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Un mundo sin The Beatles

24 septiembre, 2019 2:31 pm Publicado por  2 Comentarios

La película ‘Yesterday’ propone una mirada a un mundo en el que los Beatles no han existido. En este artículo, Ismael Molero imagina precisamente eso, un universo sin el cuarteto de Liverpool, tratando de averiguar qué grupos o artistas no habrían existido –o cuyas carreras no habrían sido las mismas- de no ser por su influencia.

A principios de los sesenta, para las familias con pocos recursos de la working class de América, la radio continuaba significando el entretenimiento principal. Una ventana al mundo, a lo que estaba ocurriendo ahí fuera; y lo que estaba ocurriendo, era música. Ya fuera en la radio del coche, en la que estaba encima de la nevera en la cocina, o en un pequeño transistor japonés bajo la almohada en las calurosas noches de verano, la música, la radio, llenaba las horas de los jóvenes que soñaban con un mundo diferente al de sus padres.

Un mundo que sonaba a las “pequeñas sinfonías para adolescentes” de las Crystals -y la nunca suficientemente reivindicada Darlene Love– y de las Ronettes, a la “joven América” de la Motown, y al california sound que traían los “chicos de playa” desde las soleadas costas del pacífico estadounidense -con la promesa de dos chicas para cada chico, ya sabéis-.

Sin embargo, los domingos a las ocho de la tarde el protagonismo se le cedía momentáneamente y durante apenas una hora a la televisión, que, ocupando el lugar central del salón reunía a toda la familia a su alrededor. Allí, iluminados por su resplandor catódico, disfrutaban del show de variedades de la leyenda televisiva Ed Shullivan. No obstante, aquella noche de domingo del 9 de febrero de 1964 no sería una noche más.

Edición del concierto de The Beatles en Madrid

Cartel de un concierto de los Beatles en 1965

Como ocurriera casi una década atrás, la CBS iba a detonar de nuevo una bomba generacional sin proponérselo. Si el 9 de septiembre de 1956, ante más de 60 millones de personas, Elvis Presley había aparecido de cintura para arriba -para ocultar a la América de bien sus obscenos movimientos de cadera- cantando “como un negro” para derribar las barreras raciales, el pelo largo de los Beatles era incensurable, y su efecto sería igualmente devastador para el establishment.

Si al día siguiente de la actuación de Presley un crío de nueve años de la pequeña localidad de Freehold, New Jersey, empuñó por primera vez una guitarra frente al espejo y se dijo a sí mismo “que eso era lo que quería hacer”, tras la aparición del cuarteto de Liverpool solo había una cosa en la que podía pensar: “EL PELO”.

Aquel chaval de quince años que no podía dejar de preguntarse qué significaban aquellas melenas, no era otro que Bruce Springsteen, que en su propia autobiografía (‘Born To Run, Simon and Schuster’, 2016) se refiere a aquel episodio de su adolescencia como “la segunda venida”. Si antes de Elvis “todo era oscuridad”, los Fab Four eran “el Monte Rushmore del rock ‘n roll”. Representaban lo diferente, la otredad, la excitante avanzadilla de una invasión que lo iba a cambiar todo, y, como el joven Bruce Springsteen, otras 73 millones de personas presenciaron atónitas antes sus pantallas la irrupción de los Beatles en suelo americano y cómo el mundo -en palabras de Tom Petty, también ante el televisor aquella noche- “pasaba de blanco y negro a color”.

“Have You Heard the Beatles?”

Aunque, por una vez, los estadounidenses llegaban tarde, porque para 1964 todo el mundo había oído hablar de los Beatles, conocía a los Beatles, y quería ser como los Beatles. Al menos, entre la chavalería. Lo que siguió después en la escueta década en la que ardieron intensamente es de sobra conocido: la “Beatlemania”, el Shea Stadium, los “ringoismos”, el LSD, el Maharishi, millones de discos vendidos, Yoko Ono, Lucy en el cielo con diamantes, los lavabos del Palacio de Buckingham, el número nueve, “Helter Skelter”, guitarras que lloraron con delicadeza y la azotea. Haciendo honor a la canción, sin duda, “A Hard Day’s Night”. Pero, ¿y si nada de esto hubiera ocurrido?

‘Yesterday’

Póster de la película ‘Yesterday’

Esto es precisamente lo que imagina Danny Boyle en su última película, ‘Yesterday’. Un mundo en el que, tras un apagón a escala planetaria, los Beatles nunca existieron -tampoco la Coca-Cola, Harry Potter, o los cigarrillos, pero eso lo dejamos para otro artículo-.

