Madness Live!

Crónica del Bilbao BBK Live 2017: Organización impecable

11 julio, 2017 6:07 pm Publicado por 
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Kobetamendi, Bilbao

Quizás uno sea demasiado exquisito, pero no puede evitar simpatizar con los eventos en los que la música cobra un papel fundamental y no se convierte en un andamiaje más de ese sistema capitalista en el que todo vale para que siga el espectáculo, incluso aunque suceda alguna tragedia. Todo un placer encontrar un lugar, ya sea en una esquina o al frente del escenario, en el que la gente deje por un instante de hacer el chorra con los móviles y se entregue a aquelarres eléctricos en los que se recitan canciones a pleno pulmón y se establece una inefable hermandad entre los congregados mucho mayor que en cualquier iglesia o partido político donde los puñales anidan en cuanto te das la vuelta.

Público-Bilbao-BBK-Live-2017Ojalá ese ambiente se reprodujera en cada festival de la península en un mundo idílico en el que cada cual siempre consiguiera lo que quisiera y no hubiera que comerse la cabeza con mierdas. Ese no es el caso del BBK Live, que desde hace varios años se ha convertido en un escaparate, un parque de atracciones al que se acude a desparramar, a hablar en círculo con los colegas mientras de fondo suenan conciertos o a la noble tarea de pillar cacho, no eran pocas las féminas que caminaban por ahí con los pezones en ristre, hecho que dificultaba en ocasiones sobremanera la atención de los críticos musicales. La pregunta de “¿Quién toca ahora?” era una especie de santo y seña de la ignorancia para desenvolverse con soltura entre un paisanaje guiri y autóctono que solo reaccionaba cuando se escuchaban los tres o cuatro temas de siempre.

Respecto a la organización, una vez más fue impecable, un ejemplo que deberían copiar otras promotoras que tratan a su público como ganado. La utopía de los baños limpios a casi cualquier hora se consiguió, al igual que en el Azkena, y el sistema de evacuación se demostró altamente eficaz a la hora de trasladar a más de 30.000 personas por día, apenas esperamos cola en ningún momento. Y el sistema de pago previo cashless es cómodo, aunque a veces uno tenga la sensación de que, como en los casinos, la banca siempre gana, con todos esos remanentes de saldo que no merece la pena recuperar dada la comisión que cobra luego la entidad bancaria.

En el plantel estelar en esta ocasión hubo de todo, grupos de masas tipo Depeche Mode o The Killers, exquisiteces para sibaritas como el post rock de Explosions In The Sky, inmejorables propuestas para viejunos del calibre del ex The Beach Boys Brian Wilson e incluso una vena post punk representada con creces por los madrileños Biznaga y los locales Vulk. Y no nos podemos olvidar de esos infumables artistas indies de relleno que convertían las horas muertas en un verdadero suplicio. He aquí lo que nos dio de sí la aventura.

La pegada de John Bonham

Con la amenaza de lluvia pendiente sobre nuestras cabezas nos apresuramos a emprender la subida a Cobetas para catar a los nuevaoleros euskaldunes Zazkel, cuyo sonido bebe a paladas de Blondie y otras luminarias ochenteras. Muy pocos madrugadores había por entonces en el recinto, pero los cuatro gatos que andaban por ahí ya lo estaban dando todo hasta el punto de que incluso pidieron bises, deseo que no se materializó, tal vez por el ajustado tiempo de las primeras bandas, por lo menos regresaron para saludar, eso sí.

Muchas ganas teníamos por ver a Rufus T. Firefly y su peculiar conglomerado de psicodelia setentera, rock alternativo, electrónica o indie patrio que la mayoría de los asistentes ni conocían. Las gratas sensaciones causadas por su soberbio disco ‘Magnolia’, de lo mejor del año desde ya, se confirmaron en directo con el avasallador ímpetu en directo de su batería Julia, que alternaba con notable solvencia lo orgánico con lo sintético, y su muy competente vocalista y guitarrista Víctor Cabezuelo, que reprodujo al milímetro lo que puede escucharse en estudio.

