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Crónica de Brava + Terral en Madrid: Carretera, barrio y rock de verdad

El sábado 24 de enero, dentro del siempre necesario y cada vez más consolidado ciclo Inverfest, la sala Siroco de Madrid volvió a demostrar que el rock no entiende de modas ni de fuegos artificiales, sino de actitud, canciones y verdad, en una de esas noches que empiezan mucho antes de que se apaguen las luces y terminan mucho después de que se enciendan.

Desde fuera ya se intuía que no iba a ser un concierto cualquiera: público fiel, mezcla de edades, camisetas curtidas por mil bolos y esa sensación compartida de que allí dentro iba a pasar algo importante.

La Siroco, con su cercanía casi física al escenario, es el lugar perfecto para este tipo de conciertos, donde las bandas se juegan el tipo sin red, y el público responde sin reservas. Y dentro de ese contexto, Brava fue la primera en salir a escena para abrir una noche que acabaría siendo una auténtica celebración del rock de calle.

La banda de Aluche lleva tiempo construyendo su camino lejos de los focos fáciles a base de trabajo, constancia y directos que van dejando huella. Su trayectoria no es fruto de la casualidad, sino de muchas horas de ensayo, muchas salas pequeñas y una idea muy clara de lo que quieren ser. Y todo eso se notó desde el primer acorde, ya desde un inicio potente con “Farolero”, que sirvió para marcar territorio y dejar claro que aquello no iba a ser un calentamiento sin más. Brava salió a morder, con un sonido crudo, potente, sin adornos innecesarios, ocupando el escenario con una seguridad que solo da el rodaje.

Las guitarras de Jorge Montero sonaban con nervio, la base rítmica empujaba con firmeza y la banda se mostraba perfectamente ensamblada mientras temas como “Bestia” y “Leña en el barrio” iban afianzando esa sensación de estar ante una banda que sabe muy bien lo que hace y hacia dónde va. Pero si hubo algo que elevó el concierto desde el primer minuto fue la figura de Nerea Santotomás, vocalista de Brava y auténtico eje del directo: carisma a raudales, personalidad arrolladora y una presencia escénica que no se aprende en ningún manual.

Brava

Nerea domina el escenario con naturalidad, pisa firme, mira al público de frente y canta con una mezcla de rabia, sensibilidad y verdad que conecta de inmediato. No hay artificio en su forma de estar arriba. Hay actitud, hay barrio, hay una forma muy honesta de transmitir las canciones. En cortes como “Todas mis amigas” o “Martirio”, su voz y su forma de interpretar terminaron de meter a la Siroco en el concierto, rompiendo cualquier distancia entre banda y público.

A medida que el concierto avanzaba, la banda fue ganando todavía más terreno. El público pasó de la atención respetuosa inicial a una complicidad total. Brava sonaba a calle, a historias reconocibles, a rock que nace desde abajo y que se defiende con hechos, no con promesas. Se notaba que no estaban ante una banda novel, sino ante un proyecto con recorrido, con un pasado que respalda su presente.

El momento de “Malos tiempos” fue uno de los grandes puntos de inflexión del concierto. El tema cayó como una descarga eléctrica, con una interpretación intensa, cargada de desahogo y verdad. La Siroco respondió con fuerza, y por unos minutos todo pareció latir al mismo ritmo. Poco después, “Hombre ruina” terminó de confirmar las sensaciones. Cruda, directa, sin concesiones, con la banda dejándose la piel y llevándose al público de la mano. Ahí Brava mostró que no solo tiene carácter, sino canciones que pesan, que dicen cosas y que funcionan especialmente bien en directo.

Brava

El tramo final, con temas como “17 palos” y “En carne viva”, fue una confirmación absoluta de lo visto. Brava se despidió dejando la sala caliente, sudada y con ganas de más. Los aplausos fueron largos y sinceros, y la sensación general era la de haber asistido a la actuación de una banda que está en plena madurez, con una trayectoria que respalda cada paso y con un futuro que se construye desde el trabajo constante.

Con la Siroco ya convertida en un hervidero, llegó el turno de Terral, y ahí el concierto dio un salto más en intensidad y en épica. Los malagueños no necesitan presentación entre quienes siguen de cerca el rock estatal: su trayectoria está marcada por la carretera, por los escenarios y por un directo que siempre ha sido su principal seña de identidad. Terral es una banda hecha a base de kilómetros, de noches largas y de un compromiso absoluto con el directo.

Terral

Desde el inicio, Terral dejó claro que venía a incendiar Madrid, y temas como “Hijos del destierro” y “Motores” entraron como un rodillo, con un sonido potente, afilado y perfectamente equilibrado. Se notan las horas compartidas, las tablas y la experiencia. No hay dudas, no hay fisuras: cada músico sabe exactamente cuál es su papel y cómo llevar el concierto hacia arriba.

La respuesta del público fue inmediata y visceral. Con “Cuando amanezca” y “Baila”, los primeros pogos no tardaron en aparecer, y la Siroco se transformó en un espacio donde el rock se vive con el cuerpo entero. Empujones, saltos, sudor y sonrisas compartidas. Terral fue construyendo el concierto con inteligencia, sin prisa pero sin pausa, manteniendo siempre la tensión y leyendo perfectamente a la sala.

Terral

Momentos más contenidos como “Llévame” o “Nana rara” aportaron matices sin bajar ni un grado la intensidad emocional, antes de volver a apretar con temas como “Ahora” y “Espinas”, que reafirmaron la solidez del repertorio y la enorme respuesta del público. A esas alturas, la comunión entre banda y sala era total.

El momento más icónico de la noche llegó cuando Sergi Méndez, cantante y guitarra de Terral, decidió romper definitivamente la barrera entre escenario y sala. Bajó guitarra en mano, y el público abrió pasillo de forma casi instintiva mientras sonaban los acordes de un solo que desató la locura absoluta. Rodeado de gente, recorrió la Siroco en un gesto que resumió perfectamente el espíritu de la banda: cercanía, riesgo y rock sin filtros.

Terral

Terral encaró la recta final sin levantar el pie del acelerador, y “Restos de metralla” fue un auténtico cañonazo antes de cerrar con “El club de los perseguidos infames”, dejando a la Siroco exhausta, afónica y feliz.

Cuando las luces se encendieron, el cansancio era evidente, pero también lo era la satisfacción. Dentro del Inverfest, lo vivido el sábado 24 de enero en la sala Siroco fue una de esas noches que justifican seguir creyendo en el rock hecho desde abajo.

Brava, con el carisma y liderazgo incontestable que les caracteriza, confirmó una trayectoria construida con personalidad y trabajo. Terral, con su bagaje, su potencia y su espíritu de carretera, reafirmó por qué es una banda de directo imprescindible. Dos trayectorias distintas, un mismo amor por el rock, y una sala que volvió a ser testigo de que, cuando las cosas se hacen de verdad, el rock no solo sobrevive: arde.

Kike Marcos

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