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James Room

Comin’ Down + Chocolate Jesus + Bulletman + Honest Man Blues

Autoeditado / Gaua Records

Por: Alfredo Villaescusa

9

Es un tópico harto recurrente decir que si no existiera un personaje, habría que inventarlo, pero es que en ocasiones nos encontramos con artistas de una personalidad tan apabullante que no queda otra para poder valorar una figura en su justa magnitud. Eso es lo que sucede con el vizcaíno James Room, un prestidigitador que en las distancias cortas mueve la bolita de un lado a otro y por más que escrudiñes cada detalle y movimiento jamás verás el truco. Pero vamos a contar un secreto, en realidad no hay trampa ni cartón, sino talento en bruto. Una naturalidad tan rotunda que debería ser artificial para pertenecer a este mundo. O no. Que cada cual se haga sus propias cábalas.

En sus últimos ejercicios de ilusionismo en forma de single hemos visto un notable acercamiento al cabaret fantasmagórico de Tom Waits, ya sea de forma explícita en su sensacional versión de “Chocolate Jesus”, o de manera implícita en el aire arrabalero de “Comin’ Down”, con coros tabernarios incluidos y ese poso de tugurio infecto tan presente en las composiciones de la coz cantante. Un viaje sónico que se inició con “Bulletman” en pleno confinamiento con la ayuda de la producción de Iñaki “Uoho” Antón (Extremoduro, Platero y Tú), al igual que el resto de su próximo material de estudio. Un director de orquesta de lujo para otro álbum en el que James Room demostrará su tremenda versatilidad.

Algo que ya hizo anteriormente con notable habilidad en ‘Honest Man Blues’, pues si en el inicio “Storm We Are” nos remite a Pearl Jam y al grunge noventero, “Fear” adopta un matiz más polvoriento en el que no sería descabellado pensar en el reverendo David Eugene Edwards de Woven Hand o 16 Horsepower. La homónima “Honest Man Blues” se acerca al rock de sabor vaquero y nos certifica que no se trata de un grupo reposado ni mucho menos, quizás con algún tema apetezca repantigarse en el sofá, pero no se tornará un descanso largo, eso seguro. Dará tiempo a cerrar los ojos, como mucho.

“No More Roses” sigue con las miras centradas en el lejano Oeste, con una atmósfera ferroviaria tan conseguida que te hará desear poner la oreja en una vía de tren y en lontananza sentir el paso de una locomotora. Agárrense a sus asientos. Y “On The Road Back Home” es una pieza tenebrosa en la estela de Tom Waits para colocarse bombín en la cabeza y realizar movimientos estrafalarios. Para sentir el whisky resbalando por la garganta.

El rock y el blues tradicional vigorizado por vientos aparece en “Trust Nobody Blues”, si fuera en castellano, no tardaríamos en pensar en Fito o M-Clan. Cambian de tercio en la bailonga “No Trust-Run For Your Life”, con un estribillo muy para chasquear los dedos y poner cara de interesante, de las que mejor les suelen funcionar en directo. Y confirman un viraje swing con leves pinceladas jazz en “Cheshire Moon”, todo un toque de distinción que nos traslada hasta ambientes sórdidos en los que la ley o sus representantes ni están ni se les espera. “Wild Mare” nos obliga a montarnos de nuevo a caballo con esas guitarras de corte sureño antes de enfilar otra vez hacia la estación en “Morning Train” para despedir con la mano y seguir con la mirada a una persona amada. Que te vaya bonito, que decía Bunbury.

La obra de James Room nunca llegará, por lo tanto, a cuadriculados incapaces de salir de un solo estilo de música, sino que llamará la atención de tipos versátiles y sin complejos que no se preguntan si una canción entra en unos parámetros determinados. Lo importante es que sea buena. Este hipnotizador de masas aplica unos trampantojos tan eficientes que en ningún momento uno se dará cuenta del influjo ejercido sobre su mente. Solo te despertarás al día siguiente con la sensación de haber soñado algo maravilloso. Y sin resaca.

Redacción
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