En ese mundo imaginado por el director de ‘Slumdog Millionaire’ o ‘Trainspotting’, como consecuencia de la desaparición de los cuatro de Liverpool, otros grupos como Oasis también desaparecen de la faz de la Tierra. Sin embargo, artistas como David Bowie, los Rolling Stones, Phil Collins o el propio Bruce Springsteen continúan existiendo en el universo ficticio de la cinta, y la pregunta que nos planteamos es la siguiente: ¿Deberían? ¿Podrían existir estos y otros músicos sin la influencia capital de aquellos cuatro golfillos de la clase obrera del Merseyside? La verdad es que no tenemos ni idea, pero vamos a jugárnosla un rato.

Un mundo sin los Beatles

Miremos fijamente una foto de John, Paul, George y Ringo, y veamos cómo poco a poco van desapareciendo al más puro estilo ‘Regreso al futuro’. Con cada pierna, brazo y mano que se transparenta ante nuestros ojos, un joven guitarrista, una joven cantante, pierden a su referencia fundamental. Al grupo que los hizo amar la música. Incluso aunque no les gustaran mucho, seguro que alguno de sus ídolos de adolescencia era fan irredento de los de Liverpool. ¿A quién hemos perdido? Pasemos lista para comprobar la magnitud del desastre -parafraseando a nuestro querido “rock critic” Oriol Llopis-.

Un mundo sin los Beatles es irremediablemente también un mundo sin Oasis o, al menos, eso se deduce tras el visionado de ‘Yesterday’, en la que una búsqueda en Google del protagonista arroja una irrefutable verdad: “Un oasis es un paraje de un desierto en el cual se pueden encontrar agua y vegetación”. Pero, al margen de discutir sobre la trascendencia de esta pérdida –aquí va según gustos-, ¿de verdad Oasis entrelaza tan estrechamente su existencia con los artífices del ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’? Dejemos que la siguiente canción responda por sí misma.

El estilo vocal de John Lennon, su forma de tocar el piano, todo está ahí. Incluso un fragmento de una de sus últimas entrevistas se puede escuchar al final del tema.

El propio Liam Gallagher, autor del corte, lo tiene claro: “John Lennon habría hecho una cover de “I’m Outta Time””. Vale, en realidad el cantante de Manchester estaba contestando a un seguidor que en un videoblog le había preguntado por la canción de Oasis que más le gustaría cantar a Lennon si estuviera vivo. Aunque de todas formas no es una afirmación que se salga del tono habitual del menor de los Gallagher, que apuntalaba su elección de repertorio para Lennon con un “es cojonuda”.

Tampoco difiere mucho de la línea editorial de la etapa Oasis, que en sus buenos tiempos (a mediados de los noventa, en plena explosión del britpop, cuando era la banda más grande de Reino Unido) declaraba que “si no aspiras a ser tan bueno como los Beatles, entonces es solo un hobby”, Liam se destapaba como la reencarnación de John Lennon -a pesar de haber nacido en 1972-, e incluso llegaban a afirmar que iban a ser “más grandes que Jesús los Beatles”. Amén.

Los hermanos Gallagher

Aquellas declaraciones supusieron el principio del fin, o, al menos, así lo interpreta Paul McCartney, que, interrogado acerca de su opinión sobre los Gallagher en alguna ocasión, ha afirmado que aquello “fue su mayor error, además de no haberse cumplido”. Sin embargo, parece que ambos hermanos conservan su buena relación con “Macca”, y este con ellos, ya que no ha dudado en manifestar que le encantaría que Oasis se reuniera, “porque a todos nos gusta que los hermanos se lleven bien”. Entrañable. Lo mejor es que Noel Gallagher se ha mostrado receptivo con el reencuentro, siempre y cuando McCartney compusiera el single de vuelta de la banda.

En cualquier caso, los de Manchester nunca rehuyeron las comparaciones con los de Liverpool ni disimularon su admiración por ellos, y nadie puede quitarles que fueran los responsables de que los Beatles volvieran a ser populares en los noventa, en el que había un mundo sin los Beatles, pero en el que los Beatles seguían muy presentes, incluso en grupos tan aparentemente alejados de su sonido como Nirvana.

