La Ciudad Condal no fue testigo de un concierto, sino de una fundición de metal incandescente donde el blues fue sacrificado en el altar del hard rock moderno. Bajo un cielo de vatios, el cuarteto liderado por el ex luchador de MMA Kris Barras (cuya pegada en la guitarra es tan física como lo fue en el octágono), junto al rugido rítmico de Josiah J. Manning a las teclas y guitarra rítmica, el pulso sísmico de Frazer Kershaw al bajo y la artillería pesada de Billy Hammett en la batería, desató una tormenta de alta tensión.
La descarga comenzó con la embestida de "Who Needs Enemies", un muro de sonido que dejó claro que la banda ha canjeado la sutileza por la contundencia de un bloque de acero. Le siguió la galopada eléctrica de "Dead Horses", donde la voz arenosa de Barras cortó el aire como una sierra mecánica, fundiéndose con la audiencia cuando "All Falls Down" derribó la cuarta pared y el frontman se lanzó a las primeras filas para bautizar a los fieles con sudor y distorsión. El aire se volvió denso, casi sólido, con el misticismo oscuro de "Devil You Know" y la arquitectura industrial de "Monster We Made", demostrando que este nuevo 'Halo Effect' de la banda es una armadura diseñada para los estadios más pesados del planeta.

Como colofón, el asalto final llegó con "My Parade", un himno de resistencia que convirtió la sala en un solo pulmón, obligando a Barcelona a rugir a coro bajo la batuta de un Kris Barras que, en lugar de despedirse, dejó clavada su bandera en el escenario con un "Barcelona Coming" que resonó como una promesa de guerra. Fue una metamorfosis total: el cuarteto no solo tocó, sino que encantó y martilleó cada nota hasta transformar el blues-rock en un metal de vanguardia que arde con luz propia.
La Sala Apolo no era anoche un recinto de hormigón; era una fragua incandescente donde el metal fundido del East End londinense se amalgamaba con el soul volcánico de Pensilvania en una aleación indestructible. Al cruzar el umbral, el aire ya pesaba, saturado de esa electricidad estática que solo las leyendas son capaces de invocar cuando deciden abandonar los estadios y bajar al barro de los clubes para mirar a su público directamente a los ojos.

Lo que presenciamos fue un bloque sonoro sin fisuras, una arquitectura de decibelios que sobre el escenario cobraba una profundidad que el disco apenas alcanza a esbozar. Esta mutación orgánica fue posible gracias a una sección rítmica de infarto: Julia Lage, que al bajo aportó una elegancia técnica y un groove espectaculares, y Bruno Valverde tras los parches, cuya pegada quirúrgica mantuvo la intensidad en un punto de ebullición constante.
El ritual de iniciación estalló con "Life Unchained", revelando en el centro del escenario a dos tótems de las seis cuerdas. Adrian Smith, la elegancia británica personificada, manejaba sus guitarras como extensiones de su propio sistema nervioso; a su lado, Richie Kotzen (líderes de Smith/Kotzen), un prestidigitador cuyas manos prescinden de púa para acariciar y castigar el mástil con una técnica que desafía las leyes de la física. Las voces se fundieron desde el primer compás: el barítono rugoso y honesto de Smith servía de ancla perfecta para que Kotzen lanzara sus giros de seda y fuego.

Con "Black Light" y "Wraith", la sala se transformó en un caleidoscopio sónico donde los solos no eran exhibiciones de ego, sino diálogos de una elocuencia aplastante. Cuando Adrian lanzaba una frase melódica impregnada del ADN de la Doncella, Richie replicaba con un latigazo de blues-rock que erizaba la piel. La progresión hacia "Glory Road" y la visceral "Hate and Love" confirmó que el cuarteto no es un proyecto paralelo, sino un organismo vivo que respira a través de la madera y el acero.
Al alcanzar "Blindsided" y la explosiva "Taking My Chances", el Apolo se vino abajo, sumido en un paroxismo de distorsión elegante. Aquí, el desfile de guitarras de Smith se convirtió en un lujo para los sentidos; cada cambio de instrumento (de la Jackson a la Gibson) traía consigo un nuevo matiz de ese "tone" sagrado, un color distinto en su paleta de artista. Vimos a un Smith liberado de las cadenas del espectáculo de masas, saboreando cada bend, mientras Kotzen, con una facilidad casi insultante, nos recordaba por qué es el secreto mejor guardado del rock moderno.

El ecuador del concierto lo marcó la hipnótica "Darkside", seguida de la presentación de una banda que funciona como un reloj suizo. La travesía continuó por la polvorienta "Outlaw", la contagiosa "Got a Hold on Me" y el clímax de "White Noise", donde la química alcanzó su punto de saturación. En "Scars", las guitarras lloraban y reían al unísono, entrelazándose en una danza mística que dejó a la audiencia sin aliento, antes de enfilar el final del set con la urgencia de "Running" y la llamarada de "Solar Fire", una declaración de que el rock de alta alcurnia sigue latiendo con una fuerza salvaje.
Pero el epílogo rozó lo religioso. Tras una ovación que amenazaba con resquebrajar los cimientos del local, el cuarteto regresó para un encore de antología. Atacaron primero "You Can't Save Me", rescatada del arsenal solista de Kotzen y elevada aquí a la categoría de himno compartido. Y entonces, el estallido final: los primeros acordes de "Wasted Years". Ver a Adrian Smith defender su legado de Iron Maiden en un formato tan crudo, respaldado por la voz prodigiosa y los matices de Kotzen, fue un regalo atemporal.

La salida fue una escena de épica urbana: un ejército de fans, con la mirada encendida por la catarsis, desfilaba por la calle Nou de la Rambla para apagar la sed en el bar Hell Awaits. No eran simples espectadores regresando a casa; eran soldados del rock que, en un acto de mímica colectiva y fe ciega, empuñaban guitarras invisibles al aire, poblando la noche barcelonesa con una legión de air guitar heroes que intentaban atrapar los ecos de una noche irrepetible.
