Epica

Omega

Nuclear Blast (2021)

Por: Jason Cenador

10

El disco que Epica necesitaba para mirar al futuro con la ilusión de quien siente que su techo todavía no ha sido alcanzado ya está aquí. Cinco años después del lanzamiento de ‘The Holographic Principle’, la majestuosa banda neerlandesa reivindica su habilidad para generar catarsis sonoras y asombrar en una sobresaliente mezcolanza de melodías memorables, orquestaciones abrumadoras y vericuetos musicales irreproducibles.

Se echaba de menos un disco así por parte de una de las bandas de metal sinfónico más sorprendentes y de personalidad más marcada de cuantas copan el Olimpo del género. No digo que Epica haya perdido jamás la cara a su estilo ni que sus anteriores obras sean moco de pavo, pero sí es cierto que habían aparcado en ellas esa unicidad derivada de la capacidad de sorprender, de coger a contra pie y hacer que el oyente despegase los pies del suelo. ‘Omega’ es, a todas luces, el mejor álbum de los neerlandeses desde aquel ya lejano ‘Requiem for the Indifferent’.

‘The Quantum Enigma’ y ‘The Holographic Principle’ fueron discos fantásticos, no digo yo que no, pero como acérrimo del hechizo sinfónico y progresivo de los de Limburgo, he de reconocer que no invitaban tanto a su escucha repetida como lo hace esta verdadera joya con la que, de alguna manera, vuelven a ser lo que fueron, compositiva e interpretativamente, en su máximo esplendor.

Comenta Simone Simons en la entrevista que podrás leer en el número 429 de La Heavy, correspondiente al mes de marzo, que les había venido bien un tiempo de descanso, un asueto para romper el a veces agobiante bucle de sacar disco, girar y volver a sacar disco sin parar y recargar las pilas. Salta al oído que la inspiración ha vuelto a cotas que hacía casi una década que no alcanzaba, pues las canciones de este álbum vuelven a conducirnos por alucinantes laberintos sonoros en los que ese factor sorpresa aparece aquí y allá para envolvernos y hacernos disfrutar hasta unos extremos insospechados.

Esos exquisitos destellos progresivos tienen frente a sí, en el otro lado de la balanza, una musicalidad fastuosa, propulsada por melodías de increíble magnetismo, una vertiente sinfónica exprimida al máximo con todo lujo de detalles y una interpretación vocal por parte de Simone mucho más elástica y dinámica que en piezas anteriores. Por supuesto, no falta la enrome dosis de agresividad articulada por guitarras asesinas, ritmos salvajes – no hay que dejar de reivindicar a Ariën van Weesenbeek como la bestia de las baquetas que es – y esas encarnizadas guturales del genio absoluto que es Mark Jansen.

De la inabarcable riqueza sonora de las nuevas piezas de Epica tiene buena cuota de culpa el hecho de que hayan sido ideadas en un talentoso peloteo compositivo entre todos los instrumentistas del grupo, que lejos que haber llevado la bola a su terreno, saben muy bien añadir sus privilegiados designios hasta culminar en auténticas maravillas musicales producto de la cooperación en pos de un mismo fin.

La última vez que un servidor vivió en primera persona un concierto de Epica fue en Oberhausen (Alemania), en la gira conmemorativa del décimo aniversario de aquella reliquia llamada ‘Design Your Universe’, la cual, por cierto, sospecho que también actuaría a favor de las características de este nuevo plástico. Recuerdo la desbordante emoción cuando la intro de aquel disco sonaba mientras los músicos ocupaban sus puestos y, la verdad, consigo recrearla al escuchar la primera pista de este disco, “Alpha – Antiludium”. Es la llama que prende la mecha de un “Abyss of Time” que reconozco que no me entusiasmó tanto cuando emergió en forma de single pero a la que se le coge el tranquillo, con esas oscilaciones vocales y ese intermedio marca de la casa en el que los esquemas saltan por los aires. Es, en cualquier caso, una canción con pegada que inaugurará con eficacia los tan anhelados conciertos de presentación.