Kurt Cobain había nacido en 1967, como Noel Gallagher, año en que los “Fab Four” revolucionaron la música pop con el ‘Sgt. Pepper’s’, pero Dave Grohl (1969), como Liam Gallagher (1972), había nacido en otro mundo. Uno en el que la llama de los Beatles se extinguía. Poco podía sospechar el futuro batería de los Nirvana cuando aprendía a tocar la guitarra al ritmo de las canciones de los Beatles en su adolescencia en Virginia, que a principios de los noventa estaría destinado a hacer desde Seattle lo mismo que los Gallagher harían desde Manchester: ocuparse de que aquel fuego nunca dejara de arder.

Suena como los Beatles

Mirando fijamente la portada de este álbum, el Springsteen de 15 años descubrió que “no quería conoce a los Beatles, si no que quería ser los Beatles”.

El propio Dave Grohl, cuya adoración por el cuarteto de Liverpool no es ningún secreto, rememora su primera impresión de los Nirvana justo antes de enrolarse como batería en la banda -a la que se unió en 1990-, contando cómo “About a Girl”, de su primer álbum Bleach’ (1989), “era como una canción de los Beatles”. Si bien podríamos justificar fácilmente esta comparación teniendo en cuenta que, como comentábamos más arriba, el pequeño Dave aprendió a tocar música por su cuenta con una guitarra y un libro de canciones de los Beatles, puede que haya otra explicación a considerar.

Y es que, aunque ya sabíamos del gusto de Kurt Cobain por los ingleses, que llegó a calificarlos como una de sus bandas favoritas de todos los tiempos, parece que su afición iba algo más allá, si hacemos caso a las versiones que sostienen que precisamente “About a Girl” fue compuesta por el rubio de Aberdeen tras pasar una noche entera escuchando en bucle el Meet the Beatles!’, segundo LP de los de Liverpool editado en los Estados Unidos.

Por otra parte, Dave Grohl siempre ha mantenido que los Beatles fueron una enorme influencia para Kurt Cobain, algo que recientemente se ha visto reforzado gracias al documental Kurt Cobain: A Montage of Heck’ (2015), de Brett Morgen, que ha desenterrado una gran cantidad de material desconocido del cantante, como esta versión acústica y casera de “And I Love Her”, perteneciente al quinto álbum de los británicos, ‘A Hard Day’s Night’ (1964).

Si bien la admiración de Cobain por los Beatles queda más que demostrada, parece que aún así sigue lejos de la de su compañero Grohl, que incluso ha llegado a afirmar, que, de no ser por ellos, no sería músico hoy en día. Difícil de igualar, ¿no? Sí, pero no imposible.

Quiero que los Beatles suenen en mi funeral

Desde luego, si hay un candidato a batir al líder de los Foo Fighters en lo que a “Beatlemanía” se refiere, ese es sin duda Ozzy Osbourne. Y es que el amor del Príncipe de las Tinieblas por los Fab Four es tal que, no solo quiere que pinchen la música de los Beatles en su funeral, sino que incluso tiene prácticamente decididas las canciones que elegiría: “Todavía necesito algunos años para pensarlo bien, pero probablemente algo del ‘Sgt. Pepper’s’, o de ‘Revolver’”.

A pesar de ser conocido como el padrino del heavy metal y por el sonido duro de su banda, Black Sabbath, no debe extrañarnos la selección musical del Madman para su último acto, sabiendo como sabemos que, en sus propias palabras, “le debe su carrera a los Beatles”. Más concretamente al single de 1963 “She Loves You”, que Osbourne señala como el auténtico punto de no retorno: “Recuerdo hasta dónde estaba cuando lo escuché por primera vez. Iba andando por Witton Road en Aston (Birmingham), llevaba un transistor azul, y desde el momento en que aquella canción sonó por la radio, supe lo que quería hacer con mi vida”. Había nacido Ozzy Osbourne, la estrella de rock.

Antes de aquella epifanía -esto es lo que nos encanta del rock, no nos engañemos, esa posibilidad casi mística de tener una revelación gracias a una canción-, solo existía el adolescente Ozzy Osbourne: de la clase trabajadora, no demasiado bueno en el colegio, que se sentaba en las escaleras de su casa en las duras calles del barrio de Aston y se preguntaba “cómo cojones iba a salir de allí”. No había muchas opciones para los chicos como él, o la fábrica o el ejército… o robar. Poco más. Pero entonces llegaron los Beatles, “She Loves You”, “y fue como irse a dormir en un mundo, y despertarse en otro tan diferente y excitante, que te hacía sentir contento de estar vivo”.

