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Crónica de Epica, Amaranthe y Charlotte Wessels en Madrid: Lo efímero de la felicidad

La felicidad no es una constante, no es una condición habitual, ni siquiera para quien disfruta de una mayor plenitud vital. Está, sin embargo, escondida tras momentos concretos, muchas veces rutilando en las pequeñas cosas. Es, más bien, un estado transitorio, una utopía constante hacia la que no podemos dejar de avanzar, como si de un objetivo quimérico se tratase. Pero cuando se experimenta, cuando se vive en primera persona, la sensación es indescriptible. La música siempre ha sido un vehículo ideal con destino a estos instantes especiales, y el torrente de dopamina que desató el concierto de Epica a su paso por Madrid, compartiendo cabecera con los irresistibles Amaranthe y flanqueados por Charlotte Wessels, nos hizo levitar por instantes y bucear en lo efímero de la felicidad.

CHARLOTTE WESSELS

El cartel de no hay entradas llevaba varios días colgado, y siendo sábado no era de extrañar que la inmensa mayoría de los concurrentes ya dotasen a la sala La Riviera de un aspecto magnífico al arranque del concierto de Charlotte Wessels, vocalista insigne donde las haya desde hace años en el plano del metal sinfónico europeo cuya popularidad se propulsó al frente de Delain.

Charlotte Wessels

La vocalista neerlandesa lleva ya un lustro lejos de la banda formada por el que fuera teclista de Within Temptation, Martijn Westerholt, y ha sabido rehacerse poniendo de relieve su colosal talento tanto compositivo como interpretativo. En su actual proyecto en solitario, está muy bien rodeada de intérpretes de nivelazo, como el colosal guitarrista Timo Somers, también ex de Delain, y su directo rebosa de entereza, carácter y finura.

“Chasing Sunsets” abrió la veda de un repertorio breve pero intenso, en el que melodía y lucidez inundaron el lugar para sumergirnos bajo el halo evocador de “Dopamine” (esta vez sin Simone Simons), “The Crying Room”, “Soft Revolution” o “After Us, the Flood”, último single de su catálogo, finiquitado con Charlotte cantando a coro con la teclista Sophia Vernikov, en un momento onírico culminado con un abrazo fraternal entre ambas.

Charlotte Wessels

El público se rindió a sus pies coreando su nombre sin parar, calidez agradecida con genuina emoción y humildad por parte de Charlotte, que exhibió su tristeza porque solo quedase una canción, aunque prometió que pronto la tendríamos de vuelta por nuestras latitudes. Cuestionó luego si algunos de los presentes teníamos demonios, para lo que nos recetó “The Exorcism”, en la que su lustroso torrente vocal, con el que demostró estar en una plenitud irrevocable, se tornó gutural por instantes. Terminó con ella un concierto de sonido depurado y calidad indubitable.

AMARANTHE

La sofisticación futurista y la imponente puesta en escena de Amaranthe fijaron nuestra atención sobre el escenario desde el primer compás de “Fearless”, corte con el que arrancó el show de una banda diferente que halló un nicho musical inexplorado y lo han venido explotando con una efectividad incontestable desde aquel deslumbrante álbum debut homónimo del que, aunque parezca que ha pasado media vida, solo han transcurrido quince años.

Amaranthe

Amaranthe ha congeniado como nadie el death metal melódico y el metalcore con el pop y el dance, dando en la tecla que activa los emisores de adrenalina de cientos de miles de acérrimos de todo el planeta. Sin miedo, como reza el tema con el que dispararon primero, han recorrido su propio camino convencidos de que tenían entre manos algo único y atractivo, y el tiempo les ha dado la razón. Aunque, para ser honestos, no pasó mucho tiempo desde que irrumpieron y su petardazo en mercados como el europeo o, sobre todo, el japonés.