Al apiñarse todos en una parte del escenario, pensamos que quizás lucirían más en salas que en grandes recintos, pero el viaje astral iniciado con “Tsukamori” a bordo de “El Halcón Milenario” no defraudó lo más mínimo, con momentos de poner pelos de punta, pese a las abundantes cotorras, en “Pulp Fiction” o ese “hueco para el amor” que reservaron en su monumental “Nebulosa Jade”, que cuenta con frases para derretir a cualquier melómano como lo de “eres la pegada de John Bonham” antes de fundirse en un estruendoso golpe de batería. Inmensos. Pura emoción a flor de piel. Que vuelvan cuanto antes. Son “un puto milagro”.

El rollo a lo The Strokes de Circa Waves no tenía mala pinta, pero prácticamente coincidían con Vulk, grandes promesas del post punk local que por la masa y el entusiasmo congregado podrían haber tocado en uno de los enclaves principales. Con muchas féminas con pinta de interesantes y un nutrido personal de otras bandas de la escena como Cris y Josu de Belako o la chica de Leun, entre muchos otros, estos émulos de Joy Division dieron un bolazo de los que se recordará en el BBK Live, con la peña montando pogos casi a cada cambio de ritmo y su vocalista fiel a su estilo epatante y provocador. Con mirada desafiante y sin pronunciar palabra alguna, no dudó en cantar durante un rato a espaldas del respetable como The Jesus & Mary Chain en sus inicios y “Sure Drop” nos dejó irremediablemente a todos con ganas de más. Ya no hay nada que se les resista.

El indie rock versátil con momentos a lo The Hives de los yanquis Cage The Elephant no aminoró tampoco el subidón, con unos cuantos emocionados enarbolando la bandera norteamericana que añadieron color al asunto. Y en el escenario de la entrada tenían su punto asimismo los guaperas de Sundara Karma con su rock épico en la onda de Arcade Fire o The Killers, con piezas muy decentes como la homónima “A Young Understanding” o “Vivienne”, que les emparenta con U2 o Glasvegas. Muy decentes.

Y quizás esto se nos salga ya un poco del tiesto, pero un servidor, fan absoluto de féminas raras y artistas freak, no pudo pasar la ocasión de acercarse hasta la carpa para levitar con la electrónica onírica cercana al darkwave de Austra, nombre bajo el que se esconde la colaboración entre las canadienses Katie Stelmanis y Maya Postepski y que en directo cuenta con una banda orgánica con todas las de la ley. Algunos ignorantes, confundidos por el aire synth pop, levantaban las manos como si estuvieran en la Fabrik, pero su minimalismo nada tenía que ver con el hedonismo de discotecas, sino que era pura delicadeza a lo Kate Bush, con una vocalista con vestido rosa y moviéndose como una princesita, aunque también agitara la melena rubia en un tema cercano al rock industrial. La banda sonora de los sueños.

El Steven Tyler de la electrónica

Que a un tipo que haya superado un cáncer, múltiples adicciones y hasta varias paradas cardiorrespiratorias debido el abuso de drogas le veas ahí vivito y coleando encima de un escenario no deja de ser un milagro. Eso es lo que sucede con Dave Gahan de Depeche Mode, cuyos médicos le otorgaron el apodo de “el gato” gracias a salir ileso unas cuantas veces de sus coqueteos con la parca. Nadie lo hubiera dicho al contemplar al vocalista pletórico clavando los tonos sin apenas mácula desde “Going Backwards” de su reciente ‘Spirit’, al tiempo que se recorre las tablas cargado con el micro a la espalda o dando vueltas de peonza. Un tipo al que la palabra frontman se le queda hasta corta.

Depeche-Mode-BBK-Live-2017

Depeche Mode

Porque al final lo del rock es una cuestión de simple actitud, aunque por allí hubiera sintetizadores, se escucharon guitarras chirriantes en “Barrel Of A Gun” y la batería atronaba como si aquello fuera lo más cañero del mundo, de hecho, en “A Pain That I’m Used To”, con su ritmo cadencioso, parecían hasta los Rolling Stones. Los definen como synth pop, pero es evidente que su concepto de los conciertos es puro rock, del de las grandes estrellas, grandilocuente y provocador como cuando Gahan se agarra la entrepierna. Y no cesan de adentrarse en los rincones sórdidos del alma humana con “In Your Room” mientras se proyectan por las pantallas imágenes de medias de rejilla y de una pareja con tensión sexual.

