decoran el escenario como si se tratara de un cuadro de Edward Hopper, con lámparas vetustas y jugando mucho con penumbras y luces. Algo de ceremonial se intuyó en ese comienzo con el vocalista saliendo en solitario con su guitarra y su mascarilla antes de que le siguieran el resto de sus compañeros de uno en uno para ocupar sus respectivas posiciones. Cada uno a sus labores.

Con el ambiente del lejano oeste en lontananza, cursaron místicos cual discípulos de Wovenhand en “My Baby’s Gone”; si el voceras James hubiera puesto los ojos en blanco como el Reverendo Edwards tampoco nos habría extrañado. A las pocas piezas, el hipnotizador Room ya parecía dominar las mentes de la mayoría de los asistentes, por lo que desplegó un considerable arsenal de recursos donde cabía desde el rugido del león de Belfast, el ímpetu de Joe Cocker o los bailes descacharrantes sujetándose el sombrero en la senda de Tom Waits. Versatilidad al poder.

Sus dotes vocales brillaron en “Deception”, con un espectacular alarde al final, y se ganó la confianza del respetable preguntando si habíamos “hablado alguna vez con un árbol”, la puntualización inevitable antes de “Weepin’ Willow”. Y no dudó en sumergirse en el jazz aderezado de swing en un “Cheshire Moon” de una clase impecable. Desde luego no imaginábamos que un recital de los de comer pipas, es decir, de rollo tranquilito, iba a resultar tan variado.

El único momento que se nos antojó un tanto cuesta arriba fue ese pequeño intervalo en el que James se quedó solo ante el peligro con su guitarra y esa resonante voz que lo inunda todo. La explicación para despedir a sus compis por unos instantes fue que quería cantarnos “canciones de tú a tú, como en el porche de casa”. El comentario provocó alguna risa que otra, ya que no se suelen estilar ese tipo de complementos en las viviendas de la zona. Los campos de algodón también nos resultan algo ajenos.

La intimidad creada ejerció de aliado óptimo para presentar un tema inédito compuesto hace unos días titulado “A Horse Called Storm” y en ese mismo formato se arrancó con “No More Roses”, que fue acompañada por palmas de la afición. Un pequeño paréntesis antes de elevarse hasta la estratosfera con el “Chocolate Jesus” de Tom Waits, ya con la banda completa y con James muy metido en el papel de la coz cantante. En ese rollo subieron otro escalafón con “No Trust”, otro corte muy de garito humeante para chasquear dedos y hacer acrobacias con sombrero.

A pesar del tremendo animal escénico que es James Room, no podemos dejar de lado la competente tarea de acompañamiento de su grupo, como ese guitarrista nuevo que punteaba con destacada eficiencia o la siempre acertada aportación a las baquetas de Indigo, también vocalista en los progresivos Quaoar y que lo borda en esta faceta tan diferente a la de su puesto habitual. Con forajidos de este calibre va a resultar complicado que fracase la misión.

Recientemente conocíamos la noticia de que Iñaki Antón “Uoho” (Extremoduro) ha participado en la producción del single “Bulletman” y por supuesto no lo iban a ignorar en aquella velada, otra oportunidad de oro para lucirse a las seis cuerdas. La peña quedó tan satisfecha que las peticiones de bises no se hicieron esperar y ahí ya James sí que echó el resto, con sus característicos bailes a lo Tom Waits y su faceta de showman en el punto álgido. No renunciaron al viejo truco de pararse en seco y luego retomar antes del inevitable acelerón final. Una cima que finiquitaron además con música de Morricone para elevar todavía más los ánimos. Para ponerse el poncho y mascar tabaco.

Lo cierto es que los recitales reposados nunca nos suelen desatar excesivas expectativas, ya que somos más de electricidad desenfrenada, pero hace tiempo que aprendimos que en ocasiones la intensidad nada tiene que ver con esto último, sino con la capacidad de comunicar de cada cual. Y de eso el señor James Room anda muy sobrado, pocos poseen esa habilidad para susurrar al oído canciones de tú a tú y acto seguido sumergirse en tugurios de dudosa reputación y voz aguardentosa. En el corazón del sábado noche o antes de que el piano se pegue una buena borrachera.

Redacción
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