Estamos tan acostumbrados a esconder emociones que cuando alguien decide hacer justo lo contrario debería entenderse como un manifiesto punk en toda regla. En una época de contrastes donde te dicen que el amor romántico es tóxico y que las relaciones abiertas son lo mejor para tu salud mental, nunca estará de más apelar a los sentimientos en estado puro, salvajes, sin domesticar. Rompamos una lanza por todos aquellos que dan un paso al frente y les da igual si ese arriesgado acto no se entiende, ofende o te cataloga ya como oveja negra para lo que resta de vida.
Arima, el proyecto personal de Paule Bilbao, nació en 2018 como una melancólica exploración del ruido y desde entonces ha transitado por estilos como el shoegaze deudor de Slowdive, el post rock atmosférico o el poso nostálgico del rock alternativo de los noventa. Con el EP ‘Ez Dago Amor’ pegaron un golpe sobre la mesa y añadieron a su sonido una crudeza que ni se esperaba, incluso con ambientes cercanos al rock industrial.
Pese a que se trataba de un grupo local ya con una importante trayectoria de hasta cuatro trabajos, no estábamos seguros acerca de la afluencia que se congregaría ese día en el piso superior del bilbaíno Kafe Antzokia. Nos sorprendió que se superaran nuestras predicciones más optimistas y la sala presentara un aspecto bastante concurrido, con público además variopinto, desde los clásicos de la escena hasta esas nuevas generaciones que confirman que existe cierto relevo.
Arima
La última vez que vimos a Arima sobre un escenario fue hace un tiempo considerable en la céntrica sala BBK y de aquella ocasión recordamos sus atmósferas post rock, así como la magnética y estilosa presencia de Paule Bilbao. La vocalista y guitarrista en esta ocasión pareció en un inicio cohibida ante el respetable, seguramente esperaría cuatro amigos y se topó con una sala casi llena. Si eso no impondría lo suyo a cualquiera, apaga y vámonos.
Nosotros veníamos a escuchar música, en concreto su último EP ‘Ez Dago Amor’, por lo que el hecho de que la frontwoman tampoco hablara demasiado no nos importó lo más mínimo. Hoy en día se ha llegado a tal nivel de tontería que parece que todo artista está obligado a ser simpatiquísimo, sonreír sin parar y soltar a los pobres que vayan a sus conciertos brasas inmisericordes de cortarse las venas. Pues no, los introvertidos también tienen derecho a expresarse a su manera, sin que los políticamente correctos de turno les cuelguen el sambenito de bordes o antipáticos, aunque siempre opinamos que eso de caer bien está sobrevalorado. Ni siquiera Jesucristo lo consiguió.
Pero vayamos al lío. Con “Hegazkina” a modo de intro no tardaron en inducir al personal a un estado onírico, con la mente muy separada del suelo, los pensamientos agolpándose y el efecto narcótico que provocaba el ruido chirriante heredero de The Jesus and Mary Chain. Un batería enérgico marcaba el paso y devolvía de vez en cuando a la banda hasta nuestro planeta.
“Kea eta larruak” marcó uno de los puntos álgidos de la velada, por lo menos para un servidor, por su halo Slowdive. Sin duda en esta tesitura es donde más sobresalen y su habilidad para crear atmósferas es incuestionable, se les notaba además muy rodados en ese aspecto.
Se suponía que era la presentación de su reciente EP, pero no circunscribieron el repertorio únicamente a ese lanzamiento, pues también incluyeron piezas como “Orbainak”, que encajaba a la perfección con el tono del concierto. Bordearon el post metal en “Non Zaude?”, pero el single “Jantzia” volvió a legarnos un instante memorable antes de que “Ispilua” se abriera paso apelando lejanamente al sonido de los The Cure de ‘Seventeen Seconds” o ‘Faith’. “Isurkari” recuperó su vertiente más dura y áspera, al tiempo que se incrementaba cierta tónica de ritual.
Tal vez por la propia limitación horaria del recinto, parecía que esa noche iba tocar un recital corto, por lo que nos elevaron una vez más con “Zarata”, todo un in crescendo que fue ganando intensidad a medida que trascurrían los segundos. Mencionar en este aspecto que la traslación al directo fue notable, pues no son pocos los grupos en este estilo que luego en las distancias cortas pierden fuelle de manera escandalosa. Su distorsión no llegó al punto de hacer temblar el suelo como Triángulo de Amor Bizarro hace años en un BBK Live, pero resultó muy digno, sí.
Paule recitó a modo de epílogo en “Aztarnak”, y como manda la tradición en el rollo, abandonaron las tablas con la preceptiva maraña de ruido de fondo. Que vivan los acoples. Habían cuidado hasta el más mínimo detalle, como el de la despedida, por ejemplo.
A muchos les sorprendió la poca duración del bolo, pero otros lo valoraron como algo bastante positivo. Lo que está claro es que cuando no disfrutas de un show el tiempo se hace cuesta arriba y en cambio viaja a la velocidad de la luz en el caso contrario. Quizás el corazón de los asistentes fluyera muy veloz y no resultara sencillo parar semejante catarsis emocional de un plumazo. Ruido sin amor. Frontalidad elevada al cubo. O simplemente un derroche de sinceridad.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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