Desde entonces, Ozzy no ha perdido ocasión de proclamar su amor por los cuatro de Liverpool; un amor y una admiración que se mantienen hoy en día, y que se pueden apreciar en este vídeo, en el que podemos presenciar cómo, por primera vez, Osbourne conoce a uno de sus ídolos, Paul McCartney.

Es tranquilizador comprobar que el hombre que le arrancó la cabeza de un mordisco a un murciélago -y a varias palomas-, tiene su corazoncito.

Pero si la historia de Ozzy Osbourne y los Beatles es conmovedora -a su manera-, la de su buen amigo Ian Fraser Kilmister, nacido tres años antes que él, en 1945, no lejos de Birmingham -a poco más de 70 kilómetros-, en la pequeña ciudad de Stoke-on-Trent, también resulta una bonita historia de amor -también a su manera-.

“Me metí en esto por las tías”

Aunque Lemmy creció en Gales (su familia se mudó allí cuando su madre volvió a casarse), su vida no difería mucho de la del joven Ozzy. Dejó los estudios pronto y trabajó durante un tiempo en una fábrica, nada excesivamente reseñable, si bien hay que decir que aprovechó mejor su tiempo en el colegio que Osbourne, ya que fue allí donde descubriría su vocación. En este caso la epifanía no vendría a través de las ondas hertzianas, sino mediante la visión de un compañero de colegio rodeado de chicas. ¿El motivo de aquel milagro? Una guitarra. Lemmy, que era un muchacho bastante avispado, entendió la ecuación al instante, y al día siguiente apareció por allí con una guitarra que tenía su madre -a pesar de no tener ni idea de cómo tocarla-, y la magia se repitió de nuevo. Kilmister siempre lo tuvo claro: “Me metí en esto por las tías”.

Lemmy Kilmister en los ’80

Lo que sí compartía punto por punto con su colega de Birmingham era su opinión sobre los Beatles, a la que siempre calificó como “la banda más grande que ha habido”, aunque de manera poco sorprendente, también llegó a ellos en busca de chavalas. Según contaba el frontman de Motörhead, su interés original en los Fab Four se debió al repentino cambio en los gustos musicales de las chicas de Liverpool que iban a pasar las vacaciones a su pequeña ciudad -Conwy, en el norte de Gales, es un popular destino veraniego para los británicos-. Parece que, de un verano a otro, el ídolo de las féminas pasó de ser Billy Fury a un grupo llamado The Beatles, así que el joven Lemmy, con apenas 16 años y siempre interesado por las nuevas tendencias musicales, decidió hacer un viaje en autostop hasta Liverpool, para ver a qué venía tanto jaleo.

La escapada resultó mucho más provechosa de lo inicialmente previsto, ya que Kilmister terminó en The Cavern presenciando una de las primeras y míticas actuaciones de los Beatles ante sus paisanos, antes de que fueran… bueno, LOS BEATLES. Al final resultó que el jaleo estaba justificado. Tras aquella actuación, Lemmy se tomaría más en serio lo de aprender a tocar la guitarra, cosa que hizo sacándose los acordes casi canción por canción del primer disco de los de Liverpool, Please, Please Me’ (1963).

Kilmister contaba en el documental de Greg Olliver y Wes Orshoki, ‘Lemmy’ (2010), además, que, a pesar de que todo el mundo consideraba a los Beatles “los blandengues, en realidad ellos eran los tipos duros, y los Rolling Stones las nenazas. Los Beatles venían de Liverpool, una dura ciudad portuaria llena de marineros y estibadores, mientras que los Stones eran los niños de mamá, todos universitarios de las afueras de Londres”.

Lo que se callaba en el “rockumental” pero sí relataba en su autobiografía (White Line Fever, Simon and Schuster’, 2002), es que en aquella seminal velada en “la Caverna”, alguien de entre el público llamó “queer” -marica- a John Lennon, quien, una vez descubrió quien había sido, dejó la guitarra en el escenario y bajó a darle “el beso de Liverpool”, en palabras de Lemmy, al autor del insulto, “dos veces”. Después regresó con sus compañeros, preguntó si alguien más tenía algo que decir, y continuó con el concierto. Otro día más en la oficina para los Beatles (de hecho, no uno especialmente ocupado si lo comparamos con las noches de Hamburgo). Ahora entendemos por qué el “Back In The USSR” de los Beatles le sienta tan bien el “destrozo” de Lemmy.

