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Crónica de Sexy Zebras en Madrid: ¡¡¡Bravísimos!!!

Sexy Zebras. Foto. Víctor Moreno

No es tarea fácil trasladar a un gran recinto la calidad, la cercanía y la autenticidad que se respira en un buen concierto de sala pequeña, esos en los que sientes a los protagonistas a dos palmos de distancia en una simbiosis perfecta con el público, pero eso es precisamente lo que Sexy Zebras consiguieron en el apoteósico concierto que vivimos en el Movistar Arena de Madrid el pasado fin de semana.

Ante un Palacio de los Deportes a rebosar, en el que se colgó el cartel de no hay billetes semanas antes, la banda forjada en el madrileño barrio de Hortaleza desde el desenfado y la pasión, indivisiblemente soldada por una férrea amistad y camaradería entre sus tres integrantes, dos de los cuales son, además, hermanos, vivió una de las noches más formidables y memorables de su historia, al amparo de su disco más electrificante e incisivo, ‘Bravo’, que nos embistió con su cuerno torcido, el del bovino de su portada, y sus toneladas de carisma el año pasado.

Decenas de pelucas moradas haciendo apología de la desinhibición y cierto punto friki, y alguna que otra cebra hinchable, amén de unas letras hinchables portadas por varios asistentes en las que se leía la palabra ‘pogo’, aliñaban la vista del público desde el escenario y el primer anfiteatro de gradas, totalmente abierto, cuando empezó a sonar una voz que instaba a sacar los cuernos al sol “porque hoy me siento bravo, porque hoy te sientes brava”, a ritmo de rodeo.

Foto: Víctor Moreno

Fue justo después cuando Gabriel Montes, José Luna y Jesús Luna aparecieron sobre el escenario para inocularnos un auténtico chute de motivación con “Bailaremos”, muy coreada, especialmente esa llegada con meta en alto en cuya lona luce la frase “la muerte no es el final”. Con un aire muy californiano y garajero, prosiguieron con “Búfalo blanco”, reivindicando esa revolución cuya mecha han prendido ellos y solo ellos. El Palacio de Invierno se les queda pequeño.

Aquellos que les atribuyen una sonoridad de indie melifluo bien harían en escuchar a todo volumen la siguiente en liza, “Mañana no existe”, un cañonazo sin paliativos exultantemente guitarrero y con una letra que levanta el ánimo a cualquiera. Sin duda, uno de los mayores temazos de su discografía en general, y de su último plástico en particular, muy celebrado, rutilante y vehemente, con el bajo de Gabriel ostentando un cuerpo y una presencia tremendos, sobre las que José, vistiendo unos pantalones cortos en la fina línea con unos gayumbos deportivos, sacaba fuego de sus seis cuerdas.

Sexy Zebras con Rufus T. Firefly. Foto: Gloria Nieto

“Puñales y claveles” sonó considerablemente más enchufada y distorsionada que en su versión de estudio, sin perder ese aire alegre, surfero y contagiosamente hedonista que la caracteriza, algo que fue tónica general en la mayoría de canciones de discos anteriores. El potenciómetro tenía media vuelta de más, y eso se agradece y les dota de un sonido más empastado y aguerrido en vivo con el que es imposible no sudar la camiseta.

Gabriel dio las buenas noches al personal e hizo el amago de comentar algo más, pero se quedó patidifuso ante el mar de gente en tan emblemático recinto, de modo que prosiguieron con la más acompasadas y destelleantes “C’est la vie” y “Una canción para resucitar”, culminada esta última por un solo electrificante y desaforado con el que José pisó de lo lindo el acelerador. Casi reggae es el ritmo sobre el que se aposenta “Sin bandera”, cuya letra comparte enjundia con lo que clamó José a su conclusión: “Mientras siga habiendo banderas, seguirá habiendo guerras”.  “O todos o ninguno” tomó el testigo después con una efectividad a prueba de balas.

Foto: Gloria Nieto

Eran las 21:13, tal y como alguien del público respondió a Gabi cuando preguntó la hora. Determinó entonces el hiperactivo cantante y bajista que merecíamos tanto como ellos un poco de jaleo, y “Jaleo” es lo que nos dieron, con llamaradas formidables emergiendo desde el suelo y una agitación que no decayó con “Charly García”, para la que el propio Gabriel presentó de broma a la primera colaboración de la noche, “un señor de 74 años que viene de Buenos Aires y se llama Charly García”. Llega a aparecer de verdad el histórico rockero argentino y nos da un ictus. ¿Os imagináis?

