Hay discos que llegan en el momento adecuado, en el que el mundo parece a punto de irse a tomar por saco y la mayoría de líderes rinden pleitesía a un tirano que bombardea países a su antojo y ejecuta personas en plena calle. Menos mal que el espíritu crítico todavía pervive en unas pequeñas almas que la férrea censura de redes sociales no ha conseguido doblegar ni tampoco ese borreguismo imperante que sigue marginando al diferente como en tiempos de la Inquisición. Luego nos venden que si la sociedad libre y tal cuando aún continúa en vigor esa infame Ley Mordaza que persigue la libertad de expresión.
Para los no abducidos por el móvil y otros instrumentos de control social, he aquí un soplo de aire fresco, que suelta verdades como puños sobre diversos aspectos de la existencia contemporánea, como esa crisis de la vivienda que ningún político arregla o esa tendencia a la polarización que elimina los tonos grises y convierte todo en un universo de buenos y malos. Este álbum es como un programa nuclear en clave punk rock del compositor, guitarrista, productor y letrista Carlos González Peñalba para plantar cara al sistema.
No se anda con medias tintas desde el comienzo con “Tutorial para tragar”, una feroz crítica a esos vídeos que pululan por la red que nos dicen cómo hacer cualquier cosa, aunque existan materias que no se puedan explicar de manera sencilla. Un grito de guerra necesario contra el pensamiento gregario, un auténtico cáncer social. “Rojos vs azules” denuncia la farsa de ese bipartidismo que para los temas relevantes siempre consigue ponerse de acuerdo, un régimen en el que acaban ganando los mismos. Ese teatrillo también es el blanco de “Un día cada cuatro años”, acerca de esas falsas decisiones que nos dejan tomar los de arriba.
Quizás alguien opine que este posicionamiento es ideológico, pero nada más lejos de la realidad, puesto que no se ataca a un bando concreto, sino “al juego entero”, como se señala en su web. Un ejemplo de esta intención de no casarse con nadie sobresale en “El trabajo te hará libre”, sobre esa rueda de hámster que a veces podría considerarse una especie de esclavitud, así como los múltiples engaños para que la productividad no se resienta lo más mínimo.
“Nunca fue para nosotros” pone el énfasis en esa generación perdida que vivirá peor que sus padres con la precariedad por bandera, mientras que “400.000” lanza los dardos contra los vividores a costa del erario público. Parece mentira que todavía no se haya conseguido meter mano a un concepto tan indecente y burla para la clase trabajadora como las llamadas “puertas giratorias” y los enchufismos inherentes al ejercicio político. Del Congreso a Repsol o Iberdrola y tiro porque me toca.
“Dictadura maquillada” subraya lo importante que resulta controlar el relato y cómo los medios en ocasiones guían hacia el pensamiento “correcto”, ese que no preocupa al poder. “No hay terreno neutral” e “Hijos del Estado” abordan los múltiples mecanismos que utilizan los de arriba para mantener a la población sumisa y alienada, sin dar demasiados problemas. El colofón de esa actitud ya lo vimos en la pandemia cuando la multitud abrazó los toques de queda que se utilizaban en cualquier dictadura o intento de golpe de Estado.
“Come plástico” censura el negocio de la industria alimentaria, no creo que existen muchas canciones que se atrevan a tratar dicho asunto, por lo que bravo por el coraje. “No nos van a romper” es un auténtico himno para la insurrección, para demostrar que el valor de la resistencia nunca se perderá, al igual que “Seguimos aquí”, un cántico final para enardecer los corazones y mirar al frente con orgullo.
Supongo que los malintencionados de siempre intentarán desacreditar el potente mensaje que trasmite este disco vinculándolo con la extrema derecha o un disparate similar, pero lo cierto es que en realidad habla de humanidad, de valores supremos que deberían estar por encima de cualquier tipo de oportunidad política. Si alguna vez sentiste que nadabas a contracorriente, he aquí un bálsamo que te hará compañía y certificará que los espíritus libres abundan más de lo que imaginas.
El punk me salvó la vida y el hard rock siempre ocupó un lugar especial en el corazón, al igual que el rock gótico, pero nunca me he cerrado a otros géneros. Cual buscador de oro en el lejano Oeste, agito mi peculiar colador para quedarme con aquello que particularmente llame la atención o sobresalga del resto de propuestas, pues creo con firmeza en la vieja máxima de que de todo se puede aprender, o sacar algo de provecho, como decían los antiguos.
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