Amaranthe

El sonido fue cuando menos deficiente en los primeros momentos del show, con la guitarra de Olof Mörck sonando endeble, poco audible. Afortunadamente, se fue reforzando con himnos como “Viral” y “Digital World”, que alertan con letras no exentas de explicitud de la subyugación de la sociedad actual al dictado, a menudo torticero y manipulado por el poder, de las nuevas tecnologías, dejando patente un severo aviso del abismo al que nos encaminamos como no sepamos recular y emplear más la conciencia crítica en lugar de lo que ordena el algoritmo.

Amaranthe

Con las voces de la siempre carismática y prodigiosa Elize Ryd, el abrumador cantante gutural Mikael Sehlin y el vocalista Nils Molin, también frontman de Dynazty, en primer plano, en un toma y daca que dota de dinamismo y efusividad a sus canciones, el show fue discurriendo por canciones como “Damnation Flame”, antecedida por un cálido saludo de Molin a un público entregado, “Maximize”, “Strong”, “PvP”, “Crystalina”, “Boom!1” o la fantástica “The Catalyst”, que rubricaron la habilidad de los suecos para excitar y ponerlo todo patas arriba, si bien siguen adoleciendo de un sonido que pide más distorsión en vivo, tal vez lastrado por la ausencia de un segundo guitarrista.

Amaranthe

“Re-Vision” dio paso al corte más severo y adusto de la velada, una aún inédita “Chaos Theory” cuyo contrapunto lo puso la maravillosa balada “Amaranthine”, inaugurada por Elize cantando sobre el teclado interpretado a modo de piano por Olof en un momento de gran belleza. Hicieron bien, no obstante, en acometerla después desde su comienzo alumbrando uno de los puntos álgidos de toda la noche. Es una canción hermosa, que arropa y colma de luz hasta el más lúgubre recoveco. Una sobredosis de inspiración.

El concierto había entrado en la etapa más emocionante para los fans de sus comienzos, y “The Nexus”, otro temazo del tamaño de Wisconsin, hizo de aquello un auténtico hervidero, que siguió bullendo con la tremenda “Call Out my Name”, aunque a Nils Molin, que se había dejado la garganta con solvencia durante toda la actuación, se le notó cansado y un tono por debajo de lo requerido.

Amaranthe

“Archangel”, esa “That Song” con un deje hardrockero de lo más magnético, y la inevitable “Drop Dead Cynical”, con un estribillo para dejarse la voz y un riff que a un servidor le sigue recordando al de “The Beautiful People” de Marilyn Manson, cerraron el candado de un show en el que echamos en falta “Hunger”, tal vez su primer gran éxito. ¿Desde cuándo no la tocan?

EPICA

La espera, aunque no excesiva, se hizo eterna, porque la emoción y la tensión del personal ante el momento sagrado, especial, casi místico que supone un concierto de Epica casi se podía cortar en el aire. El bálsamo llegó con una voz en off que dio la bienvenida al público de Madrid “a lo que tanto estabais esperando”. “Hoy no sois solo un público, sois parte de algo mayor”, continuó proclamando la introducción antes de pedir a los asistentes con elegancia –y con discutible efectividad, para qué engañarnos– que dejaran atrás el teléfono.

Epica

“Esto no es una Story; preparaos para sentir”, sugería la locución. Y preparados, muy preparados estábamos cuando una cuenta atrás desembocó en “Apparition”, en la que Simone Simons apareció ataviada con un gótico velo negro. Como esta, la coreada “Cross the Divide” pertenece a su más reciente esfuerzo discográfico, ‘Aspiral’, cuya gira por salas se había hecho de rogar. Simone, ya con la cara descubierta y portando unas llamativas gafas de sol, dio buena cuenta de su espléndido estado vocal, desprendiendo una madurez y una versatilidad apabullantes, infranqueables.

Epica

Desde el primer momento, fue más que perceptible el salto cualitativo en el sonido, mucho más grueso, presente y fornido, con las guitarras del habilidoso Isaac Delahaye y el genio absoluto que es Mark Jansen, alma mater compositiva de la banda y artífice de sus devastadoras e inderribables voces guturales, milimétricamente empastadas, junto al hiperactivo teclado del siempre simpático y entregado Coen Janssen, el firme bajo de un Rob van der Loo que tiene las cervicales para moler las piedras y la demoledora y laberíntica batería de Ariën van Weesenbeek, a quien da gusto verlo tocar en cualquier instante de cualquier canción.