“Esos flacuchos y pequeños chavales del culo del mundo”

“Me voló la cabeza”. Así de contundente se muestra Gene Simmons, el líder de los Kiss, al referirse a aquella primera vez que vio a los Beatles. “Me voló la cabeza que aquellos chavales en el culo del mundo pudieran hacer aquella música”. Pero no era solo la música.

Como a Bruce Springsteen, a Gene Simmons le fascinaron sus pintas, “el pelo largo como las chicas, su aspecto andrógino… ¡y ese acento! Nunca habíamos escuchado el acento de Liverpool antes. ¡Yo pensaba que todos los británicos hablaban como la reina!”. Pero, sobre todo, para un chaval como Simmons, que había vivido en Israel hasta los ocho años y se sentía diferente al resto de sus compañeros de clase, los Beatles eran “una fuerza cultural que hacía que ser diferente estuviera bien”.

Los sesenta: a la sombra de los Beatles

Gene Simmons, como Bruce Springsteen, no quería conocer a los Beatles, sino ser los Beatles. Con los Long Island Sound (1966), una de sus primeras bandas, estéticamente se quedó cerca de conseguirlo. Imagen: Gene Simmons.

Beach Boys, The Mamas & the Papas, Joni Mitchel, The Byrds, Bob Dylan… Los sesenta fueron “muy modernos” (como dice el padre de un gran amigo), y además estuvieron plagados de talento. Todos estos grupos redefinieron la cultura pop y de una u otra forma tuvieron que hacer frente a la todopoderosa sombra de los Beatles, con resultados dispares.

Volvemos al principio, a esos comienzos de la década de los sesenta que sonaban al “girl group sound” de las Supremes, Martha and the Vandellas o las ya mencionadas Ronettes y Darlene Love -todas ellas grandes influencias para los de Liverpool, Bruce Springsteen, y tantos y tantos músicos que daría para un “A World Without the Ronettes”-. Estas últimas saldrían además de Philles Records, la factoría discográfica de Phil Spector, el legendario y excéntrico -por decirlo suavemente- productor, ideólogo del famoso muro de sonido[1], y que acabaría produciendo ‘Let It Be’, el último álbum de los Beatles.

El estilo implantado por Spector, que con su muro de sonido ambicionaba convertirse en el “Wagner de la música popular”, y la plasmación del mismo en las grabaciones de las Crystals y las Ronettes, no solo influyó a los Beatles, sino que resultó clave en la reformulación de los Beach Boys, los “chicos de playa”, que en los inicios de los sesenta cabalgaban la ola de la música surf. Y es que, si el disco ‘Rubber Soul’ de los Beatles (1965) fue la motivación principal de Brian Wilson para encerrarse en el estudio y tratar de igualar aquella hazaña musical, la canción que lo había puesto en la senda del muro de sonido fue el Be My Baby” de las Ronettes (1963).

‘Rubber Soul’ emocionó de tal manera a Wilson que, según cuentan, a la mañana siguiente de haberlo escuchado compuso al piano “God Only Knows”, piedra angular del álbum Pet Sounds’ (1966), ampliamente considerado como la obra maestra de los Beach Boys. Al mismo tiempo, este disco -que sacaba el máximo provecho de las posibilidades técnicas que ofrecían los estudios de la época- y su inmortal single, estimularon la ya de por sí sobreestimulada creatividad de los ingleses, que contraatacaron con su propia cumbre: Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’ (1967). De hecho, Paul McCartney ha asegurado en más de una ocasión que ‘Pet Sounds’ fue “la principal inspiración para componer ‘Sgt. Pepper’s’”, añadiendo que “solía llorar al escucharlo”, y declarando además que “‘God Only Knows’ es la mejor canción jamás escrita”. Casi nada. Por su parte, Brian Wilson ha confesado que cuando descubrió “Strawberry Fields Forever”, tema que serviría de avanzadilla para el ‘Sgt. Pepper’s’, supo que había perdido la batalla por llevar al rock hacia una nueva dirección. “Ellos habían llegado primero”.

Muy parecida a esta versión acústica debió sonar “Strawberry Fields” cuando Lennon la ideó en el desierto de Almería, en un descanso del rodaje de ‘How I Won The War’ (Richard Lester, 1967), episodio narrado maravillosamente, por cierto, en la película ‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’ (David Trueba, 2013).