Se pidió, por vez primera, que no última, que hubiese pogos en el público, y José pasó varias veces bajo las piernas de Gabriel sin dejar de tocar su guitarra, que culminó en un pasaje denso, muy a lo Black Sabbath. La actividad era frenética bajo los focos, con una presencia indiscutible y una dedicación absoluta por parte de todos los protagonistas, que exprimían el escenario como si fuese el de un local situado en los bajos de algún barrio añejo de Madrid.

Foto. Víctor Moreno

A renglón seguido, Gabriel dedicó la siguiente canción a todos y cada uno de los presentes por darle sentido a su vida, y recordó que conoció a José cuando tenían seis años y que, en vez de un equipo de fútbol, decidieron montar una banda. Reivindicó también al batería, Jesús Luna, cuya pegada y firmeza fue constante todo el show, del que dijo que “los salvó”. Fue entonces cuando nos recomendó, “de todo corazón”, que dejásemos las cosas pasar, lo que viene a poner de relieve “Nena”, otra canción grandiosa que viene a proclamar que pasará lo que tenga que pasar, así que mejor no fustigarse. Son una oda al desahogo.

Con “Marte” y “El abismo”, que contó con Rufus T. Firefly como invitados aportando un excelente juego de voces, incluida la batería Julia Martín en un segundo set de percusión, levantaron el pie del acelerador, para después pisarlo de lleno con la emocionante “Flores a la guerra”, inmensa, irrebatible y muy cantada, aunque la palma se la llevó después “Marisol”, coreadísima por el personal. “Viene gente limpia a los conciertos se Sexy Zebras”, bromeó José, reivindicando la dichosa peluca entre morada y rosa.

El propio José acometió después una suerte de discurso entonado a modo de sermón y dedicado a todos los bravos y todas las bravas, para cortar la cinta inaugural de “Bravo”, el verdadero himno ácido y opuesto al odio que tanto predomina en nuestros días que da título a su último disco, durante el que las pantallas proyectaron todo tipo de referencias a la cultura local, desde la tortilla de patatas a la paella, pasando por el bocadillo de jamón, las pipas, el logo de Tío Pepe, la sangría Don Simón o dos jugadores del Real Madrid y del Barça abrazados. También aparecieron carteles electorales con los miembros de la banda como protagonistas: “Vota a Jesús, sentido común” o “vota a José, gobierno para todos”.

Foto. Gloria Nieto

Ya en terreno de los bises, José apareció para cantar con el único acompañamiento de su guitarra esa loable afrenta al postureo y la banalidad que es “Canción de mierda”, a la que se unió Gabi después para cantar junto a él, darle besos e intentar, infructuosamente, un morreo. Keep on trying, Gabi!

El propio frontman, ya con el bajo colgado, anunció que habían reservado otro Movistar Arena para el año que viene para que cupiésemos todos, abriendo la puerta al que posiblemente sea su primer Palacio de los Deportes abierto y lleno al completo. Era momento de echar el resto, y lo hicieron con “Quiero follar contigo” y “Pogo”, en la que tocó el bajo su productor, Raúl Pérez, porque Gabriel se bajó a cantar entre el público y acabó llevado en volandas, en una simbiosis absoluta entre banda y asistentes. El derroche de energía era total, y a lo largo del coso había pogos de diversa índole: circle pits, walls of death, mosh común… Como si se tratase de un museo del particular y enérgico baile.

Agradecidísimos por lo vivido, echaron el resto con “Días de mierda”, que la gente terminó cantando a capela, y “Tonterías”, en la que vibró el suelo por los brincos generalizados de todo el público. Gabi hizo crowdsurfing sobre el personal y, casi a su conclusión, José nos recordó una máxima irrenunciable para disfrutar al máximo del momento: “nunca más vamos a estar en este instante”. Y fue el instante de quemar los últimos cartuchos de un concierto de rock con aroma garajero y una cercanía, una presencia, a años luz de lo anodino: Sexy Zebras son y fueron puro rock.

Jason Cenador

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