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Crónica de Charly Fernández & Los Testigos del Rock en Madrid: El rock estatal sigue vivo, coleando y en libertad

Cuántas noches habré pasado en el Rey Louie de Majadahonda. El ambiente, la sala, el sonido… es de esos lugares a los que siempre quieres volver, más si es a ver conciertos como el del pasado jueves: Charly Fernández & Los Testigos del Rock. Había escuchado su último trabajo, ‘Aires de libertad’, con atención, entre otras cosas porque son muchos los amigos que han colaborado con él, amigos que también estarían presentes en el bolo y que, doy fe, lo pasaron en grande sobre las tablas.

Hacía tiempo que no ofrecía un show con banda, y necesitaba salir de lo acústico para “soltar los perros”. Eduardo Escobar le acompañaba a la guitarra, instrumento al que se sumó como nuevo Testigo Tino Lebowski, alma de Los Lebowski, uno de estos músicos que todo lo que toca lo convierte en oro. Al bajo, Josele Megía; la batería, ocupada por Daniel “Podador” García, y los coros de Arantxa Ortiz y Cristian del Corral, líder de los todopoderosos Luback, que, por cierto, acaban de sacar un disco, ‘Mojo On’, para quitarse el sombrero. Para mí es, desde ya, uno de los discos del año.

“Loba”, ese puño cerrado contra el machismo, contra todo lo que sobra en la sociedad, abría las puertas al rock desenfrenado de Charly y compañía. Si te paras a pensar en la cantidad de influencias que desplegó durante el concierto, te vas a quedar corto; de Rulo a Robe, pasando por Marea, Deep Purple, Stray Cats o, incluso, Bob Marley. Era lógico que el primer tema fuera del disco que presentaba, pero la artillería también llegaba de su ‘Almas encadenadas’, que no cayó en el olvido tras “Mentiras” y “Volver a empezar”. De hecho, encadenó hasta cinco temas antes de volver a su último redondo.

Potencia bruta y declaración de intenciones en su repertorio, se notaba la sed que tenía de volver al formato banda, que dejó claro que no estaba, en absoluto, oxidada; no es de locos, tampoco, afirmar que les falta algo de rodaje, pero es innegable que el punch que tienen solo puede mejorar con el tiempo.

Con “Amor de Barro” volvía a recordar lo que nos traía a la sala, un trabajo que ha conseguido posicionarlo como uno de los futuribles del rock estatal.

Las letras personales y las melodías funcionan, el público agradece su entrega, y él lo sabe, por eso se abrió, por eso llenó el espacio que había entre las tablas y la sala. Siempre me he preguntado por qué no se acercan más al artista. Creo firmemente que eso haría disfrutar más a la gente, y al artista sentirse más calentito, pero Charly tiene tablas suficientes para que no llegue a afectar a un show medido, que continuaba con “Rabia”, “Tu nombre y mi ser”, o la que da título al trabajo, “Aires de libertad”, todo un himno que juega a la perfección con los tempos y nos invita a volar (“que se joda el viento”).

Nos contaba, no solo su historia, sino la de todos los que allí estábamos. No faltaron solos de escándalo o invitados especiales, como la tremenda voz de Sara Llobet, que disfrutó casi tanto como él.

Entre Suaves, Marea o Fito, surgía de la nada “Si no estás” antes de abrazarnos con “Bienvenido a Madrid”, la acogida que todos vivimos en algún momento cuando nos trasladamos a la capital.

Quedaba el tramo final para terminar de abrirse con “Amasijos de cristal”, el reggae de “Una meta sin final” o, aquella de la que reconocía que le costaba cantar, “Veneno”, buena forma de terminar un show pletórico con esa voz de un tipo con carácter, con historia, con el desgarre justo de quien vive lo que canta.

Lo que uno nunca espera en un concierto de rock español de pequeña envergadura (en términos de aforo, claro, porque la música ahí no tiene nada de pequeño) es encontrarse con ese tipo de riqueza sonora que caracteriza a ‘Aires de libertad’, un trabajo que, como dice el propio Charly, es la consolidación de su estilo.

Es un músico que ha vivido treinta años del género sabiendo que el rock nacional tiene derecho a respirar, a coger aire de otros lugares sin dejar de ser lo que es, aunque no dé para comer, solo importa que sea real, y lo es.

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