Epica

El éxtasis se desbordó hasta hacernos perder la noción de la realidad con “Martyr of the Free World”, cuyos apoteósicos contrastes entre la cristalina voz de Simone y la salvaje abrasión vocal de Mark sembraron el delirio, del todo compatible con pensar y repensar una letra que da para mucha reflexión y también reivindicación de la libertad de expresión en tiempos de cazas de brujas y bulos que envenenan las corrientes de opinión hasta pudrir nuestras sociedades y poner en solfa los derechos humanos más elementales. En ella, por cierto, Coen echó mano de su keytar para ponerse al frente del escenario y embelesarnos con su habilidad.

Epica

El centro de la escena lo ocupó Mark Jansen en la robusta “Eye of the Storm”, sucedida por una “Unleashed” tan brillante y atrayente como siempre que echó a andar con Simone cantando a capela para derretir hasta los hielos de los vasos. Agradecida, la soberbia vocalista dio paso a “Never Enough”, inexplicablemente la única representante de su recordadísimo ‘The Divine Conspiracy’, que recibió una fervorosa acogida.

Epica

El show estaba siendo indiscutible, musicalmente sideral, y eso limó bastante nuestros recelos ante un repertorio, al humilde juicio de quien escribe, mejorable. La emoción se vio multiplicada por la presencia de Charlotte Wessels bajo los focos cantando a dúo con la propia Simone “Sirens – Of Blood and Water”, y llegó a cotas inimaginables de la mano de la hechizante, conmovedora y, simplemente, increíble balada que es “Tides of Time”, interpretada de manera estelar, mágica, por Simone con el único acompañamiento del teclado de Coen Janssen. ¿Echamos de menos el solo de Isaac? Pues sí, pero todo da igual cuando estos dos genios del pentagrama interpretan una de las baladas más preciosas jamás acuñadas. Uno diría que se le había metido algo en el ojo. Bueno, en los ojos; en los dos.

Epica

La canción más épica, rimbombante y también más entretenida y absorbente de ‘Aspiral’, “The Grand Saga of Existence”, resultó ser todo un acierto en directo, y fue retribuida por los oés del personal, que el bueno de Coen sigue (y seguirá toda su vida, nos tememos) confundiendo con “olés”. No pasa nada; siempre es entrañable lo bien que cultiva la química con el público, agradecido por su llaneza y amabilidad. Dio entonces paso entre elogios a Simone Simons, que inauguró “Cry for the Moon”, clásico de clásicos que no falló a su cita con la inmensidad y que fue enlazado, a un nivel estratosférico, con “Fight to Survive”.

Epica

Qué corto se nos estaba haciendo y qué pocas ganas teníamos de que terminase el concierto cuando miraron por el retrovisor para embarcarnos en la epopéyica “The Last Crusade” y cerrar con la celebradísima “Beyond he Matrix”, en la que ningún sismógrafo a pie de sala se habría mantenido estático de los saltos que provocó. Eso sí, sigo todavía sin entender que, tras tantísimos años, hayan sacrificado la irremplazable “Consign to Oblivion”, un error que esperamos que subsanen en ulteriores visitas, pues es parecido a si AC/DC se fueran sin tocar “Back in Black” o Iron Maiden cerrasen sin haberse pasado por “The Number of the Beast”.

Epica

En cualquier caso, abandonamos a una hora más que prudencial el recinto a orillas del Manzanares obnubilados por lo vivido, y es que, si estadísticamente es casi imposible coincidir generacionalmente con Epica, no nos queda otra que sentirnos privilegiados de poder seguir fascinándonos con su metal sinfónico, con su inmensidad

Epica

 

Jason Cenador

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