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Crónica de Contaminación Acústica en Madrid: Rock sin artificios

Hay conciertos que empiezan cuando suena el primer acorde… y otros que comienzan mucho antes. El espectáculo de Contaminación Acústica en Madrid fue claramente de este segundo tipo. La banda valenciana llegaba a la capital con ganas de tocar, de presentar sus canciones y de seguir sumando kilómetros a su historia.

Cuando llegamos a la sala La Habana Club, unos minutos antes de la hora marcada en las entradas, algo no cuadraba. No había movimiento; encontramos la sala cerrada, sin señales de que allí fuera a empezar un concierto en breve. Poco después aparecieron los músicos, atentos y pendientes de la gente que ya rondábamos por allí. Ante la situación, nos invitaron a pasar al bar de al lado mientras se resolvía el asunto. Allí, entre cervezas y charlas improvisadas, empezó realmente la noche.

Los miembros de la banda compartieron su preocupación porque los responsables de la sala aún no habían aparecido, pero también se notaba la ilusión que tenían por tocar en Madrid. Fue uno de esos momentos que recuerdan por qué el rock sigue teniendo ese punto de cercanía tan especial: músicos y público compartiendo barra, historias y risas antes incluso de empezar el concierto.

Finalmente, sobre las ocho y media, Contaminación Acústica subía al escenario. Abrieron con “Noche al raso”, marcando desde el primer momento ese sonido directo que mezcla rock and roll. Entre tema y tema no faltaron los comentarios sobre los pequeños obstáculos que habían tenido que sortear para sacar adelante el concierto. Incluso faltaban algunos accesorios para la batería, pero lejos de ser un problema, la banda tiró de actitud y buen humor. Porque si algo quedó claro durante la noche es que a esta gente no le faltaron las ganas de tocar, ni de hacernos pasar una tarde-noche de esas que te resetean y te recargan las pilas.

Siguieron con “Esperanza”, un tema potente que fue calentando el ambiente. Con Gabi al frente como vocalista, las guitarras de Jose Luis y Fran, el bajo de Pipa y la batería de Guindilla, la banda fue desplegando su repertorio con un sonido honesto, ya que como nos contó Gabi, el disco lo han grabado en directo, añadiendo luego las voces: "Lo que se escucha en directo es lo mismo que escucháis en el disco".

El show tuvo ese aire cercano que tanto se disfruta en salas pequeñas. Bromas, comentarios, alguna pullita lanzada con humor y bastante interacción con el público; Fran nos contó varios chistes. De esas que hacen que el concierto se sienta más como una reunión de amigos que como un espectáculo distante.

Gran parte del repertorio estuvo formado por los temas de su trabajo 'Contaminados', publicado en diciembre de 2025. Entre ellos sonó “Soledad”, presentada por la banda explicando el trasfondo de la canción, que habla de ese estado emocional desde una perspectiva de lucha por salir adelante. Uno de los momentos más celebrados llegó con “Incalculable”, cantada por Fran como voz principal. Fue una de las favoritas de la noche que nos dejó con ganas de poder escucharla pronto en plataformas y, por supuesto, en más conciertos.

La fiesta se desató cuando sonaron los primeros acordes de “Calle sin luz” de M-Clan, que fue recibida con entusiasmo y coreada como si fuera parte natural del repertorio de la banda. También hubo espacio para presentar material nuevo con “La nueva menos nueva” y “La nueva nueva”, títulos que dieron pie a bromas por parte del grupo y que demostraron que siguen componiendo y mirando hacia adelante. Antes del final aún sonó “Sin tiempo”, para cerrar el concierto con una versión muy celebrada de “Hablar, hablar, hablar” de Los Zigarros, que puso el broche perfecto a la noche.

Pero si algo nos llevamos de ese concierto no fue solo la música. Fue también el trato: el buen rollo constante de la banda, las conversaciones antes, durante y después del concierto, y esa sensación de que no había distancia entre escenario y público. Porque los conciertos pequeños tienen algo que los grandes estadios nunca podrán replicar del todo. En un estadio hay producción, pantallas gigantes y miles de personas cantando al unísono. Pero en una sala pequeña hay miradas, cercanía, bromas compartidas y esa sensación de estar viviendo algo auténtico.

Aquella noche en La Habana Club no hubo grandes artificios, pero sí hubo rock del bueno, ganas de tocar y un grupo que dejó claro que lo suyo es disfrutar cada escenario, pese a los impedimentos que puedan surgir. Y nosotros, desde luego, lo disfrutamos con ellos.

Marta G. Paniego

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