El 26 de febrero se publicó ‘IV’, el nuevo trabajo de Nurcry, y no es exagerado decir que estamos ante el disco que termina de definir de forma definitiva la identidad de la banda madrileña. No porque suponga una ruptura con su pasado, sino, precisamente, por lo contrario: porque todo lo que habían ido construyendo desde aquel inicio casi como proyecto personal de Ángel Gutiérrez encuentra aquí su forma más sólida, más natural y más madura.
El hecho de que llegue presentado como un doble álbum podría interpretarse, en una primera lectura, como un gesto de ambición o incluso como un desafío en tiempos de consumo rápido, pero basta sumergirse en él durante varias escuchas para entender que el formato responde a una necesidad artística real. Hay canciones, hay discurso y hay una coherencia interna que justifica plenamente su duración.
Lo primero que se percibe es una sensación de banda. Puede parecer una obviedad, pero no lo es. En los primeros pasos de Nurcry, había un evidente peso de la visión de su fundador, algo lógico en un proyecto que nace desde la iniciativa individual, pero ahora todo suena a grupo en el sentido más completo de la palabra. Se nota en la forma en la que fluyen las composiciones, en la riqueza de los arreglos, en el diálogo constante entre las guitarras, en una base rítmica que suena compacta y con personalidad propia y, sobre todo, en la manera en la que las canciones respiran de forma orgánica, sin dar la sensación de estar construidas desde un único punto de vista. El propio proceso de composición más compartido del que han hablado en alguna ocasión se traduce directamente en la música.
En lo estrictamente sonoro, ‘IV’ es el disco en el que mejor han sabido equilibrar todas las caras de su propuesta. El heavy metal clásico sigue siendo la columna vertebral, pero convive con desarrollos más cercanos al power en los momentos de mayor carga épica y con ese poso hardrockero que aparece cuando la canción lo pide. Lo importante es que no hay sensación de ejercicio de estilo ni de querer demostrar nada: los cambios de registro llegan de forma natural, como parte del lenguaje del grupo. Ahí el trabajo de producción resulta fundamental, porque consigue que un repertorio tan amplio suene compacto y reconocible de principio a fin.
Los dos primeros adelantos, “Enséñame a sentir” y “La enfermedad”, son una declaración de intenciones bastante clara. No solo por su capacidad de impacto inmediato, sino porque condensan muchas de las claves del álbum. En el primero, aparece esa vertiente más emocional que la banda ha ido desarrollando con el tiempo, con una construcción que va creciendo poco a poco hasta desembocar en un estribillo pensado para ser coreado. En el segundo, la tensión rítmica y la pegada guitarrera muestran el lado más incisivo del grupo, pero sin renunciar en ningún momento al peso de la melodía. Son dos caras de una misma moneda y funcionan como puerta de entrada perfecta.
A partir de ahí, el disco se abre y deja ver todas sus capas. “El futuro” y “Otra vida” se sitúan en esa línea de heavy metal melódico de vocación épica que tan bien manejan, con desarrollos que permiten que las melodías respiren y con un trabajo vocal especialmente cuidado. En ambos temas hay una sensación de crecimiento interno que los convierte en canciones que ganan con cada escucha, alejándose de la inmediatez para apostar por el poso. “Corazón y cuerpo” refuerza esa idea, con un enfoque donde la interpretación vocal lleva el peso emocional y donde la instrumentación acompaña con inteligencia, sin saturar el espacio.
“Grita” aporta uno de los momentos más directos del conjunto, con un enfoque claramente orientado al directo y con ese tipo de estribillo que funciona como punto de conexión inmediato con el oyente. Es, además, uno de los ejemplos más claros de cómo la banda ha aprendido a manejar las dinámicas internas de los temas, jugando con las intensidades para evitar la linealidad.
Dentro de ese primer bloque, “El muro” introduce un matiz especialmente interesante. Su aire hardrockero no solo aporta variedad, sino que conecta con una tradición muy concreta del género sin caer en la nostalgia ni en el homenaje explícito. Es un tema que entra con facilidad, pero que está lleno de detalles en el trabajo de guitarras y en la base rítmica, y que demuestra hasta qué punto la banda se mueve con comodidad en registros distintos sin perder su identidad.
El segundo disco añade otra dimensión al conjunto, empezando por la presencia más consciente del inglés en varios cortes. No suena forzado ni responde a una estrategia artificial, sino que encaja con esa evolución natural que el grupo ha ido experimentando. “The Curse”, “Race to the Core” o “Hayley Is the Answer” muestran esa apertura sin que se diluya el carácter de Nurcry, mientras que “Nuclear Goodbye” se convierte en uno de los puntos culminantes del álbum, combinando contundencia, desarrollo melódico y una proyección que va más allá del ámbito estrictamente nacional.
En ese mismo bloque, aparece “El guardián del equilibrio”, un título que casi podría funcionar como resumen conceptual del disco. Porque si algo define ‘IV’ es precisamente esa capacidad para moverse entre extremos sin perder el centro: lo emocional y lo combativo, lo introspectivo y lo exterior, la épica y la inmediatez. Esa dualidad que también está presente en el apartado gráfico (esa imaginería del caballo alado avanzando entre dos mundos) tiene un reflejo directo en lo musical.
A nivel lírico, el disco mantiene esa mezcla de autoafirmación, mirada crítica al entorno y tono vitalista que ya formaba parte del lenguaje del grupo. No hay un concepto cerrado ni un hilo argumental único, y eso juega a favor del resultado, porque transmite una sensación de honestidad muy clara. Las canciones parecen escritas desde el momento vital de quienes las firman, sin responder a una idea preconcebida, y eso se traduce en interpretaciones especialmente creíbles.
Uno de los grandes aciertos del álbum es que, pese a su duración, no genera fatiga en la escucha. La secuenciación está pensada para que haya un flujo constante de intensidades y para que cada tema encuentre su espacio. Es un disco largo, sí, pero no pesado. De hecho, con el paso de las escuchas se aprecia cada vez más el cuidado que hay en los detalles: los arreglos de guitarras, los cambios de dinámica, las líneas vocales, los pequeños matices que evitan la repetición de fórmulas.
Después de sumergirse en él durante tiempo, la sensación que queda es la de estar ante el trabajo más importante de la carrera de Nurcry hasta la fecha. No solo por su dimensión, sino porque es el que mejor refleja quiénes son ahora mismo. Es un disco que suena a presente y que, al mismo tiempo, abre puertas de cara al futuro. Un álbum que confirma que la banda ha dejado atrás definitivamente la fase de proyecto para convertirse en una realidad sólida, con un lenguaje propio y con la capacidad de moverse con naturalidad dentro de un género donde cada vez resulta más difícil encontrar personalidad.
‘IV’ no es un disco para escuchar una vez y pasar al siguiente; es un trabajo que pide tiempo, que crece con las escuchas y que recompensa la atención. Y eso, en el momento actual, es probablemente uno de los mayores elogios que se le puede hacer a un álbum de heavy metal.
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