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Crónica de Ana Curra + Niños Pájaro: Cuerpo incorrupto

13 marzo, 2017 5:22 pm Publicado por 
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Sala Jimmy Jazz, Vitoria.

A veces suceden los milagros, esas conjunciones planetarias en las que el universo conspira a tu favor y que para que se restablezca el equilibrio deben explotar por algún sitio. No en vano durante la antigüedad los hombres solían mirar al cielo en busca de respuestas y muchos acontecimientos históricos quedaron grabados a fuego en el firmamento en base a la posición de los astros. Quizás el amor, la felicidad o tantas cosas intangibles puedan reducirse en el fondo a una suma de factores, una fría fórmula matemática o una de esas recetas con elaborados ingredientes como las de los gurús de la nouvelle cuisine.

La llegada a Vitoria de ‘El Acto’, la recreación de Ana Curra del mítico álbum de Parálisis Permanente, podría encuadrarse dentro de esas ocasiones especiales que tal vez no vuelvan a repetirse hasta el próximo eclipse solar. Pese a que este réquiem festivo se iniciara en 2012, llevaba un tiempo en dique seco y ahora se ha retomado con repertorio distinto y otra formación que aúna savia nueva con veteranos insustituibles como el bajista original Rafa Balmaseda o el guitarrista César Scappa, que le enseñó a Eduardo Benavente sus primeros acordes cuando compartían filas en Los Escaparates.

Muchos aficionados se acercaron de diversos puntos de la península para rememorar ese disco que cambió el panorama musical y prácticamente supuso el inicio del siniestrismo patrio, una vertiente también representada en la época de La Movida con grupos como Los Monaguillosh o Morticia y los Decrépitos. Un ceremonial que a día de hoy nada tiene de nostálgico, sino más bien de “lágrimas de alegría”, según lo calificó la propia Curra.

A excepción de unos pocos siniestrillos, no parecía palparse por allí demasiado relevo generacional ya con los teloneros Niños Pájaro, proyecto compuesto por Mikel Biffs (Safety Pins), y el inquieto Txarly Usher (Los Carniceros del Norte, Radiocrimen) acompañados en la base rítmica por dos de los bermeanos Sinnerdolls. “Entre Ruinas” o “Que la muerte tenga tu cara” demostraron que es posible ejecutar post punk tenebroso sacado de las catacumbas despojándolo de la naftalina de épocas pasadas y entroncando con la modernidad cold wave que se palpa en otros rincones de Europa.

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Niños Pájaro

Da igual que hablemos de sus discos en solitario o de cualquiera de sus respectivos combos, las letras y la entrega de Txarly en las distancias cortas siguen siendo de otra dimensión, no exageramos lo más mínimo al afirmar que se trata de uno de los vocalistas más grandes que tenemos por estos lares. Auténticos terroristas del microcosmos. Más atentados, por favor.

El 14 de mayo de 1983 no se truncó únicamente la vida de Eduardo Benavente, sino también se sesgó de forma abrupta la posibilidad de contemplar en años futuros el devenir de un genio absoluto capaz de aprender a tocar la batería en un par de semanas, con un carisma escénico impagable y una manera de interpretar que creó escuela hasta nuestros días, no hace falta más que escuchar a los madrileños Biznaga, entre muchos otros. Y que Ana Curra en pleno 2017 reúna las agallas necesarias para que el inmortal repertorio de Parálisis Permanente atruene con la dignidad requerida debería ser un acontecimiento de primer nivel.

Pero al contrario que otros compañeros de generación ávidos del papel cuché, ellos siempre pertenecieron al underground, a ese lado salvaje de la vida que preconizaba Lou Reed. Una intro grandilocuente con ruido de tormenta y niebla precedió a la homónima “El Acto”, el bautismo de iniciación en el rito antes de la confirmación de “Quiero ser tu perro”, que provocó los primeros pogos en la sala.

Con sus características medias negras, minifalda, liguero y maquillaje a lo Siouxsie, Ana se erigió de inmediato en sacerdotisa total de la velada, mostrando un estado de forma pletórico tanto en aspecto físico como a nivel vocal, ya les gustaría a muchos que hoy en día solo pueden ofrecer un sucio y rastrero playback. Hubo cierta polémica en las redes en 2012 cuando algunos desinformados afearon a Curra la decisión de rescatar el legado de Eduardo Benavente, pero aparte de la indiscutible legitimidad para hacerlo, por algo también era parte fundamental del grupo, directos de este calibre justifican más que de sobra esta resurrección.

Aparte del nihilismo que brotaba a borbotones en ‘El Acto’, existía un fuerte componente sexual en piezas tipo “Te gustará”, banda sonora perfecta para los preliminares. Y la urgencia del “Heroes” de Bowie atronó igual que en estudio con esa batería a machamartillo que desprendía pura ambición por lograr de inmediato las cosas. La primera incursión en la trayectoria en solitario de Curra fue “Más”, perteneciente al proyecto paralelo Los Seres Vacíos, al igual que la corrosiva “Ratas”.

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Ana Curra

Un pequeño paréntesis en el que se pudo coger algo de aire antes del himno “Tengo un pasajero”, con Ana golpeando la batería electrónica a modo de fusta.  El epílogo tenebroso “Esa extraña sonrisa” precedió a uno de los momentos álgidos de la liturgia con “Quiero ser santa” y ese teclado fantasmagórico que sigue sacudiendo el espinazo por muchas veces que se escuche. Clásico del gótico absoluto.

Pese a que sonara algo más lenta que la versión original, también agradecimos la inesperada “Pájaros de mal agüero”, otra que debería incluirse en cualquier sesión oscurilla con fuste. “Llevamos mucho tiempo sin hacer ‘El Acto’”, confesó Ana al tiempo que muchos se sonreían por el doble sentido y presentaba “Todo sigue igual”, que contó con la colaboración en escena de una tal Pilar. Y en “Esto No Es” recogió el testigo a la voz el guitarrista César Scappa antes de la comunión total en “Jugando a las cartas”, donde Ana se acercó a los entusiasmados fieles.

Anunciaron que tenían pensado una versión de Cicatriz, pero que como no habían tenido tiempo de ensayarla nos dejaban con el “Adiós Reina Mía” de Eskorbuto, igualmente disfrutable, mucho más rockera que la original y perfecta para elevar las gargantas hasta la estratosfera. No se podrían despedir sin “Unidos”, salmo fundamental en el evangelio del siniestrismo patrio y que un servidor cantó como si le fuera la vida en ello, la de veces que la habremos pinchado o escuchado en garitos del rollo.

La vuelta para los bises deparó otro de esos sucesos curiosos que seguramente solo podrían pasar en un bolo de Ana Curra, que te casquen un intervalo a piano de Chopin, que la diva definió como “un punk de hace siglos”, y acto seguido, sin comerlo ni beberlo, una impepinable “Autosuficiencia” en la que los acólitos casi se peleaban por tocar el micro. Aquello terminaría de desparramarse con “Un día en Texas” y ese inicial redoble de batería que basta para que la cerveza y los ánimos vuelen por los aires. Brutal. Que vuelvan a tocar todo otra vez.

A pesar de que muchos sigan identificando la figura de Ana Curra con el petardeo de La Movida, recitales de semejante envergadura demuestran que ella nunca escogió el camino fácil, el de aparecer haciendo el chorra en televisión o el de codearse con políticas casposas enemigas de la cultura. Al igual que los santos, su cuerpo permanece incorrupto, con la dignidad no solo intacta, sino por las nubes. Una reina legítima para un repertorio inmortal. Santa por derecho propio.

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa

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