En 1992, Nirvana estaba en la cima de la industria musical. Un año antes habían lanzado su segundo disco, ‘Nevermind’, un trabajo que marcó un antes y un después en su carrera gracias a su boom masivo. Es bien sabido que el éxito y la fama son un arma de doble filo, algo que Kurt Cobain, líder del conjunto, experimentó en sus propias carnes. En esa época, la prensa sensacionalista se volcó de lleno en su consumo de sustancias, lo que provocó que el cantante se volviera cada vez más retraído y resentido.
Durante ese año, la banda ofreció uno de sus conciertos más memorables, que años después sería lanzado como un álbum en directo. Se trata de "Live at Reading", con el que presentaron el catálogo de canciones de ‘Nevermind’, junto a otros temas que podemos encontrar en ‘Bleach’ (1989) o en el peculiar disco recopilatorio ‘Incesticide’ (1992), en el que también presentaron temas nuevos.
Cuando arrancó el espectáculo, Cobain apareció en el escenario en silla de ruedas, empujado por un hombre, con una peluca rubia larga y una bata de hospital. Esto puede interpretarse como una sátira hacia todos los comentarios que circulaban sobre él, en los que se afirmaba que había sufrido una sobredosis debido a su continuo consumo de drogas. Cuando lo acercan al micrófono, el cantante se levanta de la silla, suenan algunos fragmentos de "The Rose" de Bette Midler y, al instante, se tira al suelo. Después, se cuelga la guitarra y comienza a sonar el icónico riff de "Breed".
El humor negro y la provocación fueron el chaleco antibalas de Cobain frente a la presión mediática y los rumores sobre su consumo de heroína, que amenazaban con eclipsar el espectáculo. Sin embargo, para muchos fans, este concierto es considerado uno de los mejores directos de Nirvana.
La figura de Cobain estuvo siempre rodeada de controversia dentro del mundo de los medios de comunicación. Años después, con el lanzamiento de ‘In Utero’ (1993), su último disco, cargado de una crudeza que lo alejaba del sonido de ‘Nevermind’, volvió a experimentar una nueva polémica. Esta vez fue por la canción "Rape Me", cuya letra directa y sin tapujos provocó un escándalo absoluto, hasta el punto de que George W. Bush, expresidente de Estados Unidos, rompió una copia del disco de su hija Jenna Bush Hager cuando escuchó el tema.
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