La magistral interpretación de Martin Gore de “Somebody” quedó deslucida por las consabidas cotorras que hablan cuando no conocen algo, eso sí, en cuanto escuchaban pum pum no dudaban en exclamar: “¡Qué temazo!”. La inconfundible intro de “Everything Counts” elevó los ánimos mientras la batería humana retumbaba como nunca imaginaríamos en un concierto de electrónica al uso y confirmaba que sus clásicos siguen plenamente vigentes en el siglo XXI.

Bordaron la sintética “Stripped” y “Enjoy The Silence” fue el momento para echar cal viva, cuando por fin se callaron los que no tienen ni puta idea de la trayectoria del grupo, nos obsequiaron además con una versión moderna, muy para levantar las manos mientras Gahan se pavoneaba. Menos mal que no tardaron en arreglarlo con su inmortal “Never Let Me Down Again” con más agallas que nunca y riffs de infarto.

La espera antes de los bises sirvió para constatar el nivel intelectual de algunos lumbreras que había por ahí y gritaban cosas como “¡BBK, puta biblioteca!”, ese era el nivel. Regresó Martin con ese “Home” de poso soul que siempre emociona en las distancias cortas e insuflaron mayor intensidad hipnótica en “Walking In My Shoes”. Si a alguno le quedaban dudas de su actitud rockera, las despejarían con el riff casi metálico envuelto en distorsión abrasiva de “I Feel You” y en “Personal Jesus” muchos nos acordaríamos de la potente versión de Marilyn Manson.

Tal vez molaran más en su anterior visita a Cobetas porque faltaron temazos como “Strange Love” o “Policy Of Truth”, pero por lo menos nos libramos de escuchar la ponzoñosa y comercialoide “Just Can’t Get Enough”. Siguen siendo unos colosos totales y Dave Gahan es el Steven Tyler de la electrónica, uno de los mejores vocalistas que se pueden contemplar hoy en día sobre un escenario. Que no os engañen, son puro rock. Cualquiera que los haya visto en directo lo sabe.

Y el cielo explosionó…

En esta edición parecía existir una especie de confabulación para situar los bolos más apabullantes a primera hora. Eso pensamos en la segunda jornada al acudir presto a la carpa para pillar algo de Empty Files, ganadores del concurso de maquetas de la emisora Gaztea y que han conseguido labrarse cierto nombre por la zona gracias a su contundente mezcla de rock industrial a lo NIN y electrónica tenebrosa. Podrá parecer una exageración, pero no tienen absolutamente nada que envidiar a Trent Reznor y compañía con sus guitarras chirriantes que cortan la atmósfera, una serena voz apocalíptica y unos sintetizadores que no restan un ápice de fuerza a su propuesta, sino que envuelven todo en un hipnótico manto oscuro. Ganas de catarles en una sala. De otra dimensión.

Un poco inquietante resultó que se tiraran un buen rato pinchando en bucle el “I’m Not In love” de 10cc hasta el punto de desear cortarnos las venas antes del bolo de The Amazons, pero moló al final su rock alternativo con garra para FMs. No dejaban de tener cierto componente aseado a lo Stereophonics, aunque combinaban con acierto el guitarreo con la melodía y su cantante pelirrojo agitó la melena y se revolcó por el suelo como un dios del rock. Los medios ingleses hablan de ellos con frecuencia como banda revelación, y por lo que comprobamos, los motivos para encumbrarles están más que justificados.

Explosions-In-The-Sky-BBK-Live-2017

Explosions In The Sky

En tierra de nadie permanecía el post rock instrumental de Explosions In The Sky, que pudo convertirse en determinados lugares en el paraíso de las cotorras, aunque algunos para diferenciarse del resto de infraseres cerraban los ojos y se movían como abducidos. No era para menos con delicados punteos que iban subiendo en intensidad y alcanzaban cotas emocionales dignas del ‘Disintegration’ de The Cure, fue tan bonito como un enamoramiento a los 15 años.

Pero ya se sabe, la miel no está hecha para la boca del asno, y para las subespecies menos, hubo que soportar bellas melodías de reconciliarse con el mundo y apuntarse a una ONG con un molesto ruido de moscones de fondo que no se podían ir a mamarla por ahí. El final de proporciones estratosféricas con rasgueo inmisericorde de guitarras desencadenó una ovación estruendosa entre los que valoraban la música de verdad. Precioso.

