No suelen abundar los artistas completos en el amplio sentido de la palabra, esos que lo mismo se marcan un solo de guitarra de temblar hasta las canillas que asumen la voz cantante sin ningún tipo de aspaviento, y encima salen muy victoriosos del entuerto. Privilegiados de ese estilo en plan Bruce Springsteen se podrían contar con los dedos de una mano, pues a menudo el que sobresale a las seis cuerdas no suele servir para ponerse delante de un micro con la suficiente competencia o actitud.
El hispano-argentino Ariel Rot es uno de esos seres de otra galaxia que ya despuntó bien temprano con Tequila y luego siguió acumulando prestigio, tanto de guitarrista como de compositor, con Los Rodríguez y una trayectoria en solitario bastante más interesante de lo que parece. Y por si todas las horas del día no estuvieran todavía ocupadas, también hizo sus pinitos en televisión con el recordado programa musical ‘Un país para escucharlo’, que ojalá regrese en algún momento a la pequeña pantalla.
Con una carrera que abarca varias décadas, el otrora componente de Tequila puede presumir de haber logrado un público fiel que tal vez no siempre reviente recintos, pero que le vale para seguir girando de manera más o menos constante. El porteño había estado en la capital vizcaína hace poco más de un año en la sala BBK, una cita que contó con entradas agotadas con meses de antelación, en enero ya se sabe que la película resulta muy diferente en términos de asistencia, por lo que lograr una afluencia digna debería considerarse un triunfo más que respetable.
La reedición del directo ‘En vivo mucho mejor’ era la excusa perfecta para que Ariel Rot recalara de nuevo por el norte en el arranque de un ilusionante periplo, pese que en realidad tampoco hubiera cambios radicales en el repertorio. Eso sí, lamentamos que se redujera la presencia del cancionero de Tequila, algo que pensábamos que había eliminado por completo en esta gira, pero nos sorprendió recuperando uno de esos inmortales himnos.
Evocó a The Rolling Stones en el enérgico comienzo de “Vals de los recuerdos”, con la voz en impecable estado de revista y una banda con tanto talento que llamarla de mero acompañamiento se tornaría una auténtica injusticia. Dijo del bajista, por ejemplo, que se unió a él con 16 años, casi nada, y tampoco convendría olvidarse del guitarrista Ricardo Marín, que además apoyaba muy bien en el aspecto vocal.

“Hasta perder la cuenta” mantuvo la tónica rockera, pero el propio Ariel quiso despejar dudas y prometió que dicho género estaría muy presente durante la noche. Preguntó si había muchos músicos en la sala, al tiempo que recordaba que su primera visita a Bilbao se produjo en 1977, cuando todavía estaba en Tequila, obvio. Y como si fuera un homenaje a la vida bohemia que ha llevado desde entonces, ahí estaba la colosal “Hoja de ruta”, un retrato muy certero de los músicos.
“Adiós carnaval” bajó las revoluciones, pero para nada la emoción, con ese aire a lo Dylan, y se apartó un poco más de la ortodoxia con “Dos de corazones”, donde se hace inevitable no pensar en Los Rodríguez. Al contrario de otros artistas, a los que parece que les avergüenza algún periodo de su trayectoria, Ariel está muy orgulloso de los años que pasó junto a Tequila y cómo durante aquel formativo periodo conocieron al “prócer del rock argentino”, el gran Morís, un mito que le prestaría en su día la letra de “Bruma en la Castellana” y en su memoria coló un fragmento del himno “Sábado a la noche”. Hubiéramos preferido una versión más cercana a la original, pero tampoco era cuestión de quejarse con semejante homenaje.
Un lucimiento colectivo se tornó la instrumental “Confesiones de un comedor de pizza”, tanto por parte de Ariel, que nos dedicó varios punteos y poses a lo Keith Richards, como de la soberbia banda que le acompañaba. “Cenizas en el aire” era otra pieza dylaniana hasta las patas y lo mismo podríamos decir de “Geishas en Madrid”, que probablemente sea de lo mejor de su repertorio en solitario con esa inmortal referencia a Lou Reed.
“Vicios caros” no perdió el componente rockero stoniano que caracteriza a gran parte de sus temas y además disfrutamos de un colosal solo de guitarra de Ricardo Marín al final. Ariel pidió al respetable que “canten, bailen y sobre todo que se besen”, una peculiar manera de presentar “Quiero besarte” de Tequila, que siempre contagia las ganas de farra y buen rollo.
Sin pausa alguna enlazaron con otra canción que elevaría de inmediato las gargantas, “Dulce condena”, de Los Rodríguez, que en directo suena bastante más rockera que en estudio. Hubo incluso una parte con el público cantando a capela antes de arremeter una vez más con el pegadizo estribillo. Y se despidieron por unos instantes con la balada “Me estás atrapando otra vez”, inevitable en cualquier recital de Rot.
Ya lo dijimos en la anterior ocasión, pero todavía nos resulta difícil de entender que no se apueste por temas más rockeros de Los Rodríguez en vez de por las trilladísimas “Milonga del marinero y el capitán” y “Mucho mejor”, que sin duda brillaron en los bises y llevaron al delirio a la mayoría de los fieles. “A los ojos”, “Mi enfermedad”, “Canal 69”, “Palabras más, palabras menos”…y hasta “Sin documentos”, si me apuran. La de cosas que se quedan en el tintero, para un servidor por lo menos.
A pesar de las cuestiones puramente subjetivas, acudir a un concierto de Ariel Rot sigue siendo una experiencia increíble, pues nos topamos con un tipo en un envidiable estado vocal, con una guitarra lo mismo capaz de llorar que de echar chispas y unos compañeros de lujo que contribuyen a engrandecer un gran resultado final. ¿Quién no acabaría abrumado ante esta soberbia pila de recuerdos?
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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