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Crítica de The Devil Wears Prada: Flowers

Con ‘Flowers’, The Devil Wears Prada firman uno de esos discos que no buscan convencer desde el primer impacto, sino que se despliegan poco a poco, ganando peso y sentido con cada escucha. Veinte años después de su formación, la banda demuestra que sigue teniendo algo que decir y, sobre todo, la necesidad de seguir preguntándose cosas.

Este noveno álbum no es un ejercicio de nostalgia ni una repetición de fórmulas, sino una obra marcada por la introspección, la duda y una madurez que se percibe tanto en el sonido como en el enfoque lírico.

Musicalmente, ‘Flowers’ amplía el camino iniciado en ‘Color Decay’, profundizando en un metalcore cada vez más atmosférico y emocional. Las guitarras continúan siendo contundentes cuando es necesario, pero ahora conviven con capas de sintetizadores, teclados y texturas electrónicas que aportan profundidad y contraste. La producción es limpia y expansiva, permitiendo que cada elemento respire y reforzando una sensación constante de equilibrio entre luz y oscuridad, entre tensión y alivio.

El disco gira en torno a una idea central: la persistencia del vacío interior incluso cuando se alcanzan metas externas. “Where the Flowers Never Grow” funciona como declaración de intenciones, envolviendo letras sombrías en una estructura melódica casi luminosa.

“Wave” baja pulsaciones y apuesta por la fragilidad, mientras que “Everybody Knows” y “So Low” recuperan un pulso más directo sin perder el poso reflexivo que impregna todo el álbum. En temas como “Eyes” o “For You”, la banda se permite un tono casi confesional, mostrando su lado más humano y vulnerable sin artificios ni dramatismos forzados.

Mike Hranica y Jeremy DePoyster se complementan a la perfección, alternando agresividad y melodía con naturalidad, mientras la base rítmica sostiene el conjunto con precisión y dinamismo.

‘Flowers’ no ofrece respuestas ni finales cerrados: es un retrato honesto de la lucha interna, de aceptar que ciertas sombras no desaparecen y que forman parte del propio proceso vital. Un disco coherente, valiente y profundamente emocional, que reafirma a The Devil Wears Prada como una banda creativamente viva, necesaria y con mucho que decir dentro de la escena actual.

Kike Marcos
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