Fleet Foxes parecían otro de esos grupos de relleno con un insulso indie folk aburrido hasta la extenuación y la explosión del cielo en forma de lluvia nos obligó a aguantar en la carpa a Jens Lekman, el llamado “Morrissey sueco” de manera bastante gratuita, con un repertorio tan tranquilo que pudo dormir a las ovejas. Ahí las cotorras se hicieron fuertes, evidentemente, y echaron una especie de pulso al artista, que no dudó en pedir silencio y empezar un tema por segunda vez diciendo “Quiero tocar la puta canción”. A la mierda las buenas formas.

Si la actitud de Depeche Mode la víspera había sido la de un grupo de rock con todas las letras, lo de The Killers fue puro pop, convencional hasta la náusea y con un repertorio pensado para mover las manos de lado a lado y aborregarse por completo. Tras una intro pomposa, “Mr. Brightside” sirvió de gancho para que la audiencia se entregara a los coros facilones y aquello se transformara en delirio absoluto con su éxito “Somebody Told Me”.

“Bilbaínos y bilbaínas, esta noche somos vuestros”, se presentaba un Brandon Flowers con aire de dandy a lo Bryan Ferry y que en directo cantaba bastante menos que en disco. No mintieron sobre sus intenciones, pues se ofrecieron por completo, o más bien se prostituyeron, a los designios del respetable, con un menú al gusto de esa mayoría que habría que ver cuando escucha al grupo en su casa. “¡Qué guapo! ¿No?” soltaban las chicas en los momentos en los que aparecía Flowers por la pantalla y muchas tal vez se creyeran las palabras de “The Way It Was” y soñaran con un galán que recuperara el tiempo perdido.

Recuperaron el poso new wave de los inicios con “Smile Like You Mean It”, pese a que hubiera que intuir el sintetizador que da gracia al tema y se metieron de lleno en el terreno de Talking Heads con su reciente single “The Man”, con rollito funky y coros de negras, quizás de lo mejor de la noche por su aire al “Fascination” de David Bowie. La ilusión duró poco, pues no tardaron en venderse a las masas con ese ponzoñoso “Human”, que es tan comercialoide como el “Just Can’t Get Enough” de Depeche Mode. Para correr. Y para denunciar ante la Audiencia Nacional sería su estropicio del “Shadowplay” de Joy Division. Ian Curtis se volvería a suicidar.

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The Killers

Siguieron con piezas desprovistas de garra como “For Reasons Unknown” o “Read My Mind” y levantaron ligeramente con la épica a lo Springsteen de “Runaways”. El colofón llegó con “All These Things That I’ve Done” cuando mandaron levantar las manos, sería por el atraco de concierto, porque ni siquiera salvaron los bises con el pop baboso de “Shot At The Night” y un “When We Were Young” que pillaba ya a los fans del rock aburridos.

Era de risa leer las crónicas de los medios generalistas al día siguiente y ver cómo hablaban de un recital antológico en el que no faltaron “todos sus éxitos”, igual que si los estuvieran escuchando a destajo. Evidentemente, vivimos en mundos paralelos.

Mi opinión de mierda

Royal-Blood-BBK-Live-2017

Royal Blood

La noche la salvaron el glamouroso dúo de moda Royal Blood, que esos sí que exhalaron rock por doquier, con ritmos sensuales de los que ponen a las hembras a contonearse y encima después de que sonara por los altavoces una versión del “Down In Mexico” de The Coasters, uno de los temas con más clase del universo y que los cinéfilos asociarán de inmediato al bailecito de Vanessa Ferlito ante el imperturbable Kurt Russell en ‘Death Proof’.

Con una puesta en escena espectacular, consistente en un fondo plagado de luces, apelaron a los principios básicos haciendo el molinillo a lo Pete Townshend y demostraron poder mirar de tú a tú a The White Stripes o The Black Keys, que se deberían poner las pilas si no quieren que les coman la tostada. Porque tienen actitud, temazos impepinables como “Lights Out”, “I Only Lie When I Love You” o ese “Figure It Out” en el que sobresale ese peculiar sonido marca de la casa híbrido entre guitarra y bajo. Tremendos, se merecen llenar pabellones. Música de garito para masas.

¿Puede existir algo más antisistema que plantarse en medio de un escenario completamente inmóvil, con los brazos pegados al cuerpo y recitar una canción tras otra como un papagayo? Pues eso es lo que hace en cada bolo Ariadna de Los Punsetes, que además suele diseñar trajes especiales para cada ocasión, como el de aquella noche, una especie de kimono con hombreras gigantescas que podría haberse utilizado tranquilamente en alguna saga de ‘Star Wars’.

