Si hay algo que de verdad se echa de menos en gran parte de los grupos del panorama actual es aquella sensación de peligro del rock n’ roll de hace varias décadas. Animales escénicos del calibre de Iggy Pop o Jim Morrison destacaban sobre todo porque en el fondo eran imprevisibles y lo mismo podían untarse el cuerpo con salsa de cacahuete que surfear entre la multitud o entonar con la solemnidad de un profeta bíblico. Quizás sea de lo poco que quede de humanidad en un mundo dominado por algoritmos y otras estrategias de atontamiento colectivo.
Los británicos Deadletter proceden de una gloriosa tradición musical con Gang of Four o The Fall como principales referentes, esto es, ese post punk vigoroso que tanto pega en la actualidad y que en realidad está consolidando las coordenadas de la innovación más pura hoy en día. Y los tiempos son tan vertiginosos que en apenas año y medio ya cuentan con dos álbumes muy dignos en su catálogo.
Que una escena está viva se nota en el hecho de que aglutina a un público variopinto en vez de a un segmento determinado de edad, como si fueran los viajes del Imserso. En el bilbaíno Kafe Antzokia veteranos con varios conciertos a sus espaldas se mezclaban con chavalas con camisetas de The Cure y otros combos ingleses, todos juntos para experimentar el poder unificador de la música en directo.
Deadletter
Los jovenzuelos Deadletter venían además precedidos de una fama de banda que se lo montaba bien en las distancias cortas y podemos asegurar que no exageraban ni un ápice, encima con una clara personalidad, sin copiar a nadie excesivamente. La intro, eso sí, fue un caso aparte, pues se trató del mítico “The Ectasy of Gold” del maestro Morricone, una melodía con la que a un servidor hasta se le hincha el pecho, pero que en esta ocasión tampoco pegaba con la velada. “¿Va a tocar Metallica?”, nos preguntó el de atrás, prueba evidente de que aquello la peña lo asociaba a otras cosas.
La densa “Purity I” fue la canción encargada de ir metiendo en harina al respetable, pero ese comienzo en cierta manera espeso fue roto con el salto hacia la multitud sin avisar del frontman Zac Lawrence, un gesto que repetiría posteriormente a lo largo de la noche. El saxofón, pieza clave de su sonido, cobró mayor realce en “To The Brim”, con la oscuridad congénita de Joy Division y al mismo tiempo la enérgica verborrea de Idles.
Los cortes más contemplativos, o digámosles ambiciosos, dieron paso a propuestas más para contonearse, como “He, Himself and Him”, cercana al indie rock en plan los Arctic Monkeys de ‘AM’. Y no se anduvieron por las ramas al presentar “More Heat!” gritando al respetable: “¡Necesitamos más calor!”.
Como si se hubiera tratado de una llamada a filas, el personal parece que se lo tomó al pie de la letra, pues los saltos cada vez eran más frecuentes y el fiestón se incrementaba por momentos. No era para menos con temazos que invitaban al desenfreno como “Bygones”, pero se mantuvo también el tipo con piezas casi dominadas por el saxofón como “Songless Bird”. No se trataba de un repertorio con la mayoría de canciones iguales, había montes y valles, aunque cuando metían ruido era como el toque de corneta para el despiporre colectivo.
El inquieto vocalista se creó una vez más un pasillo entre la muchedumbre, provocando aullidos y gritos en una suerte de histeria, un frontman con tantas tablas desde luego que animaría a cualquiera. Tal vez ellos mismos notaron el calentamiento generado en el recinto, porque lanzaron agua a las primeras filas, algo que les suele encantar a los guiris cuando están realmente emocionados.
“It Flies” fue un auténtico subidón, con el saxofón comandando una vez más el descontrol, y “Among Us” añadió pulsión rockera a la velada, otro momento idóneo para que el frontman se volviera a zambullir en su piscina particular, aunque en esta ocasión consiguió que la multitud se agachase para luego saltar con fuerza. Implicación total.
“Fit For Work” constituyó uno de los puntos álgidos de la noche, con la mayoría bailando como en un vídeo de Nick Cave y cada uno demostrando la chaladura a su manera. La cosa se desmadró tanto que el carismático cantante no pudo evitar decir al final a la concurrencia: “Hemos estado encantados”.
“It Comes Creeping” y “Frosted Glass” marcaron la guinda a un recital impecable de cerca de hora y poco. La petición de bises resultó casi inmediata tras la última nota, por lo que no tardaron en regresar con “Binge”, todo un llenapistas deudor de los ritmos contagiosos de Talking Heads, antes de otorgar la estocada con “Cheers!”, donde el vocalista demostró sus habilidades como percusionista mientras la sala al completo se contoneaba al unísono. Brutal.
No existe ninguna campaña de publicidad más efectiva que acudir a un concierto y gozársela como si fuera la noche de tu vida, rasgo inequívoco de que una banda es competente a la hora de enardecer a las masas. El lado salvaje (y bailongo) del rock n’ roll está a buen recaudo con ellos. Que regresen lo antes posible.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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