Bob Dylan: el quinto Beatle

Pero antes que los Beatles había llegado Bob Dylan, que en el duro invierno de 1961 se acomodaba en los sofás de sus nuevas amistades en el bohemio y artístico Village neoyorquino. Llegado con su aspecto de “hobbo”, como salido de la “old weird America” de Huckelberry Finn, su objetivo primordial era visitar a su héroe, Woody Guthrie, el cantautor errante que con su guitarra “mataba fascistas” en la época del Dust Bowl y la Gran Depresión.

Un Dylan muy distinto sería el que se encontrarían los Beatles en agosto de 1964 en su segunda visita a los Estados Unidos. Convertido en la máxima estrella del nuevo folk, aupado por la escena a la categoría de “voz de su generación”, respetado por los críticos, Bob Dylan era una estrella que disfrutaba de credibilidad -incluso había tocado en la marcha sobre Washington de 1963-, mientras que, para los ambientes más intelectuales y comprometidos, los Beatles no hacían más que “música para quinceañeras”. Incluso parece que públicamente, ante sus conocidos, entusiasmados por el sonido de los Fab Four, el de Minnesota trataba con displicencia el trabajo de los de Liverpool.

No obstante, parece que en su interior opinaba todo lo contrario, y es que, hay versiones que sostienen que, en el transcurso de un viaje por carretera, al cruzar Colorado, escuchó la lista de éxitos de una emisora local en la que ocho de las diez primeras posiciones estaban ocupadas por los Beatles. Según parece, aquella aplastante popularidad en un sitio tan remoto, tan aparentemente ajeno a las modas de las grandes urbes norteamericanas como Nueva York o Los Ángeles, le dejó tan impresionado que Dylan terminó fuera del coche bailando al son de la música.

Montaje con Bob Dylan joven y mayor

Imaginarse al Dylan frenético de mediados de los sesenta, con su ropa de trabajo y su gorra de plato danzando en mitad de una carretera de montaña en Colorado al ritmo de “Can’t Buy My Love”, resulta casi tan fascinante como ubicarle en la suite del hotel Delmonico en Park Avenue, Nueva York, la noche en la que él y los Beatles fueron presentados por el periodista y amigo común Al Aronowitz.

De aquella noche veraniega de agosto del ’64 se recuerda principalmente que Dylan introdujo a los ingleses en la marihuana -aunque con los años parece que, como mínimo, Harrison y Lennon ya eran unos “iniciados” por aquel entonces-, y el consiguiente colocón que se agarraron, con Ringo fumándose el primer canuto como si no hubiera mañana, Dylan demostrando que tenía más talento escribiendo canciones que liando porros, y McCartney apuntando en un papel “el sentido de la vida” -para descubrir a la mañana siguiente que podía condensarse en la siguiente frase: “hay siete niveles”-.

Sin embargo, esta escena, que bien podría haber sido sacada de una película de los Monty Python, marcó un punto de inflexión en la década de los sesenta, y en la historia de la música popular. Como diría el propio Dylan: “Una línea había sido trazada”. No es que la velada en sí arrojara demasiados resultados -más allá de una resaca “de tres pares de cojones”, estilo John McClane, y el sentido de la vida-, pero escenificó la influencia recíproca que este incomparable grupo de músicos iba a ejercer tanto entre ellos como sobre sus contemporáneos.

Así, al otro lado de la “línea” esperaban la “electrificación” de Dylan, con el sonoro episodio en el Newport Folk Festival de 1965, al que se presentó con la Paul Butterfield’s Blues Band y una guitarra eléctrica ante ochenta mil personas que no daban crédito, y “Like a Rolling Stone” (1965) como punta de lanza. Había nacido el folk-rock[2]. Por su parte, los Beatles llevarían un paso más allá su estilo de escribir con temas como “Help!(1965) oYesterday(1965).

El de Minnesota adoptaba su anfetamínica y eterna versión de gafas oscuras y pelo revuelto, vestido a la última moda de Carnaby Street, mientras que los Beatles abandonaban su lugar de ídolos adolescentes para perseguir sus inquietudes artísticas. Este crecimiento, esta madurez compositiva de los cuatro de Liverpool, dejaría un hueco en el mercado; un hueco que la industria discográfica estadounidense, ávida de seguir capitalizando el novedoso fenómeno comercial que habían supuesto los Beatles, se apresuraría a llenar con los Monkees.

