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Crónica de Obsidian Kingdom: Ritual de lo inesperado

2 junio, 2016 10:30 pm Publicado por 
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Sala Stage, Bilbao

Es evidente que en este país existe un cierto retraso cultural. Pero no viene de ahora, sino que se trata de una más de las herencias anquilosadas del franquismo, aparte de las fosas comunes y los 200.000 desaparecidos que vaya a saber usted dónde están. No podía salir gratis permanecer en un limbo durante cuatro décadas y que no se notara en absoluto, por mucho que nos contaran esa milonga de somos europeos y demás.

Ese lastre no se materializa en ningún otro ámbito como en la música. Basta pillar una época concreta y comparar lo que se hacía allende nuestras fronteras con la escena que había por entonces en España y uno casi se puede morir de la risa. Por ejemplo, cuando en Reino Unido lo petaba la NWOBHM o incluso el incipiente thrash metal, aquí todavía andábamos con Tequila bailando rock n’ roll en la plaza del pueblo y las melenillas de Alejo Stivel o Ariel Rot eran lo más quinqui que se había visto por aquí en la vida.

Fruto de esta endémica carga, a día de hoy hay algunas propuestas que siguen situándose a años luz del resto del panorama nacional, caso de los barceloneses Obsidian Kingdom, cuya amplia paleta estilística desafía al oyente más avezado al combinar post rock, postpunk, shoegaze, black metal, rock alternativo o electrónica. De hecho, algún medio estadounidense hasta los considera “los maestros de todos los estilos”.

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Erroma

Con tantas reseñas halagüeñas en el extranjero y habiendo compartido gira con una banda de la talla de Sólstafir, casi es para tirarse de los pelos que apenas unas 20 o 30 personas consideren que algo tan vanguardista como su último disco ‘A Year With No Summer’ merece un mínimo de atención. La única explicación que nos entra en la cabeza es que no estamos preparados, por muy rimbombante que suene, no somos dignos de semejante derroche de talento.

Dicen que el reo más disciplinado es aquel que se mete en la celda por propia voluntad y tal vez por eso el personal estableció un imaginario perímetro de seguridad durante la actuación de los guipuzcoanos Erroma, que facturaban un post rock instrumental de ese que está tan en boga en la actualidad. Como hemos dicho, allí no había barrera alguna que impidiera acercarse, pero daba la sensación de que los verdaderos diques se encontraban en el interior de cada uno. Lo cierto es que había que pillar con ganas a estos muchachos de Astigarraga, pero se desenvolvían con notable solvencia en su rollo espeso e incluso se camuflaron los problemas de sonido hasta parecer parte del espectáculo.

Al pensar en virtuosismo uno no tarda en imaginarse esas tediosas masturbaciones de mástil que acaban con la paciencia de cualquiera, aunque la mayoría de los términos suelen conocer varias acepciones o significados. Y un mérito indiscutible de Obsidian Kingdom debería ser haber ampliado las connotaciones de la palabra progresivo, despojarla de caspa elitista y entenderla como un proceso en continuo movimiento, una cascada de sensaciones que van girando igual que un caleidoscopio va cambiando sus formas y colores dependiendo del punto de vista.

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Obsidian Kingdom

Algo tan inmenso como “The Kandinsky Group” no podría juzgarse según los parámetros convencionales de estrofa o estribillo, pues está por encima de todo ello, es un viaje a un mundo caótico en el que seguro que no hay verano ni muchas otras cosas más. Su punto drone otorgaba la solemnidad clandestina de un ritual masón, el culto a la escuadra y el compás que representa al Gran Arquitecto del Universo, una búsqueda de la verdad al margen de los cánones establecidos.

Un descenso a las entrañas de la tierra se antojaba “Last of the Light”, con poso post black antes de enredarse en hipnóticas partes a lo Pink Floyd. No tardaron en demostrar su militancia nihilista al afirmar que tenían un mensaje para nosotros: “Si lucháis por vuestros sueños, al final va a dar igual porque vais a morir todos”. Fuera positividad, buenrollismo y demás cánceres de la humanidad.

Con cruces de hierro salpicando la correa de la guitarra y porte elegante a lo Sólstafir, su voceras Rider G. Omega se reveló como un artista versátil, capaz de pasar en un segundo de tonos guturales a otros más melosos cercanos al rock alternativo. Y es que piezas del calibre de “Awake Until Dawn” se asemejan a auténticas sinfonías, plagadas de valles y colinas, remansos de paz y momentos de furia desbordante.

En ello juega un papel importante su espectacular puesta en escena, viviendo cada instante como si en realidad fuera el último. Porque una de las cosas buenas de su música es que nunca sabes por qué derroteros te van a salir en el minuto siguiente, si abrirán de par en par las puertas del inframundo o por el contrario se enredarán en divagaciones bucólicas, de esas para escuchar tumbado en la hierba atrapado bajo el efecto de alguna sustancia estupefaciente.

Sin ser en absoluto cargantes, su nivel instrumental era desorbitante, de otra dimensión, por lo que no era extraño que el reducido respetable aplaudiera a rabiar al terminar algún corte. Para los profanos, quizás lo más parecido a su rollo sean los ya mentados Sólstafir, pese a que incluyen matices que serían impensables en estos últimos. Tal vez los periodistas tuviéramos que inventarnos una etiqueta exclusivamente para ellos.

La vertiente ceniza relució de nuevo al recordarnos que “en breve iríamos a la playa o de vacaciones absurdas”, pero que daba igual, que este año “no habría verano”. Toda una manera peculiar de presentar ese in crescendo llamado “A Year With No Summer”, que contó con luces parpadeantes para propiciar el trance antes de que el cantante elevara la guitarra a modo de sacrificio a la concurrencia. Amén.

Y después de dedicar el bolo al fotógrafo Unai Endemaño, que se dejó la piel en la promo del evento montando fiestas y moviendo el sarao por tierra, mar y aire, recurrieron al sublime y ensoñador rock progresivo de “Black Swan”, una de sus pocas melodías tarareables antes de meter zapatilla en “Away/Absent”, un épico epílogo con un desgarro tal que daban ganas de trazar un pentagrama en el suelo y sacrificar un macho cabrío.

Puede que a algunos les sangren los oídos producto de la falta de costumbre y la saturación de esquemas repetidos hasta la saciedad, pero de vez en cuando agrada encontrarse de bruces con lo desconocido, caminar en el filo de un abismo desde el que no se atisba ningún fondo ni luz brillante, sumergirse en su ritual de lo inesperado y propagar con fervor profético esta revelación compartida por escasos acólitos. El Apocalipsis nunca fue tan agradable.

Texto y fotos: Alfredo Villaescusa

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