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LA BASTARD: LA FIESTA DEL PIJAMA

12 septiembre, 2014 12:09 pm Publicado por 
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La BastardKafe Antzokia, Bilbao

El género del surf rock instrumental nunca ha vuelto a ser el mismo desde que irrumpiera ‘Pulp Fiction’. Lo que antaño fuera un refugio de sibaritas pasó a convertirse en algo intrínseco a la cultura popular que el personal relaciona de inmediato con Tarantino, como si lo hubiera inventado él. Las seis cuerdas reverberantes de Dick Dale y su “Misirlou” perdieron para siempre la inocencia y casi resulta imposible escuchar esas notas sin evocar chicas con flequillos extendiendo a la altura de los ojos los dedos índice y medio a la par que se contonean sugerentemente.

Del llamado ‘rey de la guitarra surfera’ han tomado mucho los australianos La Bastard, en especial de esos arrebatos inmisericordes que se pasean con saña por el mástil, así como del histrionismo de The Cramps, la energía del punk o el tradicionalismo del rockabilly. Varias décadas unidas por el denominador común del desenfreno y con la única vocación de transformar los recintos en espontáneas pistas de baile.

Propuestas de semejante calibre no suceden todos los días, pero lo cierto es que a tenor de la escasa asistencia tampoco es que pareciera existir demasiada curiosidad al respecto. Es lo de siempre, hay postureo en todas las escenas, si viene por ejemplo Imelda May agota entradas, pese a que la voz de la cantante de esa noche tampoco tenga nada que envidiar, en cambio, no llegaron a las veinte personas los que se animaron a disfrutar de una banda versátil como pocas, que por lógica debería interesar al público de la irlandesa de mechón oxigenado.

Por suerte, quedaba algún que otro tupé auténtico por ahí al margen de las modas y también se vieron faldas de leopardo a conjunto con zapatos. Era un concierto de esos íntimos, tanto que hasta los propios músicos te acosaban, no pedían la participación de los asistentes, directamente la iban a buscar, resultaba complicado mantenerse en el papel de mero espectador de infantería.

Otro aspecto que conviene destacar es la ausencia de teloneros, máxime cuando existen por la zona combos que hubieran encajado como un guante en la velada, caso de los virtuosos surferos The Longboards, pensando así a bote pronto. Pero hay que repetirlo una y otra vez, es en estos dificultosos lances donde se distingue a los profesionales de verdad, los que se entregan pese a las escasas almas congregadas y no te dejan en la estacada.

Con unos leves minutos de retraso sobre la hora prevista, La Bastard no esperaron a ver si se animaba alguien más, como hacen los timoratos, y se liaron la manta a la cabeza desde el principio con el aire vintage de “Beating Down”, muy en la línea del “I’ve Told Every Little Star” de Linda Scott, que muchos recordarán por esa poderosa escena de ‘Mulholland Drive’ del maestro David Lynch. La escenografía en cuanto a elegancia no distaba demasiado, pues la vocalista Anna Lienhop iba con floreado vestido beige separado por banda negra y zapatitos blancos a juego, casi de casa de muñecas.

Quizás por esa timidez característica del terruño nadie osaba acercarse a ellos, excepto los que tiraban fotos, claro, así que optaron por romper barreras imaginarias de cuajo. El guitarrista se recorrió la sala de arriba abajo, literalmente, yendo hasta el fondo y luego subiendo al segundo piso, pegándose unas carreras de impresión, a veces uno pensaba que pasaba más tiempo fuera de las tablas que dentro. Se arrodillaba sin reparo ante cualquiera que encontraba, de hecho, hasta el tipo de la mesa de sonido le siguió el juego, y algunos hasta le ofrecían remojar el gaznate vertiendo directamente el líquido sobre su garganta. Muy jarto.

Pero donde ya echaban el resto era en esos intervalos de surf rock instrumental en los que el hacha y el bajista acaparaban toda la atención, como si fuera un duelo a pleno sol entre ambos. Arrodillados, mirándose a los ojos, a punto de desenfundar, guardaban las distancias creando una atmósfera sobrecogedora. Y así de repente, pegaban un salto y se plantaban ahí en medio del público, en una suerte de invasión del espacio vital particular. No se cortaban.

El único inconveniente para que pudieran explayarse en el repertorio fueron sus escasos dos álbumes, porque por ganas no sería. Cubrieron bastantes flancos para lo habitual en estilo, desde el poso nostálgico a lo Nancy Sinatra de “So You Wrote Me A Letter” hasta el bailoteo rockabilly de “It’s Not Like I’m Telling a Lie”, sin olvidar el furor garagero de “Sierra Dance” o el blues de copa y puro en plan Fletwood Mac de “Call of the Wild”. Un combinado que en ningún momento se tornó empalagoso.

Como hemos dicho, la interacción era parte fundamental en su bolo, así que la cantante tampoco se cortó a la hora de bajar las escaleras y pasearse por el recinto chasqueando dedos y preguntando el nombre a los asistentes, que cabeceaban ligeramente con aprobación. Los pies se movieron con ímpetu en “Running Out Of Time” y en “This Town Is Dead” dejaron alto el pabellón con una velocidad que favoreció las cabriolas del guitarrista y el bajista, ni la cima de los bafles esquivó su furor explorador.

La reducida parroquia se cortó en un principio para pedir bises, pero los cánticos consiguieron traspasar la frontera de lo audible. Volvieron con una de esas piezas relajadas que permiten a la vocalista brillar con la intensidad de divas vetustas antes de que concatenaran con el clásico “I Put A Spell On You” de Screamin’ Jay Hawkins, en una interpretación majestuosa desde la tarima improvisada de uno de los altavoces.

Aquello fue un evento con la familiaridad de una fiesta del pijama, unas pocas personas reunidas, que lo mismo cabrían en una habitación de casa, donde no hubiera desentonado ver almohadas, prendas de ositos y de otros colores estrambóticos. Un clima de confianza en el que se pueden permitir ciertas licencias, pero sin perder un mínimo de dignidad. El encanto de lo hogareño.

Texto y foto: Alfredo Villaescusa

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