“The Skeleton Key” arranca con ese teclado sugerente sucedido por la pomposidad sinfónica con la que es imposible no meterse en materia. Pronto arremete la faceta más devastadora de la banda, con guitarras demoledoras y esas guturales de Jansen que, en el clásico baile entre la bella y la bestia, contrastan con la finura de Simone en un tempo más contenido. Es un buen corte, pero como su sucesor, “Seal of Solomon”, no es de las más deslumbrantes del compacto. Esta última, en la que las connotaciones musicales más orientales de la banda salen a la palestra, atesora una envolvencia brutal, con el acento puesto en coros abrumadores que apasionan en el estribillo y orquestaciones omnipresentes con las que coexiste una Simone en plenitud y un Mark abrasivo.

La emoción se dispara con la ecologista “Gaia”, un diluvio sinfónico sobre una madre tierra sedienta de consideración y respeto. Su arranque es delicioso, y tras él, Simone atesora el protagonismo en comunión con esos coros tan grandilocuentes que, en ocasiones, se extrañaban en discos anteriores, al menos a ese nivel de relevancia, presencia y efectividad. Es un tema al más puro estilo Epica, increíblemente absorbente y con sus momentos de quiebres estructurales en el interludio.

Los cromatismos arabescos vuelven al primer plano con “Code of Life”, sólida como un bloque de granito con melodías apabullantemente eficaces que se graban a fuego en la memoria. Cómo canta Simone en agudos, qué reivindicación. Se trata de una solvente antesala ante una de las canciones cumbre del disco, “Freedom – The Wolves Within”, un himno que pongo la mano en el fuego por que pervivirá muchos años en el repertorio del grupo. Es, lo miremos por donde lo miremos, una genialidad, con una sinfonía y unos coros logradísimos, unas transiciones tremendas y un estribillo para enmarcar y exponer en la galería de los himnos del metal sinfónico.

La mayor barbaridad del disco arriba con la tercera y última parte de la saga “Kingdom of Heaven”, inaugurada en el emblemático ‘Design Your Universe’ con una de las composiciones más ecuménicas de Epica y proseguida en “The Quantum Enigma”. Esta “Kingdom of Heaven Part 3 – The Antediluvian Universe” es muy difícil de describir con palabras, casi imposible representar sobre un papel o ante la pantalla de un ordenador la inmensidad musical que engloba. Sus melodías son una fábrica de excitación musical a pleno rendimiento, sus orquestaciones confieren más vida que un desfibrilador y sus idas y venidas, cambios repentinos entre la finura y la devastación, entre lo accesible y lo laberínticamente complejo, llevan la apoteosis hasta la cima. Simone está pletórica, Mark esta demoledor, Isaac Delahaye deslumbra con esa habilidad a las seis cuerdas que tanto ha aportado a la banda desde que se incorporó y los teclados de Coen Janssen son pura opulencia, todo sobre un engranaje rítmico que tan pronto abraza lo acompasado como embiste sin piedad con Rob Van der Loo firme al bajo y Ariën que parece un pulpo a la batería. ¡Los mejores Epica están de vuelta!

El momento baladesco del disco llega con “Rivers”, probablemente el mejor medio tiempo desde aquel insuperable “Tides of Time”. El vello se eriza con las preciosas melodías que describe la voz de Simone, empastada con ese esbelto piano con el que Coen sabe hacer que las emociones dancen a flor de piel. El estribillo es impecable, mágico, y el hechizo termina de consumarse en el momento en el que los coros sosegados y penetrantes nos mecen en ríos de un mundo paralelo.

Llegados a la recta final del álbum, “Synergaze” es un chute de energía en el que se mantienen las credenciales de la banda y “Twilight Reverie – The Hypnagonic State” es una de esas canciones que salen del círculo de las más memorables sin por ello apesadumbrar en ningún momento. Pero no nos engañemos, los que seguimos a Epica desde sus comienzos estamos ya deseando que llegue el tema que da título al disco, históricamente uno de los más importantes de cada obra.

Y no, no defrauda en absoluto “Omega – Sovereign of the Sun Spheres”, otro monumento al metal sinfónico en su vertiente más versátil y progresiva a la par que consistente y embriagadora. Cierra a la altura de lo esperado un disco con el que Epica sale del estancamiento y vuelve a desafiar los techos de cristal de un estilo soberanamente permeable a aventurarse sobre las líneas del pentagrama y dejarse llevar por la música en su cénit. Es bestial, es devastador, es esbelto, es delicado, es accesible, es inesperado, es laberíntico,es rotundo, es grandilocuente. Solo este grupo puede serlo todo a la vez. Es Epica.

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Jason Cenador
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