Cinco años de espera que han merecido la pena, ‘Engines of Demolition’, el nuevo disco de Black Label Society cubre con creces las expectativas con un nivel de profundidad compositiva de Zakk Wylde que no veíamos desde ‘The Blessed Hellride’. El guerrero impetuoso ha impregnado a este nuevo trabajo un halo de luto por la enorme pérdida de su valedor, Ozzy Osbourne, al que dedica el último corte del redondo, “Ozzy’s Song”, una despedida necesaria como clímax de estos 13 temas que resuenan aún con rabia en mi memoria.
El álbum abre con “Name in Blood”, un tremendo ejercicio de groove metal que nos devuelve el olor a rueda quemada con el que nació el espíritu de la banda, que se ha servido de Jeff Fabb y JD DeServio para hacernos olvidar que su aportación en ‘Doom Crew Inc.’ no fue lo más destacable de su carrera. Si Ozzy se quejó en su día de que estaban empezando a parecerse a BLS, ahora es justo, al contrario, con matices, por supuesto, porque el sonido de los de Wylde tiene particularidades que no se encuentran en los cánones del padrino del Heavy Metal.
El disco respira y se apoya en medios tiempos gigantes como “Back To Me”, “Better Days & Wiser Times” y la nombrada dedicatoria a Ozzy. Quizás su voz ha tornado a más auténtica, rota y personal, gracias al cambio lírico, en el que ya no encontramos metáforas de vikingos de manual, sino una reflexión más profunda ante su recién adquirida orfandad artística. Vulnerable y prolífico es hoy Zakk, que ha pasado de la velocidad como objetivo a un punto medio que no desentona en su trayectoria.
Solos marca de la casa, como el de “Lord Humungus”, “The Gallows” o “Gatherer of Souls”, lo dejan todo hecho un lodazal de genialidad. Se trata de un disco que no se agota, salta de la violencia controlada por riffs a la calidez de su etapa en Pride & Glory, con esos tintes de country sureño pasados por el filtro del fuzz. ‘Engines of Demolition’ se nutre del metal, pero también investiga en el blues-rock como si fuera un paso natural que dar; a diferencia de los discos anteriores en los que la fórmula riff, solo y estribillo parecía más predecible, aquí juega con estructuras más sabrosas sin que ese trío ganador desaparezca del todo.
Con este trabajo nos dejan un gran sabor de boca, pero también con la nostalgia de un Ozzy que ha querido saltar a la mente de Wylde para impregnar de sabiduría la evolución de Black Label Society. Posiblemente nos encontremos ante uno de los mejores discos de su carrera, el tiempo dictará sentencia, mientras, nosotros disfrutaremos de una experiencia que crece con cada escucha.
El veneno del rock me da la vida. Defensor de las bandas que se dejan la piel en la carretera, amante de los vinilos y las Stratocaster. Si escuchas una descarga de decibelios, lo más probable es que yo ande a escasos centímetros de los amplis, si no estás, deja que te lo cuente.

