Los australianos Airbourne regresaban a Madrid este pasado miércoles bajo un “sold out” inapelable, confirmando así que el idilio de la banda con el público español es una llamarada incombustible. Tras dos décadas de carretera, los hermanos O'Keeffe y compañía han pasado de ser alumnos aventajados a erigirse como uno de los estandartes más puros del hard rock en la actualidad, ofreciendo un directo visceral que nos devuelve a la esencia más pura y peligrosa del género, sin trampa ni cartón.
Airbourne
Lamentablemente, por motivos laborales, no llegamos a tiempo de presenciar la descarga de los brítánicos Asomvel, que tan buenas impresiones nos dejaron en la cita de Colonia. Pasadas las nueve de la noche, el cuarteto originario de Warrnambool saltaba al escenario de La Riviera para convertir el recinto en un templo de alto voltaje donde el volumen sería nuestra eucaristía. El concierto arrancaba oliendo a válvulas incandescentes con la rabia de “Gutsy”, una declaración de intenciones que nos voló la cabeza combinando riffs pesados y esa voz que suena como una apisonadora.
Sin apenas tregua, nos metieron de lleno en una espiral de energía con la clásica “Too Much, Too Young, Too Fast”, todo el ADN de la banda concentrado en tres minutos a base de guitarras afiladas y un estribillo infeccioso, a la que se sumó el medio tiempo de rock pantanoso sin adornos de “Cradle To The Grave”.
Si después de esta trilogía para comenzar el concierto seguíamos hambrientos, los australianos nos invitaron a comernos la noche a base de los decibelios de “Hungry” y a rescatar los pentagramas más ochenteros con “Back In The Game”.
Llegaba el turno entonces de ondear la bandera con “Raise The Flag”, el himno que desató el ritual más esperado de la noche, con el baño de masas de Joel O'Keeffe recorriendo el foso a hombros mientras reventaba una lata de cerveza contra su cabeza para bautizar a todos los allí presentes.
Momento simplemente maravilloso con el que alcanzábamos el ecuador del concierto, manteniendo la energía y un frenético ambiente intacto. No sé los litros de sudor que derrama Airbourne por noche, pero lo que está claro es que no se guardan ni una gota.
Que Joel es un líder como pocos en la escena queda fuera de toda duda. Se pasó el concierto lanzando minis (vasos de litro) de cerveza, con una técnica depuradísima, por cierto, trazando parábolas (algunas de ellas casi perfectas) para que los más hábiles cazaran al vuelo un trago de puro rock n’ roll.
Y con la garganta hidrataba aparecía “Cheap Wine & Cheaper Women”, con ese groove adictivo que parece poseído por el espíritu de sus compatriotas de AC/DC. No es imitación, es linaje: son los herederos legítimos del trono que una de las grandes leyendas australianas dejará vacante algún día (esperemos que dentro de muchos años).
También nos presentaron un nuevo tema, “Alive After Death”, no sin antes marcarse una sección instrumental de puro rock para acompañar al icónico “oe, oe, oe” que suele escucharse en los conciertos, lo que desembocó en “Diamond in the Rough”.
Tampoco podemos olvidar que Joel es un animal escénico que parece vivir conectado a un generador de alta tensión. Así que volvieron a poner el Marshall al once para sacudir trallazos como ese torbellino llamado “Breakin' Outta Hell” o “Live It Up”, un viaje en el tiempo a los años dorados del género que convierte el escenario en un pub de carretera al desplegar su ya legendaria barra de bar portátil, un santuario rodante que rinde tributo a sus ídolos, Motörhead. Recordad que Lemmy fue un mentor para ellos e incluso apareció en el videoclip de “Runnin' Wild”.
El cierre final no podía ser de otra manera: “Ready to Rock” y la recientemente comentada “Runnin' Wild” fueron el broche de oro a esa estampida sonora que habíamos disfrutado una vez más con la convicción de que el relevo del rock n' roll está en las mejores manos posibles.
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