Crónica de Travellin’ Brothers: En el nombre del blues

10 enero, 2017 2:13 pm Publicado por 
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Kafe Antzokia, Bilbao.

Existe toda una liturgia en el hecho de tocar en directo en un recinto reducido. Pese a que la prohibición de fumar haya restado bastante magia al asunto, todavía perduran convenciones inmutables en las distancias cortas, ritos que entronizan el oficio y provocan que los fieles alcancen el éxtasis espiritual. Como bien dijo un músico en un bolo que estuvimos la semana pasada, “el rock n’ roll también nació en las iglesias”. Y en los campos de algodón. Y en todos los lugares en los que hubiera algo que contar.

Con marcada vocación de extender la palabra del blues por el mundo nacieron Travellin’ Brothers, sexteto de Leioa (Bizkaia) que busca la inspiración en la ría del Nervión y su carácter industrial. Una voluntad de tirar millas que han certificado con más de 700 conciertos a sus espaldas y una creciente demanda en el extranjero que les ha llevado a pasarse por allí más a menudo que por su casa.

De hecho, su último EP ‘One Day In Norway’ está grabado en Noruega a la antigua usanza, con la banda tocando a la vez y registrando el sonido en una antigua mesa de grabación de los Stax Studios de Memphis, la misma que captara en su día a figuras del calibre de Albert King o Aretha Franklin. La vuelta de los hijos pródigos a la tierra se recibió colgando el cartel de entradas agotadas, una gesta que siempre repiten en el Kafe Antzokia y que ya es una especie de tradición cada año, al igual que los bolos de Sex Museum en Semana Santa.

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Un ambiente eminentemente puretil se palpaba en la sala con familias con hijos y, horror, algunas subespecies de lo peorcito, de esas que creen que los sitios están reservados como en la ópera y no aceptan que ningún desaprensivo perturbe su sagrado campo de visión. Nunca nos cansaremos de denunciar a esta lacra de indeseables que florecen especialmente en los conciertos multitudinarios y que la decencia aconsejaría ponerles un bozal o exiliarlos al gallinero de un teatro, el lugar adecuado para sufrir su tara mental en silencio.

Dejando de lado cualquier incidente desagradable, Travellin’ Brothers se presentaron en un formato básico, esto es, con su alineación habitual sin coro, sección de viento ni otros elementos accesorios. Después de haberles visto en ese mismo escenario con su espectacular Big Band que incluye casi veinte músicos, en un principio nos descolocó la propuesta minimalista, algo que sentimos en concreto en el comienzo en piezas swing tipo “Magnolia Route” o “Creole Queen”, que hubieran quedado apoteósicas con unos buenos vientos estallando en los estribillos.

Pero una vez que uno se metía en su rollo de tugurio humeante, no costaba acompañarles en la travesía, sobre todo si contaban con invitados internacionales tan competentes como el guitarrista norteamericano Alex Schultz, que legó unos solos de blues de quitarse el sombrero, o el no menos virtuoso pianista austríaco Raphael Wressnig, que por sus pintas podría cantar en Depeche Mode. En este sentido, el transalpino hasta se permitió atreverse con alguna composición propia como “Banana Boogaloo”.

Estaba claro que la noche estaría dedicada al blues con mayúsculas, la esencia pura de la banda, por mucho que picoteen en otros géneros como el jazz, el soul o el góspel. Un terreno en el que poder exprimir a tope al invitado Schultz, aunque el inconmensurable vocalista Jon Careaga también robó gran parte del protagonismo al cantar a capella sin micro a lo Joe Cocker en un blues de copa y puro que desató las palmas por doquier. Toda una demostración de poderío que podría haber finiquitado con un “¡Cago en Dios!” o cualquier otro exabrupto característico del bilbainismo.

Mucha clase destilaron en “Oh What A Shame” y el entusiasmo fue tal que hasta el modernete de Raphael Wressnig se levantó del teclado para bailar con una de las chavalas adolescentes que copaban las escaleras. Un poco de irreverencia nunca está de más en una velada en la que el uniforme habitual de las féminas era el vestido de gala, lo más cómodo para ir a un concierto, desde luego.

cantante-travelling-brothersPese a la mayoritaria elevada edad del respetable, los ánimos se dispararon por la cercanía que ofrecía el formato reducido de la banda, con su cantante buscando sentir el aliento de los fieles en el cogote, como se pudo comprobar cuando bajó las escaleras y volvió a ejecutar el espectacular numerito de arrancarse con los temas a viva voz, igual que si estuviera en un garito de noctívagos y únicamente les prestaran atención tres o cuatro pobres hombres. La realidad era bien distinta, pues la sala estaba abarrotada y apenas se podía uno mover.

Recordaron los inicios del grupo, hace ya casi 15 años, en la coral “Love, Joy & Happiness”, con la peña ya desatada como en una iglesia del Bronx y el saxo desparramándose al final. Otra pieza en la que echamos de menos a aquella formación de ocasiones especiales que otorga un lustre sin parangón cuando se acercan al góspel.

El bolo se hizo tan corto que los bises se reclamaron a grito pelado casi de inmediato, por lo que no tardó en regresar Jon Careaga acompañado solo del teclado para acometer un “What A Wonderful World” en el que alguna señora exclamó: “¡Oh, qué bonita!”. El pureteo ya estaba desbordado por la emoción, pero había que poner las cosas claras.

Era una noche de reyes, pero no de Oriente, sino del blues, por eso el guitarrista Aitor Cañibano recordó a B.B. King, Albert King y Freddie King antes de marcarse un clásico del género como “Voodoo Woman”, donde el invitado Alex Schultz sacó a relucir sus galones antes de que Raphael Wressnig le tomara el relevo y casi pareciera volverse loco al frente de su piano. Y el momento de los dos guitarras mano a mano fue también épico, todo un tratado de ortodoxia y buen hacer.

Como hemos dicho, quizás hubiéramos preferido un acto más grandilocuente con sección de vientos, coro majestuoso y demás, pero apreciamos asimismo el intimismo de la cita y los esfuerzos realizados en el nombre del blues, ese que suena en garitos de madrugada y no en grandes pabellones. El de verdad.

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa

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