Estos herederos del gamberrismo de Kaka de Luxe se ríen de todo y de todos y ese cachondeo se palpaba entre la multitud con varios gritando “UPyD” o vestidos con gorras de hélices y colores chillones. Uno no está acostumbrado a recitales que comiencen con frases tan certeras como “Que le den por culo a tus amigos” o a que los jóvenes coreen emocionados a pleno pulmón estribillos como el de “Opinión de mierda”, que consagra el inalienable derecho a expresarse en las redes sociales. Odiados por muchos que no entienden de qué va su rollo, se acercaron al post punk en “Camino”, bordearon el gothic rock en “Estrella distante” y se acordaron de los músicos pesados en “Tu puto grupo”, todo ello antes de incitar a cortarse en las venas en “Maricas” con su aire a lo The Cure y su impagable letra que se descojona del malditismo gratuito. Hacía falta irreverencia en un entorno tan políticamente correcto. Queremos formar parte ya de su ingente colectivo, “gente que ya no trabaja ni en laborables ni en festivos”.

Demolición junto a la playa

Tras alcanzar la espectacular marca de 40.000 personas la jornada anterior, los que pensaban que en esta edición no había ningún artista con suficiente gancho optarían por enmudecer, porque el sábado se volvió a registrar una afluencia casi similar. La lluvia jodió la marrana una vez más y tuvimos que refugiarnos un rato considerable en la carpa de prensa hasta que escampara, ahí se estaba bien, la verdad, no te mojabas y además veías los conciertos de los escenarios principales por las pantallas. Echamos de menos algún otro refrigerio aparte de agua para las ranas, aunque quizás pueda deberse a que en la época contemporánea las bebidas azucaradas se han convertido en el nuevo anticristo.

Madrugamos para catar el garaje sucio y ruidoso desde “el Reino de Aragón” de Los Bengala, que suenan tan macarras como The Cramps y tan cafres como los históricos Los Saicos. Perfectos para desperezar a machos y hembras, como a esa chica entre rubia y pelirroja que movía los hombros y la coleta de forma sexy. No era para menos, puesto que su repertorio apelaba a los instintos primarios, a beber, fumar y follar, como dejan patente en la rabia casi punk de “No hay amor sin dolor”. Ya les habíamos visto también en el garito La Nube y estos te montan el fiestón donde sea. Garantía absoluta. Los angelinos Saint Motel se nos antojaron otra más de esas ponzoñas indies para guiris, así que con cierta curiosidad acudimos a la carpa para ver qué había de verdad acerca de los tan cacareados The Parrots. Y las leyendas se tornaron completamente auténticas al comprobar el apabullante potencial de los madrileños en directo, que desbordaron las expectativas con un bolazo con pogos que se extendían a casi todo el recinto, peña volando y féminas con pezones en estado de alerta, algunas incluso bailando espalda contra espalda los ritmos garajeros, si no hubo hasta un “wall of death” poco faltó.

Su hit “No me gustas, te quiero” elevó todavía más los ánimos de la concurrencia, a la que terminaron de rematar con el necesario “Demolición” de Los Saicos, en el que hasta el vocalista acabó surfeando entre la multitud. Pocas bandas son capaces de lograr que el público coma de su mano de semejante manera. Nada que ver con su faceta de estudio. Incendiarios. Costaría recuperarse de su deflagración.

Que al pobre Brian Wilson lo tengan que conducir hasta su teclado y dejarlo ahí aparcado como un mueble da un poco de pena y uno se pregunta cómo consienten Matt Jardine, hijo del histórico Al Jardine que se encarga de las notas vocales más altas, y compañía pasear a un anciano en esas condiciones. Porque el hombre anda de voz muy justito, algo que entraría dentro de lo esperable a unos 75 tacos que han conocido adicciones al LSD y otro tipo de drogas, pero lo bueno es que se encuentra arropado por una compañía inmejorable, entre ellos el otro chico de la playa original Al Jardine, que ese sí que conserva la garganta en plenas facultades, como demostró en la inevitable “I Get Around”.