El espejo de los Beatles

Los Monkees’ en 1966

Si los Beatles eran el espejo en el que todos los grupos se miraban a mediados de los sesenta, los Monkees eran, directamente, el reflejo exacto de los cuatro de Liverpool. El reflejo, eso sí, de su primera etapa, la de adorables granujas ídolos de jovencitas. No en vano, habían sido creados con ese propósito por los productores de televisión Bob Rafelson y Bert Scheneider. Y es que, originalmente los Monkees fueron concebidos para protagonizar una serie de televisión sobre una banda de rock (‘The Monkees’, NBC, 1966-1968).

Del casting saldría un cuarteto de chavales bien parecidos, todos ellos con bagaje musical, pero destinados a poner sus “caras bonitas” al servicio de los hits que el departamento de producción se encargaba de proporcionarles. De hecho, inicialmente, y a pesar de que como hemos comentado todos sabían tocar uno o varios instrumentos, el reparto de los mismos se hizo más por cómo quedaban ante la cámara con ellos que por su virtuosismo. Por todo esto no es de extrañar, que, a pesar de su éxito masivo, pronto fueran conocidos con sorna como los “Prefab Four”, es decir, los Beatles prefabricados.

A pesar de todo, a partir de su tercer LP consiguieron hacerse con el protagonismo creativo, aportando sus propias composiciones y, por fin, tocando sus propios instrumentos -en los dos anteriores se había recurrido a músicos de sesión-. Sin embargo, su indudable calidad musical no fue respaldada por los más puristas, que nunca quisieron verlos como algo más que un producto artificial y manufacturado, ideado por la industria del entretenimiento norteamericana para intentar sacar provecho de la “Beatlemanía”. Curiosamente, los propios Beatles nunca mostraron tales prejuicios hacia los Monkees, de los que siempre hablaron bien -Lennon incluso reconoció “que no se perdía un episodio”-, y con los que entablaron una relación de amistad.

A través del espejo: los Rolling Stones

Los Rolling Stones perfectamente uniformados y bien peinaditos en 1964, antes de convertirse en los “chicos malos” del rock. Imagen: Hulton Archive/Getty Images

¿Dejaría que su hija se casara con un Rolling Stone? La pregunta lanzada en primera página por un tabloide británico en medio del auge de popularidad de la banda, recogía a la perfección la idea que Andrew Loog Oldham, el primer manager de los Stones, tenía en la cabeza. Tanto, que hizo suya la frase y la convirtió en un eslogan, en su imagen de marca.

Si los Beatles habían sido moldeados por Brian Epstein como los novios que todas las madres querrían para sus hijas -no olvidemos que habían vuelto de Hamburgo “asalvajados”-, los Stones serían presentados como el reverso tenebroso. El lado oscuro de los de Liverpool, con sus cabellos aún más largos y desgreñados, sus chaquetas de cuero, su pose de desdén y su pasotismo frente a la prensa y a la sociedad establecida. Pero no era más que eso, una pose. Una estrategia de marketing perfectamente orquestada por su joven mánager y abrazada por los medios, encantados de presentarlos como antagonistas de película de los Fab Four. Poco importaba que compartieran raíces musicales comunes con los Beatles –Chuck Berry o Bo Diddley se encontraban en el árbol genealógico de ambos conjuntos-, eran los anti-Beatles.

Pero su rivalidad legendaria no era más que eso, pura leyenda, ya que desde el principio ambas bandas mantuvieron una buena sintonía -como la mayoría de las formaciones de la época-. Prueba de ello es el célebre segundo single de los Stones, “I Wanna Be Your Man” (1963), cedido por los propios Beatles. Según parece, el tema fue compuesto -partiendo de un borrador previo- por Lennon y McCartney en el mismo estudio en el que estaban grabando los Stones, a cuyas sesiones habían sido invitados por Oldham, que antes de ser el mánager de los londinenses, había trabajado como publicista para los Beatles.

Los nuevos Beatles

Pero si los Monkees eran la fotocopia de los Beatles, y los Stones su negativo, no podemos terminar este viaje sin al menos hacer referencia a otra categoría recurrente. Y es que, desde el mismo momento en el que los cuatro de Liverpool se separaron -incluso desde antes-, se ha estado buscando a sus herederos, a los siguientes en la línea de sucesión, a “los nuevos Beatles”. Si en un mundo sin los Beatles los primeros en desaparecer serían Oasis, qué decir de Badfinger, posiblemente, los primeros “nuevos Beatles” de la historia. Y también los primeros en sufrir la “maldición” de tan pesado título nobiliario.

