Crónicas

Ilegales en Bilbao: Arrogancia suma

«No fue un simple concierto, sino la expresión de la arrogancia suma. El puro rock and roll»

28 marzo 2025

Sala Santana 27, Bilbao

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa

No es nada fácil hacerse mayor. Sumar varias décadas y observar con lejanía aquel yo pretérito que pretendía comerse el mundo en la juventud y que en la madurez tal vez se tome las cosas con mayor calma, pero sin renunciar a un ideario vital a prueba de modas o vaivenes del momento. Ejemplos así en el universo musical tampoco es que abunden demasiados, por lo que convendría admirarlos y reconocer la importante gesta lograda a lo largo de los años sin arrugarse lo más mínimo ante esos paladines de lo puro y casto que cada vez abundan con menos pudor.

Los históricos Ilegales podrían ser el paradigma de lo que significa envejecer con elegancia, con un culto de fieles que valora las agallas y el genio incombustible de un Jorge Martínez viviendo una segunda juventud, por muy paradójico que parezca. Que me aspen si el último disco ‘Joven y arrogante’ no destila esas ganas de venirse arriba propias de los años mozos y ese descaro del que ya está de vuelta de todo y no acepta lecciones morales de nadie. Con un par, como se decía antes de que nos dominara por completo la dictadura de lo políticamente correcto.

Sabíamos que Jorge y compañía tenían tirón, pero ni siquiera acertábamos a sospechar que esa noche andaríamos bastante apretados en la sala Santana 27, con una muchedumbre que casi llegaba hasta el final del recinto. Me soplaron que todavía había entradas en taquilla, pero no creo que fueran muchas, a tenor de los que estábamos en el interior.

La misma introducción que utilizaron Ilegales, que decía algo así como que “El rock es una señal eléctrica y sonora que induce a la violencia”, anticipaba que experimentaríamos otra velada gloriosa tanto por repertorio como por entrega por parte de la banda y el respetable. Fue una inusual conjunción de los astros en la que todas las piezas encajaban y que quizás se repita con la frecuencia de los eclipses solares. Aunque viendo el espectacular estado de forma que se gastaban los asturianos, me atrevería a decir que lo podrían reproducir en cada show, por lo que perderse esta gira sería un crimen.

Mira que les he visto veces a estas alturas de la película, pero pocos arranques habremos visto más convincentes que el que proporcionó el psychobilly tenebroso a lo The Cramps de “El fondo de la noche”, mi preferida del disco y que ojalá les acompañe una larga temporada en el cancionero de directo. La siguiente tampoco iba a ser adecuada para meapilas woke, ahí estaba “Chicos pálidos para la máquina”, con una soberbia frase para tatuársela como la de “Si no hay odio, no hay rock and roll”. Verdad como un puño. Adoración perpetua a los hombres de las guitarras sin sol.

En bolos anteriores habían tenido algún que otro problemilla con las programaciones del tecno punk “Juventud, egolatría”, pero en esta ocasión todo salió a pedir de boca y semejante temón arrasó como siempre debería hacerlo. Y nada mejor frente a habladurías, bocachanclas y otras criaturas de peor calaña que armarse con un himno del calibre de “Todo lo que digáis que somos”, de prescripción obligada en estados carenciales del organismo, sobre todo de ánimo.

Respecto a la gira anterior, han conservado ese magistral tramo en el que se aproximan al post punk con “Enamorados de Varsovia”, no sin antes haber soltado encomiables arengas a la resistencia como “Si no luchas, te matas” o “El norte está lleno de frío”, pura incitación a pillar un bidón de gasolina y elevar la temperatura en las calles. Pero en un bolo de Jorge y compañía suele haber bastantes contrastes y se puede pasar sin demasiado esfuerzo del rollo combativo a algo más amable, e incluso bailongo, caso del ska de “Hola mamoncete!” o los ritmos latinos de “Moloko” con su épico final.

Frente a otros artistas que no dudan en cambiar de chaqueta para agradar al personal, Ilegales no renuncian al discurso que llevan manteniendo hace más de cuarenta años, algo que Jorge nos lo hace saber al presentar el clásico “Yo soy quien espía los juegos de los niños”. Qué bien ha envejecido, con una letra en contra de las modas y el postureo tan vigente como el primer día.

“Ángel exterminador” nos sigue poniendo la piel de gallina, al igual que el macarrismo de “Suena en los clubs un blues secreto”, que parece de otra época en la que había más libertad de expresión. Menos mal que los censores actuales suelen ser de muy cortas miras. “Nunca lo repitas en voz alta” diría que es de las mejores canciones que han facturado en los últimos años, por lo que celebramos que la mantengan en el repertorio y también que Jorge intente emular al Maligno con una escalofriante voz de ultratumba.

Había todavía balas en el cargador, por lo que no tardó en sonar “Tiempos nuevos, tiempos salvajes”, otro texto que apenas ha acusado el paso del tiempo. Lograr eso sí que es ser visionario, aunque también lo consiguieron recientemente con la portada bélica de ‘Joven y arrogante’, que vio la luz bastante antes de que las autoridades europeas recomendaran hacerse con un kit de supervivencia, lo que hay que oír.

“Eres una puta” tampoco podría faltar, por mucho que ofenda a los de siempre, pero la esencia del rock es la confrontación, así que ahí estaba desafiando a lo establecido. El aire punk de “Es ansiedad” encajaba en cualquier momento y tampoco disminuía el subidón que se pusieran más tradicionales con “Tantas veces me he jugado el corazón que lo he perdido”, aunque si hay un género que dominan con competencia de catedráticos, es el del rock and roll añejo.

La recta final fue de órdago con la violencia sonora de “Bestia, bestia”, “Caramelos podridos”, “Revuelta juvenil en Mongolia” y una inapelable “Dextroanfetamina”, en la que Jorge aludió a las bondades de las anfetaminas. Aquí ese tipo de mensajes son los que triunfan. Como decía el grande y añorado Bosco el Tosco, del deporte se puede salir.

Hicieron una breve pausa, porque en algún momento también tenían que descansar, pues habían oficiado a una velocidad prodigiosa sin pausas ni otros intentos de marear la perdiz. Ni tiempo hubo de dar palmas, por fortuna. El inicio folclórico de “Odio los pasodobles”, el inconfundible mensaje de “Destruye” y el puro manifiesto artístico de “Soy un macarra” certificaron que a estos señores aún les queda cuerda para rato.

Con lo efectivo y sencillo que es marcarse un bolo a piñón fijo, sin pausa ni para respirar, algo que tampoco se contempla con la asiduidad que merecería ese tipo de recitales. Disfrutemos pues de esas contadas ocasiones para desfogarse y mandar a cascarla a los enemigos, que los tenía hasta Jesucristo. No fue un simple concierto, sino la expresión de la arrogancia suma. El puro rock and roll.

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Esta entrada fue escrita por Alfredo Villaescusa

1 comentario

  • Juandie dice:

    Extenso resumen hacia el gran concierto que ofrecieron los históricos asturianos LOS ILEGALES en tan conocida sala bilbaina presentando su nuevo álbum junto a sus clásicos de siempre. Las mejores de las suertes para sus restantes conciertos ibéricos.

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