Primal-Scream-BBK-Live-2017

Primal Scream

Con una bandaza de hasta 10 miembros que bordaba los coros, repasaron en primer lugar clásicos atemporales como “California Girls”, “Don’t Worry Baby”, “Surfer Girl”, el primer tema que compuso, según explicó el propio Wilson, o un emocionante hasta la médula “Help Me Rhonda” entonada por el antaño rubiales Al Jardine. En la segunda parte, como era de esperar, centraron sus esfuerzos en la piedra angular ‘Pet Sounds’, con un “Wouldn’t It Be Nice”, mano a mano entre padre e hijo, la animada “Sloop John B” y ese “God Only Knows” que Wilson definió como “la mejor canción que he escrito nunca”. Pura historia viva de la música que finiquitaron con la obra maestra “Good Vibrations”. Curioso que muchas chicas jóvenes en esos momentos pillaran los móviles y buscaran The Beach Boys en la Wikipedia y comprobaran asombradas que parte de esos señores estaban ahora mismo en el escenario. Da igual que Wilson apenas se tenga en pie, aquello fue una clase magistral en toda regla, la base sobre la que surgieron Ramones, The Jesus & Mary Chain y tantos otros grupos que reverenciamos. Respeto infinito.

Alternamos el shoegaze de tristeza infinita de los americano-japoneses Blonde Redhead, con la aguda voz de la vocalista Kazu Makino imprimiendo atmósferas etéreas y melancolía a borbotones, con el desparrame dance punk de !!!, que montaron su numerito habitual con los movimientos escandalosos de su cantante en pantalón corto. Nunca defrauda su coctelera de post punk, funky, soul, new wave y lo que pillen.

Pasamos de largo del sopor inmisericorde de Two Door Cinema Club para agradecer la presencia de Primal Scream con el rock electrónico con agallas de “Swastika Eyes”, que sonó a gloria entre tanta basura indietrónica. Bobby Gillespie sigue regodeándose en la pose de yonqui tirado y quizás hasta debería pagar cierto canon a Mick Jagger por derechos de autor, porque aparte del aspecto visual, el parecido de muchas composiciones con las Satánicas Majestades es más que evidente, caso de su rompepistas “Rocks” o ese “Movin’ On Up”, cuyo aire tribal rememora sin vergüenza alguna el de “Sympathy For The Devil”.

Su repertorio adoleció de dinamismo en determinados tramos, como cuando alargaron hasta el extremo su “Come Together”, algo nada aconsejable con el personal empapándose en una tormenta de verano, pero por unas cuantas piezas de su catálogo ya merecen cierta atención. El grito lo ahogó la lluvia por momentos.

Todo un acto de resistencia simbolizaba ignorar el postureo electrónico hip-hop de Die Antwoord  y acudir a la llamada de los cuerpos en descomposición de los madrileños Biznaga, que legaron un bolo tan rabioso que si es un perro no deja ni los restos. Con las subespecies ahí botando a escasos metros, apelaron a la música de verdad y a las esencias castizas con su “Cul de Sac” reminiscente de Gabinete Caligari. Pusieron firmes con “Las Brigadas Enfadadas”  y sin tiempo para descansar supuraron bilis en “Jóvenes Ocultos”, antes de reivindicar a Parálisis Permanente con el trallazo “Fiebre”, imposible no pensar en cuchillos y carnicería.

El siniestrismo de “Nigredo” fue recibido con irrintzis y pogos por doquier, y aunque allí al principio estábamos cuatro auténticos, los fieles ya alcanzaban el medio centenar, con algunas chicas bailongas que se unían al jolgorio de las primeras filas. “Máquinas Blandas” se convirtió en un salmo imprescindible para entonar a pleno pulmón y en “Una ciudad cualquiera” hasta levantaron en volandas a un fan. “Mediocridad y Confort” puso la guinda a esta manifestación subversiva a contracorriente. Que se queden los otros con sus sonidos enlatados, nosotros apostamos por las agallas.

Ya decían en “Una nueva época de terror” que “no hay belleza en lo tibio” y eso mismo opinamos de un festival en el que a veces las ganas por agradar a las masas se van de las manos, por lo que conviene no perder la militancia en las Brigadas Enfadadas para poder estar “a cara perro con el personal”. Una falta de comprensión absoluta ante los que “solo quieren ver el mundo arder”. La mecha está lista.

Texto: Alfredo Villaescusa
Fotos: Nerea Ramos

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