La historia de Badfinger comienza en Swansea, Gales, como The Iveys, desde donde se mudarían a Londres a mediados de los sesenta para ganarse la vida haciendo versiones de los hits del momento. Allí parece que Ray Davies de los Kinks llegó a interesarse en producirlos, pero no sería hasta que Mal Evans, roadie de los Beatles, los vio actuar en el Marquee londinense en 1968 cuando su suerte empezó a cambiar. A peor.

Por supuesto, primero cambiaría a mejor. A mucho mejor. Tras escuchar las demos que tan insistentemente les ponía Evans, los cuatro Beatles estaban de acuerdo en que los galeses eran buenísimos. También coincidían en que no les gustaba su nombre, así que rebautizados como Badfinger se convirtieron en el primer grupo firmado por su recién creada discográfica: Apple Records. Tal era el entusiasmo, que incluso Paul McCartney les proporcionó su primer hit, “Come and Get It” (1969).

El éxito no tardó en llegar. A su primer largo, Magic Christian Music’ (1970), le seguiría No Dice’ (1970), una auténtica joya que contenía la potente balada “Without You”, con cuya versión Harry Nilsson se forraría en 1971. Curiosamente los Badfinger no verían un duro. A pesar de vender millones de discos, continuaban viviendo en la misma casa de siempre, en la que según algunas fuentes no había “ni nevera, ni televisión”. ¿Cómo era esto posible? El total desconocimiento de la industria discográfica por parte de los galeses y Sam Polley, un pantagruélico mánager de dudosa reputación -del que se dice que incluso tenía conexiones con la mafia-, fueron razones suficientes para la total ruina económica de “los nuevos Beatles”. Baste saber que los apuros financieros, la humillación, y la desesperación, darían como resultado la desaparición de los dos principales talentos compositivos de la banda: Pete Ham, que se ahorcaría en su garaje en 1975, y Tom Evans, que seguiría los pasos de su compañero en 1983, colgándose de un sauce en el jardín de su casa.

Ahí, precisamente, radica la tragedia y lo horrible de imaginar un mundo sin los Beatles. En un mundo sin los Beatles puede que Pete Ham y Tom Evans nunca hubieran alcanzado la -efímera- fama, y hoy continuaran vivos y tocando música de manera anónima los viernes por la noche en algún pub de Gales. Por pura diversión. Puede que Bruce Springsteen trabajara en la fábrica de Nescafé de Freehold, New Jersey. Puede que Ozzy Osbourne estuviera en la cárcel. Puede que Lemmy Kilmister se emborrachara todas las tardes con sus compañeros de la fábrica de electrodomésticos Hotpoint en Conwy, Gales. Puede que, incluso, John Lennon siguiera entre nosotros. Quién sabe.

Pero en un mundo sin los Beatles, es seguro que ninguno de ellos habría compartido su don con nosotros, ni nos habrían ayudado a entender lo que sentimos y a sentirnos un poco mejor, ni podríamos disfrutar de joyas olvidadas como el ‘No Dice’ de los Badfinger.

[1]El «muro de sonido» consistía en grabar varias veces los mismos instrumentos interpretando las mismas líneas de la partitura, para después superponerlos tantas veces como fuera necesario y crear así un sonido compacto, tremendista y recargado que confería a las canciones un aire épico, casi operístico, que edificaba tras la voz de las cantantes un muro, el «muro de sonido».

[2] En justicia habría que reconocer a grupos como los Animals o los Byrds su papel en esta historia, ya que tanto la versión del “House of the Rising Sun” (1964) de los primeros, como la de “Mr. Tambourine Man” (1965) de los segundos, pondrían a Dylan sobre la pista del folk-rock, demostrando que las letras complejas y socialmente comprometidas del folk, maridaban a la perfección con los instrumentos amplificados eléctricamente y el sonido de banda del rock ‘n’ roll.

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2 comentarios

  • Juandie says:

    Pedazo de resumen el que se ha marcado Ismael Molero acerca de una de las mejores bandas de la historia del Rock como fueron THE BEATLES y a las bandas que influenciaron con su buena músicas junto con muchas mas anécdotas.

  • Daniel says:

    Interesante… del asunto “OASIS” podríamos profundizar mas pero ahí queda…

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