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Crónica de Depresión Sonora en Bilbao: La madurez de un artesano

Si me hubieran dicho hace unos años que en el futuro lo petaría un proyecto nacido en una habitación influenciado por The Cure, Joy Division y el post punk ruso, habría pedido de inmediato el teléfono del camello que vende esa mierda tan gloriosa. Denme un chute de eso, hermano, como dirían los jóvenes de hoy en día, que en realidad tampoco están tan alejados del nihilismo y el hastío vital de finales de los setenta. ¿Dónde quedaron los sueños y la revolución de mayo del 68? Pues casi en el mismo lugar que las políticas sobre vivienda y otras promesas vacías del Gobierno “más progresista de la historia”.

Toda la falta de oportunidades que se está comiendo esa generación que sufrió primero una galopante crisis y luego una pandemia está reflejada en cierta manera en Depresión Sonora, vehículo de expresión del vallecano Marcos Crespo que conectó casi de inmediato con el espíritu de una época y se transformó en un fenómeno fundamental para entender los derroteros de la música actual.

Frente a la proliferación de ponzoñas urbanas o esa choni tonadillera de cuyo nombre no quiero acordarme, todavía queda margen para la esperanza con propuestas en las que los sentimientos siguen estando en la cúspide de la pirámide artística. Quizás lo de las bases pregrabadas puede chocar a los más veteranos de la escena, aunque no debería ser algo escandaloso para los que disfrutaban con Décima Víctima, Aviador Dro y tantos combos transgresores que dejaron una huella imborrable en el panorama patrio.

Me atrevería a decir que con este proyecto sucederá lo mismo, pues ya existen otros artistas influenciados por la forma artesanal de hacer las cosas de Marcos. Otro tema será ya si consiguen conectar tanto con la juventud como él, que colgó el cartel de entradas agotadas en la primera fecha en el Kafe Antzokia de Bilbao de una prometedora gira que certifica el paso de niño a adulto en términos artísticos.

Para empezar, el espectáculo que ofreció Depresión Sonora contó con la puesta en escena de una gran banda con hasta cinco integrantes, si no conté mal. Los puristas tal vez se quejen de que se ha perdido algo de esencia, aunque ese aspecto sigue estando presente en los trabajos en estudio. Los directos siempre deberían ser otra cosa, y en ese aspecto Marcos demuestra que se ha estrujado la cabeza para no repetirse y a la vez convertir sus conciertos en una experiencia memorable, bastante distinta a la de escuchar el disco en solitario en casa.

Una voz robótica tras una pantalla nos dio la bienvenida antes de que “La balada de los perros” enfervorizara de inmediato los ánimos de esa juventud variopinta de pelos de colores que sin duda es el futuro. Los nostálgicos dirán que no hay ya tribus urbanas, que se pierda esa actitud contestataria sería una pena, pero la falta total de prejuicios, por otra parte, constituye una evidente ventaja con la que no contaban los antiguos.

En ese aspecto, señalar que cada vez más talluditos se pueden ver en los recitales de Depresión Sonora, pese a la desproporcionada mayoría juvenil, al tiempo que la presencia femenina alcanza niveles bastante reseñables, otra cosa positiva para los que estamos hartos de que los conciertos de rock sean campos exclusivos de nabos. El peculiar gorro con orejeras que llevaba Marcos tal vez incluso evocara en los más leídos la sombra del recordado Holden Caulfield de ‘El guardián entre el centeno’, la inmortal novela de J.D. Salinger.

“Generación perdida, diversión prohibida” hace que Marcos se cuelgue la guitarra y que el sonido adquiera algo de la tonalidad del post punk contemporáneo tan en boga. Pero “Sin volverme loco” marca el punto de arranque en el que el vocalista se suelta y se anima con unos peculiares bailes no muy alejados de aquellos con los que deleitaba el siempre recordado Ian Curtis. Al igual que sucede con este último, es difícil explicarlo con palabras, lo mejor es que uno lo vea in situ.

Cualquiera que haya escuchado el disco más reciente de Depresión Sonora sabrá que el abanico se ha abierto bastante respecto a estilo, no tan enfocado al poso oscurillo a lo Joy Division, sino con canciones tan luminosas y flotantes como “Guárdame este secreto”, la joya shoegaze del álbum, una pieza para levitar con ecos ochenteros que en las distancias cortas adquiere todavía más magia.

Sobra decir que las gargantas estuvieron desatadas desde el inicio, el carisma que destila Marcos está al alcance de muy pocos artistas contemporáneos, pero uno de los picos se alcanzó con “Me va la vida en esto” y el griterío tampoco disminuyó en “Domingo químico”, lo que demuestra el descomunal grado de aceptación del material reciente.

“Apocalipsis virtual” era una de las que no podían faltar en sus recitales y con la pegada que le imprimen debería conservar su puesto siempre en el repertorio. Y lo mismo podría aplicarse a “Hasta que llegue la muerte”, un subidón para darlo todo en pistas de baile tenebrosas. Echamos de menos en este sentido nuestra preferida “Te mientes a ti mismo para ser feliz”, pero sobre gustos no hay nada escrito, ya se sabe.

“Como todo el mundo” sirvió para despedirse por unos instantes, pero Marcos nos avisó posteriormente que iba a ser un concierto largo, por lo que no tardó en recuperar de nuevo el ímpetu con “Fumando en mi funeral”. “Os movéis más o me voy a tomar por culo”, amenazó el líder y dichas palabras surtieron efecto porque algún que otro pogo se desencadenó con “Ya no hay verano” y luego ya no soltó al personal en “La ley del pobre”.

Con el respetable a punto de caramelo, hubiera sido una temeridad aflojar el pistón, pero “Gasolina y mechero” valió de sobra para aunar conciencias y que los gritos de “Marcos, Marcos” se elevaran con fidelidad religiosa. “Vacaciones para siempre” ejerció de anhelo ante la vorágine de acontecimientos que se han sucedido en su vida en los últimos años y a la vez puso la guinda a un bolo ya de persona adulta.

Es probable que la frase popularizada en redes sociales de “No crezcas, es una trampa” sobrevuele la mente, pero los artistas de verdad en algún momento deben desplegar las alas y elevar su vuelo sin importar lo que se vaya quedando en el camino. He aquí la madurez de un artesano que comenzó fabricando sus productos entre cuatro paredes antes de que su arte acabara perteneciendo a todo el mundo.

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